Poner un principio por encima del ser supone poner un principio por encima de lo inteligible. De ahí se explica, que en su búsqueda de la verdad última y fundante, Platón en escasas ocasiones se atreverá a ir más allá del ser, y, si lo hace, se queda allí por breve tiempo. Seis siglos después, el egipcio Plotino no tendrá reparos en afirmar que si hay un principio que sea superior al ser, habrá que hacer de este principio el fundamento mismo de la filosofía. Un principio que por estar por encima y más allá del ser, no se le puede aplicar ningún nombre, en todo caso, y a título puramente nominal, se le podrá denominar con los dos nombres ya utilizados por Platón: el Uno y el Bien , que son una y la misma cosa, aunque en sentido estricto no son cosas, en cuanto es lo supremo desconocido.

Analizando la naturaleza del ser, Plotino considerará que el ser es, porque es uno. Esto le llevará a deducir que el principio último que está por encima del ser y del que éste depende es lo Uno. En su más significativa obra Las Eneadas, escribe en repetidas ocasiones y de modos diversos que lo Uno es el origen y causa de toda unidad de ser participada. Plotino pondrá sin paliativos, al Uno por encima del ser, por cuanto cada ser particular no es más que una cierta unidad, también particular, que depende por vía de emanación, de la unidad en sí de lo Uno. Si este primer principio fuera sólo un cierto uno, no sería lo Uno en sí, anterior a los seres particulares que se manifiestan en distintos grados de ser. Así el Uno en cuanto nada en él es, hace que todas las cosas provengan de él. Lo Uno, no es, por tanto, ni un algo o una cosa determinada, aquella o la otra, y si no hay ninguna cosa que sea lo Uno, entonces podemos decir que lo Uno no es nada.

Otro aspecto que lleva a Plotino a poner al Uno por encima del ser, es que concibe al Uno como un principio que no es racional al cual se pudiera acceder mediante una ascensión dialéctica, como ocurre en el Sofista de Platón, mediante el proceso ascensional al mundo de las Ideas. El Uno no puede ser racional puesto que está más allá de toda realidad, y. por tanto, de toda inteligibilidad. Incluso se podría añadir que es más real que la realidad misma y es más que un dios. En estas condiciones, el ser ya no es el primer principio metafísico y pasa a ocupar el lugar de principio segundo, puesto que por encima de él existe un principio metafísico de orden superior, tan perfecto en sí mismo, que al no estar contaminado de ser, es un puro no ser. Y aquí aparece en escena uno de los argumentos más llamativos del pensamiento plotiniano, que ha dejado honda huella en los posteriores filósofos del neoplatonismo, que más o menos dice así: si el primer principio fuera él mismo un ser, entonces el ser sería lo primero y debido a ello no podría tener causa, pues se reproduciría a sí mismo. Pero como el primer principio no es ser, es precisamente por lo que puede constituirse como causa del ser. Hasta aquí el argumento. Y es que en Plotino, para que una causa pueda dar algo de sí misma, tiene que estar por encima de aquello que da, pues si lo superior poseyera ya aquello que causa, no podría causarlo; lo sería.
Al serle ajena la idea de creación del universo, desconocerá el concepto de participación del efecto creado respecto de su causa eficiente. Al acogerse a la teoría de la emanación, se vio obligado a sostener, para evitar que su sistema desembocara en un craso monismo, que el primer principio metafísico no es. Efectivamente; si tenemos en cuenta que en la metafísica monista el ser absorbe, impregna ydisuelve totalmente la realidad en su propio ser, queda claro que en Plotino, donde el primer principio está por encima del ser, en el que el ser procede del Uno, y el Uno mismo no es, su pensamiento se aleja del peligro de cualquier tipo de monismo sobre el ser. Por tanto, no existe ninguna identidad de ser entre el conjunto de los seres particulares y un primer principio que no tiene ser. Plotino dirá al respecto: Nada hay en lo Uno, por lo que todas las cosas provienen de él. Para que el ser sea, es necesario que lo Uno mismo sea, no el ser, sino aquello que engendra el ser. El ser, pues, es como su hijo primogénito (2). Por otra parte, tampoco podemos catalogar a la doctrina plotiniana como una teoría de índole panteísta como clásicamente se ha interpretado. Eso podría ser así, si la emanación plotiniana de lo Uno vertiéndose en gradual descenso sobre lo múltiple, fuera una emanación de los seres a partir del Ser como primer principio, pero como estamos comprobando sucede todo lo contrario.

Lo que sí se puede constatar, es que el ser en el sistema de Plotino, sufre una radical devaluación. Y es que allí donde prevalezca el genuino platonismo, el ser ya no puede ocupar el primer lugar, sino sólo el segundo lugar en el orden universal. Para Plotino, volvemos a reiterarlo, el artífice de la realidad y del ser no es, él mismo ninguna realidad, sino que está más allá de la realidad y del ser. Este es el núcleo de su doctrina y justamente lo contrario de una metafísica cristiana del ser. Todavía implícito en la mente de Platón, cuya dialéctica parece más bien haberlo tanteado que encontrado, lo Uno ya estaba en su idealismo cargado de implicaciones necesarias, pero con Plotino estas implicaciones se desvelan y explicítan con toda claridad.

Al trascender lo Uno toda inteligibilidad al estar por encima del ser, se desprenden una serie de consecuencias epistemológicas. La principal de ellas, es que lo Uno no puede convertirse en objeto de conocimiento, pues donde hay conocimiento aparece para las mentes platónicas, la dualidad objetiva del cognoscente y lo conocido en cuanto conocido (en el platonismo se desconoce el conocimiento como operación inmanente). Esta dualidad se aparta del marco que exige la unidad absoluta del Uno, es por ello que en Plotino, la inteligencia suprema (nous), perfecta en sí misma en cuanto es la máxima expresión de unidad compatible con la dualidad de lo inteligible, es inferior a lo Uno. Por otra parte, el conjunto de los innumerables seres existentes en el universo son manifestaciones fragmentarias e inteligibles de lo Uno. La esencia de estos seres está constituida por un límite y una determinada forma, solamente lo que está por encima del ser(lo Uno) carece de límites y de forma como propiedades del ser. La inteligencia suprema no conoce a sus inteligibles, en cuanto estos son esa misma inteligencia. Por eso la inteligencia es sus objetos, y como cada uno de esos objetos es una fracción de ser, la inteligencia es el ser mismo, que comienza sólo después de lo Uno. Siguiendo a la tradición parmenídea y platónica, Plotino vuelve a establecer la identidad entre el ser y la inteligencia, en el que el ser y el pensar son una y la misma cosa. Una vez más se constata, que en la historia de la filosofía, si se concibe al ser como existencialmente neutro, identificándolo con el pensamiento, el ser como acto real, ya no puede ejercer el papel de primer principio metafísico.

En escasos textos, Plotino se referirá a lo Uno como si fuera un Dios supremo. Fue Proclo, uno de sus más fieles discípulos, el que se apropiará de esta concepción plotiniana, afirmando sin rodeos que lo Uno es Dios. A consecuencia de ello, su metafísica se moverá principalmente alrededor de la teología y de la religión, gozando esta afirmación de que lo Uno y Dios son lo mismo, de notable influencia en varios teólogos de la Edad Media. Para Proclo el ser es lo primero de las cosas creadas, con lo cual se desprende que el autor del ser y de las demás cosas creadas no es un ser, reincidiendo en la postura plotiniana de poner al ser en el segundo lugar de los principios metafísicos. Es indudable, por otra parte, que el neoplatonismo griego, cuyo itinerario filosófico duró varios siglos, fue fiel a sus principios, unos principios que ni siquiera modificó después de su incorporación en el dominio de la especulación cristiana. Proclo había corrido el riesgo de convertir lo que debía ser una doctrina filosófica del ser en una doctrina teológica sobre Dios, identificando la filosofía y la teología. Algunos neoplatónicos, al convertirse en cristianos, apenas fueron conscientes de este riesgo y de las implicaciones filosóficas que ello comportaba. Tanto Plotino como Proclo pregonaban la unión con el Uno mediante el ascetismo y la contemplación espiritual, y a los neoplatónicos conversos, les daba la impresión que el cristianismo transmitía lo mismo. A pesar de ello, y aunque en la práctica se puede pensar como platónico y creer como cristiano, es indudable que la interpretación plotiniana del ser, presenta una serie de dificultades que hace muy difícil la interpretación de la naturaleza del ser, y su relación con el actus essendi divino.

Aunque es cierto que la Biblia no es un tratado sobre el ser, también es cierto que en el libro del Exodo III,14., al preguntar Moisés a Dios cual era su verdadero nombre , éste le contesta. Yo soy el que Es. Así dirás a los hijos de Israel: El que Es me envía a vosotros. Aunque no tengamos necesariamente que deducir de esta respuesta ninguna conclusión filosófica, sí que es cierto que si lo hacemos sólo podremos extraer una: que Dios es el Ser, y si Dios es el principio supremo y causa del universo, Dios es lo primero. Si El es el Ser, entonces el Ser es lo primero, y ninguna filosofía que se inspire en una concepción cristiana puede poner ninguna cosa por encima del Ser. En el neoplatonismo, en cambio, el primer principio es lo Uno, y el ser viene después como la primera de sus creaturas. Esta concepción es incompatible con una metafísica en la que el ser no es la primera de las creaturas, ya que esta prioridad suprema la posee el Creador mismo, es decir, Dios. Diversos filósofos cristianos comprendieron esta incompatibilidad como fue el caso de San Agustín, que a pesar de su influencia neoplatónica, no cometió el error de devaluar el ser, ni siquiera para ensalzar lo Uno. Para San Agustín no hay nada por encima de Dios, y puesto que Dios es el ser, no hay nada por encima del ser. Como neoplatónico, afirmará que Dios es también lo Uno y el Bien, pero Dios es, no porque sea bueno y uno; sino que El es uno y es bueno porque El es El que Es. San Agustín se aparta así de Plotino en el principio fundamental de la primacía del ser.

Para cualquier pensador cristiano, el texto del Exodo es una valiosa e histórica prueba, que le permite comprobar su convergencia en relación con sus propios desarrollos metafísicos, ofreciéndole un gran aporte de luz sobre el problema y la naturaleza del ser, puesto que si pensara como Plotino que el ser depende de un principio superior, entonces cabria preguntar ¿quién es El que Es?. Y es que concibiendo el ser en versión platónica se hace muy difícil entender el nombre propio de Dios, teniendo en cuenta que la noción platónica del ser es ajena a la noción del ser como acto e incompatible con ella. Al poner lo Uno o el Bien por encima del ser, se cae irremediablemente en la consecuencia de concebir a Dios como el supremo no ser. Esto es precisamente lo que les sucede a algunos pensadores cristianos de formación neoplatónica, como es el caso de Mario Victorino o de Dionisio Aeropagita, al sostener que Dios no es ser en cuanto Dios, sino en la medida que El es el creador del ser, que es la primera de sus creaturas. Es decir, Dios mismo no es ser, pero El es el ser de todos los seres, y lo que hace que sea el ser de todos los seres existentes es que El es el Bien. Bastantes siglos antes, Platón había escrito: Tienes que admitir que los objetos cognoscibles deben al Bien, no sólo su aptitud para ser conocidos, sino incluso su ser y su realidad, aunque el Bien no es una realidad, sino que sobrepasa con mucho a la realidad en poder y majestad (3). Esta concepción platónica sobre el origen y procedencia del ser, es evidentemente que pocos filósofos cristianos la pudieron aceptar, al empobrecer y devaluar la noción del ser.

Quien sí la aceptó fue el irlandés Escoto Eriúgena, discípulo de Dionisio Aeropagita y maestro de letras en la corte de Carlos el Calvo en el S.IX. Influído por la mística neoplatónica, identificará la divinidad con el no ser (divinidad a la que denominará como la naturaleza creadora y no creada”). Debido a que los efectos que la divinidad produce tiener ser, es decir son, ella misma no es, rememorando con ello, el esencial argumento plotiniano, puesto que El ser de todos los seres es la divinidad que está por encima del ser y es anterior a cualquier cosa creada. Por otra parte, en Escoto Eriúgena, existe cierta confusión entre los términos de emanación y de creación”, pues en algunas ocasiones dice que el mundo de los seres ha emanado de los dos atributos esenciales de la divinidad, que son la bondad y la fecundidad, aunque el ser de las creaturas (“la naturaleza creada y no creadora”) no puede participar del ser de Dios, ni lo puede conocer, ya que Dios mismo no tiene ser y es por ello, incognoscible.

En estas condiciones, entre Aquél que no es y las cosas que son, aparece un infranqueable abismo metafísico. Por eso es inadecuado, como frecuentemente se ha hecho, acusarle de monismo o de panteísmo, pues Dios y las creaturas son distintos, y el ser, en cuanto propio de las creaturas, no se puede aplicar a Dios sin más, y bajo ningún concepto. Escoto Eriúgena pretendió elevar a Dios tan por encima de los seres que lo elevó por encima del ser. Su error fundamental fue pensar que podía trasponer la filosofía existencialmente neutra de Platón al ámbito de la teología cristiana. En parecidos términos, el maestro Eckart afirmará que el ser no le pertenece a Dios, ya que El es algo más alto que el ser. Para Eckart, Dios no tiene ni ser ni entidad, puesto que si una causa es realmente causa y Dios es la causa de todo ser, el ser no puede estar formalmente en Dios, reproduciendo de nuevo, el viejo argumento plotiniano.

Estas consideraciones nos permiten concluir que si un filósofo afirma la extraña paradoja de que Dios es el ser de los seres, porque El mismo no es, sostiene una afirmación incorrecta desde una perspectiva cristiana. A las corrientes neoplatónicas la existencia como tal les parecía algo inconcebible, lo que les llevó en su reflexión metafísica a concebir el ser como lo que es, referido estrictamente a su esencia, a sus propiedades, sin ninguna relación al hecho de que es, a su acto de ser. Como ya comentamos, el ser se convierte en Platón en mismidad, y esta mismidad no se puede entender de otro modo que como unidad autoidéntica. Esta metafísica del ser dio origen a la metafísica de lo Uno. Al reducir la totalidad del ser a autoidentidad, el ser se subordinó a una causa trascendente radicalmente diferente del ser como acto. Esta es una de las razones por las que todo platonismo lleva, tarde o temprano, al misticismo, que aunque en sí mismo sea excelente, hay que reconocer que no lo es como filosofía. La historia nos muestra qué consecuencias conlleva el intento de dejar la existencia actual fuera del ser; una vez separada del ser, ya difícilmente puede ser recuperada la existencia; y, una vez privado de su acto, el ente no puede dar una explicación inteligible de sí mismo.


Fuente: http://www.mscperu.org/filosofia/ser_historia/ItinerarioSer07PlotinoNeoplat.htm

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