Año 2104. La Covenant, nave de colonos en viaje estelar hacia un destino habitable remoto, se desvía de su trayectoria preestablecida al interceptar señales en apariencia humanas procedentes de un planeta desconocido. Los tripulantes de la Covenant, entre los que se halla el androide Walter ( Michael Fassbender), aterrizan en el lugar y emprenden su exploración a fin de ubicar el origen preciso de la señal. Pero, casi de inmediato, se topan con una forma de vida extremadamente agresiva que dispone de sus cuerpos a su antojo.

Hay dos diferencias sustanciales entre esta tercera aportación de Ridley Scott a la saga que él mismo inició con Alien (1979), y la segunda, Prometheus (2012), de la que Alien: Covenant ejerce como secuela directa. La primera es de orden instrumental: Prometheus trató de reinventar la franquicia sobre los implacables xenomorfos de doble mandíbula apelando al nuevo orden digital de las imágenes, y a argumentos de supuesta complejidad filosófica pero nulo calado a la vista del desprecio manifiesto de sus artífices por la inteligencia de la ficción en que aquellos se imbricaban. Alien: Covenant es más sobria a nivel estético. En buena medida, porque, desde sus títulos de crédito, lo debido a Prometheus cede el paso por razones estratégicas a los logros de Alien. Y, por otra parte, aunque en su desarrollo tampoco faltan estupideces –véanse el cigarrillo arrojado al suelo y la micción de un recién llegado a un planeta ignoto, mientras una compañera recoge a su lado muestras del ecosistema local–, este nuevo título es más convincente, inmersivo, que el anterior, tanto a nivel dramático como de discursos. Por más que algunas escenas tempranas den la impresión de que la película titubea en cuanto a qué rumbo seguir, y las postreras se constituyan en resumen improcedente de Alien, quizá por ser “lo que espera el público”.

No nos engañemos al respecto: tanto una como otra película son productos industriales, sin una pizca de la genialidad y el sentido de la maravilla que sí ostentaron Alien o Aliens, el regreso (1986). Nos hallamos ante enésimos posicionamientos de una marca ya explotada una y mil veces en incontables medios expresivos, que apelan antes al fan/consumidor que a la mirada inquieta. El único rasgo distintivo reconocible en cada una de ellas es el espíritu que, de manera más o menos consciente, haya germinado y pueda espigarse entre fragmentos intercambiables de audiovisual y estrategias narrativas clónicas. No son lo mismo, en este sentido, Alien: Resurrection (1992) que Alien vs. Predator (2004); una y otra decían cosas diferentes, incluso si aspiraban a no decir nada. De la misma manera, la segunda diferencia clave entre Prometheus y Alien: Covenant, atañe al ánimo que las permea. Prometheus jugó a ser un clever blockbuster, intentó sublimar su condición de espectáculo reciclado por la vía de esa pretenciosidad friki, amparada por estudios masificados en humanidades y la Wikipedia, que tan bien ejemplifica el cine de Christopher Nolan. Alien: Covenant no puede escapar a dicha tendencia, y de su vulgaridad esencial dan cuenta además sus similitudes con títulos ajenos recientes como Passengers (2016) y Life (Vida) (2017), más novedosas de hecho como herederas de lo conquistado en su momento por Ridley Scott para la ciencia ficción. Pero, desde su prólogo, esas rutinas y condicionantes toman aquí una dirección peculiar, de calado mayor y más sombrío.

Hay que atender en efecto a la conversación inicial entre el androide David (de nuevo Michael Fassbender) y su creador, Peter Weyland ( Guy Pearce), que, desde su plano primero –el ojo del artefacto–, tiene similitudes con la que abre Blade Runner (1982), la obra magna del director británico junto a Alien. Por motivos crematísticos, los universos de ambas cintas están convergiendo secuela a secuela, derivado a derivado, aunque de manera literal, escenográfica. Lo apasionante de ambas son, sin embargo, sus reflexiones sobre nuestra insignificancia y caducidad como seres humanos, y sobre nuestros esfuerzos tan presuntuosos como baldíos por eludir esa naturaleza recurriendo a un aparato tecnológico y cultural que, en última instancia, evoluciona hasta ser monstruo libre de nuestro control; servidor, no de nuestras vidas, sino de La Vida, en toda su obscenidad. El raciocinio, la idea del progreso, la pretensión de engañar al dolor y la muerte, se revelan espejismos, como ha sucedido en otros filmes de un Scott sin duda pesimista: Tormenta blanca (1996), Hannibal (2001), El consejero (2013)…

En el caso de los personajes humanos de la Covenant, al fin y al cabo no trabajadores sino miembros de una gran familia cuyos vínculos y emociones son pasados por una picadora literal y metafórica de carne, ese pesimismo alcanza cotas perturbadoras. Cabe hablar, además, de un extraordinario eco autobiográfico de las inquietudes descritas, ya vislumbrado en Prometheus. A sus ochenta años, Scott parece haberse rendido a la evidencia de que su plenitud artística se corresponde con dos películas realizadas en el ecuador de su vida, y ha aceptado finalmente volver a ellas, en especial a Alien, con humildad, para profundizar en sus temas y honrar sus deudas, hallazgos y legados formales. Así, desde la reaparición de cierto personaje, Alien: Covenant deviene un fascinante viaje al corazón de las tinieblas creadoras de Scott; una inmersión visceral en las raíces románticas y neoclásicas de su cine y de la ciencia ficción, cuyo alfa y omega es Frankenstein (1818), de Mary Shelley, novela de la que la película acaba por ser una de las interpretaciones más emancipadoras y, al mismo tiempo, escalofriantes, de la historia del cine.


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