Alfredo Bullard y Cecilia O’Neil

Un día, mientras San Francisco viajaba por una ciudad, una persona poseída por el demonio apareció frente a él y le preguntó: «¿Cuál es el peor pecado del mundo?» San Francisco respondió que el homicidio. Pero el demonio replicó que había uno todavía peor que el homicidio. San Francisco entonces contestó: «¡Por el amor de Dios, dime qué pecado es peor que el homicidio!» Y el demonio respondió que tener cosas que pertenecen a otra persona es un pecado peor que el homicidio porque es este el que envía más gente al infierno.

San Bernardino de Siena[1]

Creo que una película puede tener una factura casi impecable y presentar errores de fondo. Eso ocurre con La estrategia del caracol (1993), en la que su director, el colombiano Sergio Cabrera, revela ingenio y pericia cinematográfica, pero a pesar de ello plantea una visión de la propiedad privada preocupante y que no es coherente con aquello que precisamente es su ideal: la justicia para los más pobres.

Aplicando el realismo mágico al cine, La estrategia del caracol combina temas de la realidad social con críticas al sistema jurídico. Es una película que fue bien acogida por la crítica y ha sido ganadora de más de treinta premios en diversos certámenes internacionales.

La película relata cómo los vecinos de un barrio pobre de Bogotá luchan para evitar el desalojo de la Casa Uribe, un predio tugurizado donde viven, que es propiedad de un millonario antipático y prepotente, que quiere recuperarla ante la falta de pago de sus ocupantes. El dueño es caricaturizado como un sujeto ambicioso y sin escrúpulos, mientras que los vecinos, que vivían gratis a costa suya, paradójicamente son las «víctimas» del aparato estatal que quiere aplicar justicia. Los inquilinos ponen en práctica una original estrategia ideada por el vecino don Jacinto: llevarse la casa a cuestas, en sentido literal, como un caracol; de allí el título de la película.

Los espectadores somos testigos de una vida comunitaria muy pintoresca, con vecinos que son cada uno más excéntrico que otro. El director y los guionistas presentan así un canto coral de personajes de diferentes clases sociales e ideas políticas, representando símbolos perfectamente replicables en cualquier otra gran ciudad.

El propietario de la Casa Uribe, el doctor Holguín, cuenta con un abogado, el doctor Mosquera, que siendo muy torpe e incapaz de hacer las cosas bien, tratará de conseguir su «infame» pretensión: recuperar lo que le pertenece. El propietario es caricaturizado como un tipo autoritario, que goza de una casa hermosa pero que jamás ha vivido en ella,  y que no la necesita para tener holgura económica.

En cambio, el doctor Romero, el abogado de «los buenos», o sea, de los ocupantes precarios, es un abogado ambulante que atiende en un kiosco en la calle, equipado de una vieja máquina de escribir y de mucha experiencia en los tribunales.

Así, la película idealiza a quienes viven gratis a expensas de otros, mientras que el propietario que defiende su derecho es caricaturizado como un villano.

Vale la pena anotar que el mundo de los negocios (y no solo la propiedad privada) suele ser objeto de manipulación caricaturesca a través del cine. Para Larry Ribstein esto es importante porque tiene un impacto potencial en las políticas públicas. Dice Ribstein que a diferencia de los textos escritos, sobre los que el lector puede reflexionar con calma, las películas se exhiben a veinticuatro cuadros por segundo, en una pantalla en un cuarto oscuro y con música dramática. Así, mientras los lectores pueden aplicar su imaginación al texto, los directores de películas manipulan lo que ven los espectadores (RIBSTEIN, Larry E. «How Movies created the Financial Crisis». Illinois Law and Economics Research Papers Series Research Paper N° LE09-029, University of Illinois College of Law, 2009).

La visión caricaturesca, y por tanto, maniquea, de la película, ocasiona que hasta el defensor más acérrimo de la propiedad privada llegue a conmoverse. Total, se trata de buenas personas desarrollando una estrategia para lograr su bienestar. Parece una gesta heroica y eso hace pensar que los derechos individuales son manipulables hasta ser distorsionados. La manipulación del director está tan bien lograda que podríamos olvidarnos de que tan ansiado bienestar se pretende alcanzar a costa de un bien ajeno.

Más allá de las simpáticas anécdotas, llama la atención que el tono y el ritmo de la película se hayan puesto tan de lado de los vecinos, que no solo incumplieron un contrato sino que además destruyeron la propiedad ajena. Es inaceptable que inquilinos de este tipo sean caracterizados como protagonistas de una desafiante epopeya y no como infractores de los derechos de otros.

A pesar de ser entonces profundamente equivocada en el fondo, La estrategia del caracol es una película optimista y con un profundo sentido del humor, que –no puede negarse– genera la complicidad del público debido a la fuerza y ganas de vivir que transmiten los simpáticos inquilinos. De hecho, el elemento alrededor del cual gira la película es la ilusión de los personajes, que permite que la trama sea verosímil pese a que la estrategia de cargar la casa en hombros es surrealista.

Decíamos al inicio que la película tenía una correcta factura, y lo señalado en los párrafos precedentes así lo evidencia (de hecho, ha ganado numerosos premios internacionales). Sin embargo, hay dos mensajes que son preocupantes.

De un lado, cada vez que aparece en la película una referencia al sistema jurídico en general y judicial en particular, el derecho se vuelve disfuncional e irrelevante, pues los «héroes» de la historia (si es que los inquilinos pueden ser llamados así) violan las normas con la misma temeridad y desapego a las formas que los villanos (si es que el propietario puede ser llamado así).

El segundo mensaje preocupante es la visión del director sobre el derecho de propiedad. Más allá de que los espectadores tengan todos los elementos para simpatizar con los inquilinos y de que ocurra precisamente lo contrario con el legítimo dueño del inmueble, que ha sido despojado de su posesión, es inaceptable que quien vive gratis a expensas del derecho de otro sea el héroe y que el villano sea quien defiende judicialmente sus intereses.

Una posición como esa pone en riesgo las instituciones legales con fondo económico que, como la propiedad privada, son una de las vías más importantes para alcanzar el desarrollo y generar posibilidades para los más pobres.

Es más, cuando a uno de los personajes de la película se le pregunta por qué ocurrió la “gesta heroica” de llevarse la casa a cuestas, respondió airadamente: «¿Para qué le sirve a usted la dignidad?», como si la propiedad y la dignidad fueran valores incompatibles.

La propiedad de unos no se gana a costa de la dignidad de otros, y viceversa. No se trata de un juego de suma cero, pues de un lado, el propietario no pierde su dignidad por defender lo que le pertenece (más bien la gana) y, del otro lado, quien no es propietario no gana dignidad por quitarle a otro lo que es suyo.

Parece que la conversación entre San Francisco y el demonio, relatada por un autor del siglo XV y que reproducimos al comienzo de esta nota, ocurrió en un lugar de Latinoamérica varios siglos después.


[1] Traducción libre de: «One day, as Saint Francis was travelling through a city, a demon-possessed person appeared in front of him and asked: “What is the worst sin in the world?” Saint Francis answered that homicide is the worst. But the demon replied that there was one sin still worse than homicide. Saint Francis then commanded: “By God’s virtue, tell me which sin is worse than homicide!” And the devil answered that having goods that belong to someone else is a sin worse than homicide because it is this sin which sends more people to hell than any other» (relato contado por San Bernardino de Siena en el Sermón XXVII de De Amore Irratio, Opera Omnia [Venecia, 1591; citado por CHAFUEN, Alejandro A. Faith and Liberty. The Economic Thought of the Late Scholastics, 2003. p31]).


LEAVE A REPLY