Vamos rumbo a La Tiendecita Blanca, un clásico calificado como uno de los lugares más entrañables de Lima, ubicado en pleno óvalo miraflorino. “¿Dónde vamos a estacionar?”, pregunta preocupado mi esposo Paolo. “Seguro tienen valet parking”, respondo confiada. Un café restaurante creado y administrado por suizos, tiene que haber considerado todos los detalles.

Poco después un atento valet nos abre la puerta del auto y recibe las llaves. ¡Una gran noche ha empezado! Como es típico en los restaurantes europeos, hay un atril con la carta en la entrada. Parados bajo los característicos toldos verdes de La Tiendecita Blanca le damos una mirada. Leemos fondue de queso, de carne con vino o aceite y ¡de chocolate! Filete stroganoff con rosti y las típicas salchichas blancas suizas.

También diferentes pastas, risottos, lomo saltado y hasta ceviches, además del proverbial milhojas de fresa sobre crema pastelera, por el que hay fanáticos del dulce  que atraviesan la ciudad. La variedad es tentadora y muchos platos son ya clásicos de este restaurante inaugurado en 1936 por el panadero suizo Alberto Bachmann, en el entonces apacible óvalo rodeado de pequeñas tiendas, una bodeguita y un bazar.

Noche de Barra

Animados comensales ocupan las mesas vestidas con manteles de hilo blanco en la terraza y salón principal, en el que destaca un piano. Nos atrae la informalidad de la barra curva, el poder moverse de un lado a otro para conversar relajados. Una rubia prepara tragos en el surtido bar, mientras conversa con un turista. Nos sentamos en altas butacas a ambos lados de la amplia barra de liso mármol blanco, inspirada en los amables mostradores de las panaderías de antaño.

Conservadas vitrinas con ordenadas botellas de licor cubren la parte alta de las paredes, bajo ellas destaca el encofrado de madera con flores talladas y pintadas a mano, de la época en que este lugar era el salón de té más elegante de Lima. De pronto descubrimos nuestro reflejo en un gran espejo de marco dorado, mientras a través de las ventanas vemos el movimiento imparable de gente y autos. Ajenos al ajetreo exterior, la música chill out, iluminación tenue y ambiente europeo nos transportan a una brasserie en París.La carta roja y acolchada de la barra de La Tiendecita Blanca promete. Ofrecen pisco sour, maracuyá sour, algarrobina, mojitos, cervezas, piscos, rones y tequilas. También hay cocteles de champagne y de frutas sin alcohol. Optamos por los de la casa. El Pink Diamond preparado con vodka, lychee liqueur, zumo de manzana, zumo de maracuyá, limón y frambuesas, con su toque ácido es estupendo. Nos aventuramos por el purple hase hecho con fresas, albahaca, grand manier, licor de mora, zumo de cranberry y pizca de pimienta negra: delicioso.

Acompañamos nuestros tragos con dos de los varios piqueos que se ofrecen en porciones para dos o cuatro personas. A tono con el lugar elegimos un antipasto suizo: surtida fuente de quesos, aceitunas, prosciutto y mortadela, acompañada por una coqueta canastita con panecillos diversos con sabor a queso, aceitunas y finas hierbas. También pedimos delicia de salmón: estupendos cortes de salmón ahumado sobre hojas frescas, servidos con ensalada waldorf, crema agria y cebolla blanca finamente picada.

Es divertido ir preparando los delicados bocados mientras conversamos en la acogedora barra, que puede ser reservada por grupos de hasta 25 personas.

Paredes con historia

En el extremo opuesto de la larga y curva barra de mármol blanco está el mostrador en el que se ofrecen para llevar panes, pasteles, empanadas, chocolates, galletas y hasta decoradas casitas de jengibre, todo hecho allí con recetas europeas. Antiguas fotos en blanco y negro narran la historia de un extinto Miraflores, con grandes casas rodeadas de jardines y agrestes acantilados golpeados por el mar, y de este emblemático lugar, que atiende los 365 días del año de 7:00 de la mañana hasta la medianoche.

En varias fotografías aparece sonriente un juvenil Alberto Bachmann, quien llegó de Suiza en los años 20’s, contratado para encargarse de la panadería del nuevo Hotel Country Club de San Isidro. Su talento para hacer pan lo hizo pronto conocido y respetado, logrando con sus ahorros ir comprando varios pequeños locales en el tranquilo óvalo miraflorino, donde hace 77 años inauguró La Tiendecita Blanca, el primer lugar donde se vendió pan de molde en Lima. Todo un suceso en la época.En las imágenes sale acompañado de su primo pastelero que hizo venir al Perú para que lo acompañe en su aventura, pues él era experto en panes, pero no sabía nada de pasteles. Juntos trajeron los primeros moldes de fierro para hacer huevos de chocolate para Pascua, los cuales se convirtieron en tradición.

También aparece con su primera esposa suiza y la joven comerciante ayacuchana con la que se casó después y tuvo a su único hijo Alberto, quien desde los años 80 dirige a un equipo de 50 personas que trabajan como un reloj suizo, para mantener la calidad y el encanto de la mítica La Tiendecita Blanca. Una experiencia europea en Miraflores. ¡Trés jolie!

Caterina Vella


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