Atahualpa fue el decimotercer emperador inca, y aunque tuvo varios sucesores nombrados por los conquistadores españoles, está considerado como el último emperador inca. Nació en el año 1500 y tras la muerte de su padre el emperador Huayna Cápac en 1525, Atahualpa heredó el reino de Quito, en Ecuador, la parte septentrional del Imperio Inca, en perjuicio de su hermanastro Huáscar, el heredero legítimo, al que correspondió el reino de Cuzco, al sureste del actual Perú.

Aunque inicialmente las relaciones entre ambos reinos fueron pacíficas, la ambición de Atahualpa por ampliar sus dominios condujo al Imperio Inca a una larga y sangrienta Guerra Civil en 1527.

Tras varias batallas, Atahualpa logró vencer a su hermanastro en el conflicto de Quipaypán en 1532, ciudad cercana a Cuzco, siendo éste apresado en las orillas del río Apurímac cuando se retiraba hacia Cuzco y trasladado como prisionero a la ciudad de Cajamarca, al norte de Perú. Tras la victoria, Atahualpa se proclamó inca o emperador.

En ese momento, el emperador inca recibió la noticia de que se aproximaba a su imperio un pequeño grupo de ‘gentes extrañas’, razón por la que decidió aplazar su entrada triunfal en Cuzco, la capital del imperio, hasta entrevistarse con los extranjeros.

El 15 de noviembre de 1532, los conquistadores españoles llegaron a Cajamarca y Francisco Pizarro, su líder, concertó una reunión con el soberano inca a través de dos emisarios.

Al día siguiente, el emperador entró en la gran plaza de la ciudad, con un séquito de unos 3.500 hombres prácticamente desarmados, para encontrarse con Pizarro, quien, con antelación, había escondido de forma estratégica sus armas de artillería y parte de sus efectivos en las edificaciones que rodeaban el lugar.

Durante la reunión entre los mandatarios, le fue propuesto a Atahualpa que se convirtiera al cristianismo y además aceptara la autoridad del rey Carlos I de España, ante ello el soberano inca no dudó en negarse y arrojó la Biblia que le había sido entregada.

Pizarro dio entonces la señal de ataque; los soldados emboscados empezaron a disparar y la caballería cargó contra los desconcertados e indefensos indígenas. Al cabo de media hora de matanza, varios centenares de incas yacían muertos en la plaza y su soberano era retenido como rehén por los españoles.

En prisión mantuvo algunos privilegios: se le permitió seguir administrando el imperio, aprendió a leer y escribir, también mantuvo una relación amistosa con Francisco Pizarro. A los pocos meses fue acusado de traición por los españoles, de ocultar un tesoro, conspiración contra la corona española y de matar a Huáscar.

Para obtener la libertad, el emperador se comprometió a llenar de oro, plata y piedras preciosas la estancia en la que se hallaba preso, lo que sólo sirvió para aumentar la codicia de los conquistadores. Unos meses más tarde, Pizarro ordenó la ejecución del emperador por medio del ‘garrote’, método de ejecución que producía la rotura del cuello.

La noticia de su muerte dispersó a los ejércitos incas que rodeaban Cajamarca, lo cual facilitó la conquista del imperio y la ocupación sin apenas resistencia de Cuzco por los españoles, en el mes de noviembre de 1533.


Fuente: http://www.notimerica.com/

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