Aitor Sánchez

Imaginemos una conversación entre madres y padres sobre qué deportes practican sus hijos e hijas. En la mayoría de familias practican fútbol, baloncesto o tenis, lo típico. Sin embargo, hay quien prefiere apuntarlos a otros deportes menos extendidos, como yudo, atletismo y natación. Es lógico pensar que no pasa nada porque durante la infancia no se practique un deporte mayoritario, sino que se decida priorizar otras disciplinas.

Siguiendo con el ejemplo, digamos que esto básicamente sucede por dos premisas:

Lo importante es que durante la infancia y la adolescencia se practique una disciplina deportiva, no importa cuál sea.

El yudo, atletismo y natación pueden aportar los mismos beneficios en el desarrollo infanto-juvenil que el resto de deportes.

Ahora, imaginemos que la conversación trata sobre la alimentación infantil. Y que las familias con un comportamiento más divergente han decidido no ofrecer a sus hijos productos de origen animal, sino que “solo” comerán cereales, legumbres, semillas, frutas, verduras, hortalizas y frutos secos. Y como con el deporte infantil, nos planteamos dos premisas:

Lo importante es que durante la infancia y la adolescencia se lleve una dieta saludable y completa, no importa cuál sea.

Los alimentos de origen vegetal pueden aportar los mismos beneficios, y son suficientes para el desarrollo infanto-juvenil.

¿Pero es segura y saludable una dieta vegetariana o vegana?

Sí, lo es. Una dieta vegetariana o vegana puede aportar todos los nutrientes que nuestro organismo necesita salvo uno, la Vitamina B12, que debe ser suplementada o ingerida a través de alimentos fortificados. Las personas omnívoras la obtienen con productos de origen animal.

Al margen de esta observación, la seguridad de este modelo de alimentación es un tema en el que no hay controversia. Por supuesto, es un campo de estudio muy intenso en nutrición, pero no destaca precisamente por la medición de riesgos asociados a la misma. Lo común es precisamente todo lo contrario: cuando hablamos de salud y dieta vegetariana-vegana lo que se desprenden son beneficios a nivel de prevención de mortalidad por cualquier causa, cáncer o enfermedades cardiovasculares.

La postura de la Academia de Nutrición y Dietética Americana, organismo de referencia en nutrición, es que las dietas vegetarianas, incluyendo las veganas, planificadas de manera adecuada, son saludables, nutricionalmente adecuadas y pueden proporcionar beneficios para la salud en la prevención y el tratamiento de ciertas enfermedades. Estas dietas son apropiadas para todas las etapas del ciclo vital. Esto incluye también el embarazo, la lactancia, la infancia, la niñez, la adolescencia, la edad adulta, así como para deportistas.

Por tanto, todos los potenciales riesgos que se esgrimen frente a una dieta vegetariana por carecer de ciertos nutrientes (déficit de proteína, calcio, zinc, omega 3…) están basados la mayoría de las veces en mitos y en desconocimiento dietético. Preocupaciones que no tienen una repercusión clínica si la dieta está bien diseñada. Por eso no tenemos alertas por ningún estamento sanitario en este aspecto, sino todo lo contrario: beneficios en salud si se siguen las guías de cómo hacerlo correctamente.

Hasta aquí podríamos dar por contestadas las premisas a) y b). Y si cualquier lector se siente escéptico, sería como preguntarnos si practicar deportes sin pelota como el atletismo tiene algún déficit frente al fútbol, tenis o baloncesto.

¿Por qué una dieta vegetariana-vegana tiene tan buenos resultados?

Cuando asociamos grupos alimentarios y salud, la mayoría de los alimentos que tienen mejores relaciones son de origen vegetal: frutas, verduras, hortalizas, legumbres, semillas, frutos secos…

De los de origen animal, podríamos decir con rotundidad que solo el pescado y el huevo cuentan con una evidencia de relación positiva e inequívoca entre su consumo y la salud. Y el consumo de carne o lácteos más bien neutro o conflictivo. Por tanto, por una mera cuestión de probabilidad, al incorporar más alimentos saludables en una dieta bien diseñada, es comprensible encontrar buenos resultados de salud. No todo se atribuye al efecto “halo” que rodea a las personas veganas, ya que siguen también un estilo de vida más sano. La dieta es un factor determinante en sí mismo, aunque la vegetariana-vegana se siga muchas veces por otros motivos: éticos, religiosos o medioambientales.

¿Por qué tenemos noticias con sus efectos adversos?

Curiosamente, y debido al extremo escepticismo existente en torno a las dietas vegetarianas y veganas, muchos mensajes que lanzamos los divulgadores en medios siempre van acompañados con la coletilla “si están bien planificadas”. Este incómodo apellido, que debería ser de sentido común, se hace en parte para aclarar que los casos aislados que en ocasiones tenemos en medios de comunicación no se deben al patrón de dieta vegetariana, sino a otras decisiones de esas familias. Tras el tsunami informativo, pocas veces se aclara los verdaderos motivos detrás: falta de suplementación u otras conductas irresponsables como es la no vacunación. Son causas muy alejadas de la correcta alimentación.

Es posible que esta llamada de atención sobre la “buena planificación” despierte recelo entre ciertas personas que desconocen el hecho de que las principales sociedades de nutrición tratan una dieta vegetariana y vegana como una opción saludable más, sin mayores complicaciones. No se requiere una dieta con un “diseño extremadamente meticuloso” o de una “supervisión médica” adicional. Tanto una dieta vegana como una dieta omnívora pueden ser un desastre, o un fantástico patrón nutricional. Todo depende lo que se elige introducir en el plato.

¿Acaso la dieta omnívora no requiere de una buena planificación? ¿Acaso las cifras de enfermedades no transmisibles o de obesidad infantil no se deben a una dieta omnívora mal planificada?

Hoy por hoy, con toda la evidencia científica existente, no podemos afirmar que en un contexto de abundancia de alimentos la dieta vegetariana o vegana sea peligrosa, todo lo contrario. A poco que siga una distribución de sentido común se obtendrían beneficios para la salud con mucha probabilidad.

¿Por qué nos preguntamos tanto si dejar de comer animales será seguro y no nos preguntamos por las repercusiones de que nuestros menores coman a diario galletas o bollería? ¿Por qué una familia que decide no comer carne es más criticada que desayunar a diario con 70 g de azúcar? ¿Cómo se marcan estas prioridades y preocupaciones dietéticas?

Lo que es peligrosa es la desinformación, la ignorancia y las actitudes irresponsables. Asuntos que no dependen necesariamente de lo que tenemos en el plato, sino de las decisiones para con nuestra salud que tomamos en nuestra vida.

Aitor Sánchez es dietista-Nutricionista, Tecnólogo Alimentario e investigador. Ha publicado recientemente ‘Mi dieta cojea’


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