Qin Shi Huang Di

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(Qin Shi Huangdi o Ts’in She Huang-ti; 259-210 a.J.C.) Emperador de China, el primero de la dinastía Qin (221-210 a.J.C.). De entre los siete estados que conformaron y protagonizaron el periodo de los Estados Combatientes en la época final de la dinastía Zhou del Este, el reino de Qin fue el que alcanzó el poder sobre todos los demás, gracias a su superior desarrollo de la tecnología militar y a su sólida organización política y social.

El rey Ying-Zheng de Qin fue el que protagonizó la expansión militar. Tras la unificación, realizada en el año 221 a.C., se proclamó emperador (huang di, cuya traducción más exacta sería la de “augusto emperador”). Dado que él mismo estaba firmemente convencido de que inauguraba una dinastía sin fin, añadió a su título imperial el carácter shi, que significa “primero”. De este modo su nombre oficial quedó registrado en los anales como Shi Huang Di o Shi Huangdi, al que más tarde se añadió el nombre de su dinastía: Qin Shi Huang Di (“Primer Augusto Emperador de la Dinastía Qin”).

Qin Shi Huang Di

Este singular personaje, déspota nato, fue capaz de hacer del vasto territorio conquistado un estado unificado, centralizado y burocrático. La dinastía Qin, sin embargo, fue relativamente efímera (221-206 a.C.). Aconsejado por su ministro Li Si e inspirado en la filosofía legalista creada en el siglo III a.C. por Han Frei, estableció un sistema centralista basado en la aplicación de la ley mediante un riguroso código de premios y castigos. La intolerancia ante cualquier filosofía o corriente de opinión que no se ajustara a las características de su gobierno tiránico originó la persecución de los seguidores de Confucio y la quema de libros confucianos. Junto con estas medidas, el emperador, aconsejado por Li Si, comprendió la necesidad de unificar los diferentes sistemas de escritura existentes en un único estilo que, a partir de entonces y gracias al desarrollo adquirido con la aparición del pincel y la tinta en la dinastía Han, se convirtió en el instrumento común de comunicación y civilización en el territorio chino hasta la actualidad.

En su proyecto de unificación de la China, Qin Shi Huang Di tomó otras medidas eficaces. Estableció un amplio aparato burocrático, estandarizó pesos y medidas y estableció la unidad monetaria. A partir de los sistemas de división administrativa puestos en marcha en los siglos anteriores, el emperador dividió el imperio en treinta y seis comandancias, gobernadas por un gobernador civil, uno militar y un inspector imperial o delegado del gobierno. A su vez, estas comandancias estaban subdivididas en condados, gobernados por magistrados que dependían directamente del delegado del gobierno. Ninguno de estos cargos era hereditario: quienes los detentaban podían ser destituidos en cualquier momento, con lo que se pretendía evitar la acumulación de privilegios y el enriquecimiento personal por esa vía. Con este sistema se intentó anular la posibilidad de creación de pequeños estados y, sobre todo, reforzar la idea del poder central, sustentado en un sistema administrativo fuerte y eficaz.

Promovió también la construcción de una gran red viaria que, convergiendo en la capital Xian, hiciese posible los intercambios y contactos. El sólido gobierno de Qin Shi Huang Di fue capaz de movilizar a grandes masas de trabajadores. Por eso no es extraño encontrar obras de carácter colosal como la Gran Muralla China o la sorprendente tumba imperial. Del mismo modo que suprimió la fortificaciones interiores para dar unidad a su nuevo imperio, Qin Shi Huang Di mandó construir la Gran Muralla para reforzar la frontera norte y defenderla de los ataques de los pueblos nómadas. Pero, más que una utilidad militar y defensiva, la Gran Muralla simbolizaba el límite entre la barbarie y la civilización. A los diversos pueblos que habitaban el espacio civilizado de China les avisaba de que si traspasaban ese límite, tratando de huir del dominio del gobierno chino, también quedaban fuera de su tutela y de su superior cultura.

La Gran Muralla

En conjunto, la Gran Muralla mide casi seis mil kilómetros y se extiende desde el mar Bohai, en el este, hasta el corredor de Gansu, en el oeste, con un trazado serpenteante a través de valles y montañas. Los materiales empleados en la construcción de este gran baluarte fueron la tierra, la piedra, la madera y la cerámica. Se levantaron paredes de entre siete y ocho metros de altura media con un camino de ronda almenado de 5,5 metros de anchura. Para crear esta gran frontera artificial se necesitó la mano de obra de 300.000 trabajadores forzados (esclavos, prisioneros de guerra y reos), muchos de los cuales murieron en el proyecto. Además del muro corrido, se construyó una torre de vigía cada 2,5 kilómetros, un puesto de guardia cada 5 kilómetros, un fuerte cada 15 kilómetros y un cuartel cada 50 kilómetros. Pese a su magnitud y magnificencia, la gran muralla no consiguió su objetivo militar de frenar las invasiones de los pueblos del norte, y fue más bien desde sus inicios un conjunto monumental excepcional.

El historiador Sima Qian cuenta con detalle, en sus Memorias históricas, la obsesión de Qin Shi Huang Di por la inmortalidad. El emperador se hizo rodear de alquimistas, astrónomos y médicos con la pretensión de que le ayudasen en su propósito. Tal obsesión, unida a su gusto por lo monumental y la magnificencia imperial, dio como resultado la gran tumba que se hizo construir cerca de Xian y que es uno de los monumentos más asombrosos de la historia del arte. En su viaje a la inmortalidad le acompañarían sus servidores y concubinas y todo su ejército: por eso mandó enterrar junto a su tumba una reproducción en terracota de sus fuerzas armadas.

El mausoleo imperial de Qin Shi Huang Di representa en la tradición funeraria china una absoluta innovación. Consta de varias zonas claramente definidas, entre las que destacan una colina elevada artificialmente, bajo la que se encuentra el túmulo imperial propiamente dicho con su ajuar funerario, y una segunda zona donde se enterró por primera vez una reproducción en terracota del ejército imperial. Hasta esa fecha los ajuares reales se componían de objetos de bronce, jade, hueso e incluso figuras de madera de pequeño tamaño que representaban a diferentes personajes de la vida cotidiana. Era costumbre enterrar vivos a muchos de los sirvientes y concubinas, de modo que el difunto gozara de su compañía. Confucio fue el primero que criticó duramente tal costumbre, lo que dio pie a una sustitución paulatina de las personas por su representación en madera y más tarde en cerámica.

El ejército de terracota
El ejército de terracota

Qin Shi Huang Di aún conjugó las dos tradiciones, ya que es sabido que junto a su ejército en terracota fueron enterradas muchas de las personas que habían intervenido en la obra, así como sirvientes de su corte. El ejército se dispuso en cuatro fosas, perfectamente delimitadas por muros de tierra, con una cubierta de madera y con una disposición muy similar a la del combate real: en las primeras filas la infantería ligera, sin apenas protección, seguida de soldados con coraza y lanzas de hierro, seguidos a su vez por la caballería; en la vanguardia, los soldados mejor equipados con ballestas y filas de arqueros en los laterales, representados algunos de ellos con una rodilla en tierra; por último, el cuartel general, carros y lanzas de bronce, con sesenta y ocho figuras enfrentadas cara a cara. En total, unas cinco mil figuras, realizadas todas ellas en terracota, con moldes para los cuerpos y extremidades, pero con un tratamiento escultórico individualizando del rostro y las manos de cada uno de ellos, con diferenciación incluso de sus rasgos étnicos, permitiendo apreciar la variedad de razas que habitaron el imperio. Su altura media es de 1,68 metros y en algunos casos todavía se aprecian los restos de la policromía con la que todos estuvieron cubiertos.

En su momento, la visión debió de ser realmente poco apaciguadora para los salteadores de tumbas, que tras salvar diferentes sistemas de seguridad, como fosos laterales y ballestas con disposición de tiro automático, lograron penetrar en ella y provocar un incendio que destruiría la techumbre de madera, y tal vez salir de ella con algún valioso tesoro oculto. Quizá en previsión de estos asaltos, el emperador eligió para su tumba un lugar más separado, protegido por su ejército en terracota. En su aspecto exterior quiso manifestar su presencia al levantar una colina, pero de su interior se sabe muy poco más que las descripciones realizadas por el historiador Sima Qian, que narra una visión de bóvedas celestes estrelladas de perlas, y de tierras surcadas por ríos de mercurio y plata. Descubierto por unos campesinos, el conjunto funerario empezó a ser excavado en 1974, sin que hoy puedan considerarse acabados los trabajos. La labor de los arqueólogos confirmará o no la descripción del siglo II a.C. del historiador de la dinastía Han.


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