Lynne A. Barker

Si oímos a alguien reír detrás de nosotros, probablemente nos lo imaginemos al teléfono o con un amigo, sonriendo y experimentando un sentimiento de cariño y ternura. Es muy posible que el sonido de la risa nos haga sonreír o incluso reírnos también. Pero imaginemos que la persona que ríe está caminando sola por la calle, o sentada detrás de nosotros en un entierro. De repente, la risa no parece tan apetecible. Lo cierto es que la risa no siempre es positiva ni sana. Según la ciencia, puede clasificarse en diferentes tipos, que varían de genuina y espontánea a simulada (fingida), estimulada (por ejemplo, mediante las cosquillas), inducida (por drogas) o incluso patológica. Pero la base neurológica exacta de la risa no se conoce del todo aún, y lo que sabemos procede en gran medida de casos clínicos patológicos.

La risa y la apreciación del humor son componentes vitales de la función adaptativa social, emocional y cognitiva. Sorprendentemente, no son exclusivamente humanos. Los primates y los simios también disfrutan de una buena carcajada. Posiblemente evolucionase porque les ayuda a sobrevivir. Al fin y al cabo, la risa es una actividad comunal que promueve la creación de vínculos, difumina un posible conflicto y alivia el estrés y la ansiedad. Pero pierde su impulso con rapidez cuando la persona está sola (la risa en solitario puede tener connotaciones ominosas).

La risa tiene la capacidad de superar momentáneamente a otras emociones: no podemos sollozar en silencio de modo taciturno o estallar de ira y reír al mismo tiempo. Esto se debe a que nuestros músculos faciales y la arquitectura vocal están secuestrados por emociones más alegres. Y todo está controlado por circuitos cerebrales y mensajeros químicos (neurotransmisores) especializados.

Sabemos que hay varias vías del cerebro que participan en la risa, cada una para diferentes componentes de esta. Por ejemplo, para facilitar una risa espontánea y desenfrenada, es necesario inhibir las regiones cerebrales habitualmente implicadas en la toma de decisiones y en el control de nuestra conducta. La risa depende también del circuito emocional que conecta las áreas responsables de experimentar emociones con aquellas necesarias para expresar esas emociones.
Lo que la enfermedad nos enseña

Si bien hemos reunido un conocimiento detallado sobre las expresiones faciales, sobre la deglución, sobre los movimientos de la lengua y la garganta, sabemos mucho menos acerca de cómo las emociones positivas se transforman en risa. Por fortuna, diversas enfermedades y afecciones han arrojado algo de luz sobre estas funciones neurológicas subyacentes.

Un síndrome especialmente bien documentado, descrito por primera vez por Charles Darwin, implica una inquietante exhibición de emoción descontrolada. Se caracteriza clínicamente por estallidos de risa y llanto frecuentes, involuntarios e incontrolables. Es un angustioso trastorno de expresión emocional disociada de los sentimientos subyacentes de la persona. La afección se conoce como síndrome de afecto pseudobulbar y puede expresarse en diferentes afecciones neurológicas.

Brevemente resumida, la afección se debe a una desconexión entre las “vías descendentes” frontales del tronco encefálico –que controlan los impulsos emocionales– y los circuitos y las vías que controlan la expresión facial y emocional. Algunos trastornos específicamente asociados con el síndrome son la lesión cerebral traumática, la enfermedad de Alzheimer, la enfermedad de Parkinson, la esclerosis múltiple y el ictus.

De hecho, un estudio realizado el año pasado concluía que un sentido del humor retorcido y la risa en momentos inadecuados puede ser uno de los primeros síntomas de demencia. El síndrome de afecto pseudobulbar es también uno de los efectos secundarios más comunes del ictus en lo que a cambio emocional se refiere. Y dada la elevada incidencia de ictus cada año, es probable que la afección tenga una elevada incidencia entre la población en general.

Hay otras afecciones específicas que pueden asociarse también con una conexión cerebral anómala. La gelotofobia es un miedo intenso a que se rían de uno. La gelotofilia, por el contrario, es disfrutar cuando se ríen de uno. Y el catagelasticismo, una afección relacionada, es obtener placer riéndose de los demás.

La gelotofobia, en concreto, puede desembocar en una ansiedad extrema y angustiosa, que varía desde la ineptitud social hasta la depresión grave. Puede inducir una observación vigilante del entorno en busca de signos de ridículo. Este miedo anómalo a ser objeto de burla puede derivar de experiencias de acoso o burla en los primeros años de vida. Los datos obtenidos mediante toma de imágenes muestran que la gelotofobia va asociada a una mala conectividad entre el área frontal y el área temporal media del cerebro, las redes responsables de vigilar y procesar los estímulos emocionales.

Sabemos también que los circuitos frontales del cerebro nos permiten interpretar el significado literal del lenguaje en un contexto social y emocional. Esto nos ayuda a apreciar un humor sutil como el sarcasmo. Es interesante que a menudo esta capacidad se pierde tras una lesión de la parte frontal del cerebro, o en afecciones asociadas con disfunción frontal, como el autismo.

Risa sana

A pesar de su lado oscuro, no se puede negar que, en general, la risa provoca sentimientos de cariño y ternura. Sabemos que la risa mejora la función cardiovascular, y fortalece el sistema inmune y el endocrino.

Y sabemos también que un humor positivo y “benévolo” –“reírse con” en lugar de “reírse de” otros– es especialmente gratificante. De hecho, el modo en el que nuestro cerebro procesa la risa de otras personas parece indicar que reírse con alguien tiene más profundidad emocional y es más placentero que reírse de alguien.

De hecho, nuestro cerebro parece especialmente afectado por señales de felicidad emocionalmente gratificantes y auténticas. Esto podría explicar por qué la risoterapia tiene efectos tan potentes, como el ejercicio muscular, la mejora de la respiración, la disminución del estrés y de la ansiedad, y la mejora del estado de ánimo y de la resistencia. Se ha demostrado que la risoterapia funciona de modo similar a los antidepresivos, aumentando los niveles de serotonina en el cerebro, un neurotransmisor vital para los sentimientos de bienestar y calma.

Por lo tanto, con independencia del estilo de humor, mientras no haya una enfermedad oculta, es probable que la risa sea la mejor medicina.


Lynne A. Barker es profesora de Neurociencia Cognitiva en la Universidad de Sheffield Hallam.

Cláusula de divulgación: Lynne A. Barker no trabaja, ni asesora, posee acciones, o recibe financiación de ninguna empresa u organización que pudiera beneficiarse de este artículo, y no ha declarado ningún cargo pertinente aparte del académico anteriormente señalado.


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