Cuando el rock se inspira en la música clásica

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Por CARLOS DEL RIEGO

Aunque se pueda tener la percepción de que son incompatibles, la realidad demuestra que la música clásica ha tenido gran presencia e influencia en el rock y sus derivados. Acaba de fallecer Greg Lake, cuyo grupo, ELP, nunca dejó de mirar hacia ese lado.

Bien puede decirse que esos géneros surgidos en el siglo XX tienen una deuda con lo que se conoce como la gran música. Así, hay primeros espadas en la corta historia del rock que pueden presumir de su formación clásica, con lo que toda su trayectoria está marcada por esos estudios; igualmente, son muy abundantes las canciones cuya idea inicial procede de partituras de los grandes genios clásicos; tampoco son escasos los títulos que reconocen su inspiración en sonatas, nocturnos, arias, e incluso reproducen con mayor o menor fidelidad pasajes enteros; y también hay numerosas versiones, adaptaciones, actualizaciones de obras concretas de Beethoven, Bach, Tchaikovski… Sí, sin duda el rock & roll ha tomado prestado mucho material de tan sonoros nombres; además, como ya no generan derechos de autor, están a disposición de todo el que se atreva.

Hace unos días (XII-16) el legendario trío inglés Emerson, Lake & Palmer sufría su segunda baja, pues el guitarrista, bajista y cantante Greg Lake fallecía de cáncer, sólo unos meses después de la muerte del teclista Keith Emerson, quien fue un apasionado de la conjunción clásica-rock. De hecho, ELP siempre llevó a gala esta tendencia, con orgullo, con conocimiento, con atrevimiento…, y con excelentes resultados. Entre sus logros más llamativos está el nuevo tapizado que dieron a la obra ‘Cuadros de una exposición’ del ruso Modest Músorgski (a través del arreglo para orquesta que hizo Maurice Ravel), atreviéndose incluso a añadir cosecha propia. Guitarras y pianos, teclados de última generación y agresivas baterías rock, ideas imperecederas que vuelven a lucir gracias a nuevas perspectivas…, una fructífera y mágica operación artística. No fue la única vez que pescaron en los mares del clasicismo, al contrario, sus álbumes están muy adornados con nombres históricos de la gran música. En fin, gracias a este empeño de ELP, muchos miles de jóvenes en todo el mundo entendieron que la música es música, y que los géneros no son otra cosa que decoración, presentación, y que lo importante es el ingenio, el talento que el autor ha vertido en su partitura para que otros la interpreten.

El caso es que, se reconozca en los créditos o no, hay una larga lista de canciones cuyos autores metieron la mano en la caja de los clásicos para confeccionar sus discos. No es cuestión de enumerar uno tras otro; basten algunas menciones. Por ejemplo, Sting (que no es muy dado a acreditar a otros) ha tirado de Prokofiev, al igual que Eric Carmen de Rachmaninov; Billy Joel firma alguna que otra obra ‘a medias’ con Beethoven; la inmortal, evocadora y exitosa ‘A whiter shade of pale’ de Procol Harum (conocida en español como ‘Con su blanca palidez’) agarra más de una de Bach; Queen en su ‘It´s a hard life’ reconoce la deuda con ‘I pagliacci’ de Leoncavallo.

El ‘It´s now or never’ que popularizó Elvis es, evidentemente, el célebre ‘O sole mio’ de Eduardo di Capua. El espectacular teclista Rick Wakeman picó de aquí y de allá muchas veces, destacando sus improvisaciones sobre partituras de Brahms; incluso el propio John Lennon explicaba que el tema de los Beatles ‘Because’ surgió tras escuchar una sonata para piano de Beethoven.

La relación de artistas contemporáneos que buscaron luz en otras formas, en otras épocas, es verdaderamente extensa. Y también se pueden añadir las ocasiones en que lo que hacen es, simplemente, una versión, y así se reconoce en los créditos…, casi siempre. Por ejemplo, los enloquecidos y siempre jubilosos Madness se atrevieron a condimentar con el divertido ritmo ska el movimiento más famoso de ‘El lago de los cisnes’ de Piotr Tchaikovski; el fruto de esta mezcla con ingredientes aparentemente incompatibles no sólo es muy fácil de degustar, sino que parece haber sido concebido para el baile y el jolgorio. ¿Qué hubiera pensado el compositor tardo-romántico ruso sobre esta reinterpretación? Y por otro lado, ¿quién puede decir que la música clásica es aburrida?

El inefable Ian Anderson recreó para el segundo Lp de su grupo, Jethro Tull, el ‘Bourée in E minor’ de Bach; sin embargo, a diferencia del anterior, incomprensiblemente Anderson no acreditó al alemán…, al menos en las primeras ediciones del mencionado álbum, en cuyos créditos aparecía él solo como autor a pesar de que la cosa era un clamor al ser pieza sobradamente conocida. De todos modos, el arreglo (suave y respetuoso) tiene su mérito, y la flauta travesera del inglés recorre con mucha clase las notas originales.

La aportación hispánica puede representarse con la reinterpretación que Los Canarios realizaron de ‘Las cuatro estaciones’ de Vivaldi, la cual fue convertida en ‘Ciclos’ y dotada con otra historia; un trabajo monumental que, al menos a unos cuantos, les sirvió para reconocer todos los movimientos y pasajes de la partitura original en cualquier momento, ya fuera en primavera o en invierno… Tampoco puede olvidarse el éxito internacional que alcanzó Miguel Ríos cuando cantó la adaptación (de Waldo de los Ríos y Amado Regueiro) de la ‘Oda a la alegría’, el extracto universal de la ‘novena’ de Beethoven.

Por último, y volviendo al recientemente finado, Greg Lake no se resistió a tomar por su cuenta otra de Prokofiev para construir su preciosa ‘I believe in Father Christmas’.

Está claro, la clásica y el rock no son en absoluto antagonistas.


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