Daniel Mediavilla

Durante siglos, los humanos vieron las auroras boreales como una especie de cortinas verdosas o rojizas. La ciencia explicó después los fenómenos detrás del espectáculo. El origen de aquellas luces en el cielo se encontraba en las partículas cargadas que viajan con el viento solar. Al llegar a la atmósfera terrestre, se ven redirigidas por la magnetosfera terrestre, que las concentra en las regiones polares. Allí, chocan contra los átomos y las moléculas atmosféricas y excitan a los electrones que los rodean. Como los electrones tienden a regresar a su estado normal, liberan la energía que les transmitieron los mensajeros solares y lo hacen emitiendo luces de colores. El oxígeno emite la luz verde y la roja y el nitrógeno la azul.

Dependiendo de la actividad solar y de la intensidad y la cantidad de partículas que chocan contra el escudo magnético que nos protege de la radiación del Sol, las auroras son más o menos vistosas y se pueden ver más al sur de las regiones polares, el lugar donde son habituales. Actividades solares infrecuentes pueden provocar auroras como la que se vio sobre Barcelona el 25 de enero de 1938. Entonces, en medio de la guerra civil, el cielo se tiñó de rojo y en la ciudad catalana se pensó que sobre ellos se cernía un nuevo bombardeo.

Recientemente, se ha empezado a conocer la observación de lo que algunos consideran un nuevo tipo de aurora. Desde hace años, aficionados a la observación de auroras boreales fotografían un tipo de luces que no son exactamente como las auroras habituales. Se trata, como muestran en una galería donde recuperan imágenes del fenómeno, de una especie de franja morada más o menos inclinada que aparece en latitudes ligeramente más al sur de lo habitual.

A 300 kilómetros de altitud, la temperatura de la atmósfera da un salto hasta los 3000 grados debido a esta aurora

Tras su descubrimiento, grupos de ciudadanos aficionados a ver y fotografiar auroras como los que se reúnen en Aurorasaurus trataron de ofrecer alguna explicación a lo que observaban. Una de las propuestas fue que se tratase de un arco de protones. Sin embargo, esa opción fue descartada pronto por los científicos. “Los colores que se ven no corresponden a lo que sería un arco de protones y la intensidad de la luz sería más débil que en este caso”, explica Consuelo Cid, profesora de la Universidad de Alcalá de Henares y experta en este tipo de fenómenos. “Sería extraño que los aficionados hubiesen visto esto, porque antes no lo habían hecho. Las emisiones de un arco de protones quedan ocultas por otras más brillantes”, añade.

A partir de las aportaciones de los fans de las auroras, Eric Donovan, un profesor de astronomía de la Universidad de Calgary, cotejó las imágenes con datos de los satélites Swarm de la Agencia Espacial Europea, una constelación dedicada a analizar el campo magnético terrestre. Eso permitió al investigador canadiense saber que a 300 kilómetros de altitud, la temperatura se incrementaba hasta los 3.000 grados y había una franja de gas de 25 kilómetros de ancho que flotaba hacia el oeste. Así se confirmó que no se trataba de un arco de protones. Ese conocimiento hizo bautizar al fenómeno con un nuevo nombre. Según explicaba el New York Times, la idea fue de Chris Ratzlaff, el fotógrafo que administa el grupo donde se reúnen las imágenes de la nueva aurora. Lo llamarían Steve. El origen, una conversación surrealista de la película de dibujos animados Vecinos invasores en la que un grupo de animales salvajes se encuentra con una fila de arbustos que no acaban de comprender. Un puercoespín comenta que le asustaría mucho menos si supiese cómo llamarlo y una ardilla contesta: “Llamémoslo Steve, es un nombre bonito”.

Los investigadores están tratando ahora de encontrar una buena explicación para Steve. “Lo que se ve con el ojo es algo que se lleva muchos años viendo con magnetómetros desde el suelo y si es un nuevo tipo de aurora es porque no es la que se forma normalmente en los polos por el electrojet [la corriente eléctrica que recorre la atmósfera en los polos y genera las auroras]”, apunta Cid, que asegura tener una explicación pero va a tratar de publicarla en una revista científica.

Miguel Herraiz, profesor de la Universidad Complutense de Madrid, señala el detalle de que Steve no ha sido visto desde octubre de 2016 a febrero de 2017, la época más frecuente para las auroras, pese a que ha habido actividad solar. “Las auroras se producen en la interacción entre el viento solar y la parte alta de la atmósfera. Las diferencias en este caso pueden deberse a un cambio en la actividad solar, pero yo creo que la explicación se encuentra más en la segunda parte, en la interacción entre el viento solar, el campo magnético terrestre y la atmósfera”, continúa.

El nuevo hallazgo, a falta de explicación científica oficial, muestra la importancia de la cooperación entre ciudadanos aficionados a la astronomía, capaces de aportar una gran cantidad de imágenes, con los científicos profesionales.


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