Piergiorgio M. Sandri

“Esta música ya me suena. Tiene un aire… Me recuerda aquel tema…”. No hace falta ser un asiduo oyente radiofónico o un melómano compulsivo para darse cuenta de un fenómeno que no para de crecer: el de los plagios musicales. La actualidad está llena de ejemplos de grandes artistas que a lo largo de su prolífica y exitosa carrera han sido acusados, y en algún que otro caso condenados, por haberse adueñado de un tema preexistente.

El último caso es el de Pharrell Williams y Robin Thicke, quienes deberán pagar 7,3 millones de dólares a los descendientes de Marvin Gaye al sentenciar un juez que su éxito Blurred Lines es una copia del clásico Got To Give It Up (1977) de Marvin Gaye.

Pero la lista es larga. Por ejemplo, una estrella consagrada como Madonna (que en su momento también fue acusada de plagiar su famoso Like a virgin) ha sufrido algún que otro varapalo judicial a lo largo de sus dilatados años de profesión. Es lo que ocurrió, por mencionar un caso reciente, con su tema Frozen: según un tribunal belga, es una copia de Mavie fout le camp, de Salvatore Acquaviva. Asimismo, el rey del pop, Michael Jackson, no supo resistir a la tentación de copiar y fue querellado varias veces. Más de una vez salió perdiendo ante el juez. El dictamen más célebre fue sobre la canción Will you be there, reconocida como copia ilegal de I cigni di Balaka, del italiano Albano.

A veces, sobre un plagio hay artistas que han llegado a construir su carrera. El famoso solo de guitarra Still got the blues de Gary Moore en realidad fue compuesto con anterioridad por Jud’s Gallery en el tema Nordrach de 1974. Moore intentó defender la tesis de que la memoria musical de un profesional puede permitirle recordar, años después, un trozo oído por casualidad, pero, al final, tuvo que pagar a su demandante. También se ha hablado mucho entre los fans de Coldplay de su canción Viva la vida, presuntamente parecida a un tema del guitarrista Joe Satriani, If I could fly. Ambos llegaron a un pacto para retirar la querella y no se llegó a ninguna admisión de culpabilidad por parte de Coldplay, aunque se desconoce si hubo un acuerdo sobre una indemnización.

Cuando uno se refiere a la música, la sospecha de plagio se puede extender a muchos ámbitos. Hay que tener en cuenta que una canción es un producto artístico complejo. Están los creadores (las letras y la música). Y, por supuesto, los intérpretes, que puede ser uno o un grupo. Se puede plagiar tanto la interpretación como la creación. En el primer caso, se canta como el otro, a la manera de. Siempre que no se esté rindiendo un homenaje o haciendo una parodia, uno entra en competencia ilegal con el intérprete del tema original, algo que la ley prohíbe. En el segundo caso, el artista canta a su manera, pero la canción sí es de otro. Es el acto más descarado, el que acapara más titulares. Por último, también se pueden copiar las letras.

En las controversias judiciales, los peritos o musicólogos (y profesores de lengua, en el caso de las letras) suelen formular dictámenes técnicos bastante precisos. En muchos países se establece que tiene que haber una coincidencia entre seis u ocho compases seguidos. La Universidad de Londres y de Hamburgo han desarrollado un software capaz de analizar piezas musicales, para luego compararlas y mostrar las diferencias y similitudes. El software es capaz de analizar cosas como el ritmo, el tono, la cadencia o la melodía. Teóricamente, un ordenador podría llegar a detectar cuando se produce una infracción. En España, sin embargo, le ley es más ambigua y abierta a la interpretación: se prevé que hay plagio cuando uno se apropia de la esencia de la canción, con lo que tal vez una máquina no serviría.

Si quisiéramos romper una lanza a favor de los cantantes, habría que reconocer que, a veces, la semejanza es fruto de una casualidad. Porque, de alguna manera, las posibilidades de creación son limitadas. En una reciente entrevista en el rotativo británico The Guardian, un mito de la talla de Bruce Springsteen reconocía que es imposible no inspirarse en lo preexistente. “En la música, el pasado nunca es el pasado. Siempre está presente. Escuchas trozos de Beach Boys, Turtles o Byrds en todos mis discos”. Springsteen sabe de lo que habla. De hecho, el diario The Wall Street Journal ha visto similitudes sospechosas entre la melodía de su nueva canción Outlaw Pete con un antiguo tema disco, I was made for Lovin’You, de Kiss.

El plagio es un delito y, por lo tanto, está tipificado en el código penal. Para que el plagiador sea considerado responsable, es necesario que haya dolo, es decir, intencionalidad de vulnerar la ley. La estrategia de muchas defensas consiste precisamente en demostrar que la copia fue inconsciente.

Sin embargo, es cada vez más difícil sostener este argumento en la época actual. Antes se podía afirmar que un cantante no podía haber estado en un determinado concierto para que se pudiera inspirar o copiar deliberadamente un tema. Hoy, gracias a internet, el acceso a las canciones es prácticamente ilimitado. Y esto hace que las acusaciones de plagio se estén disparando. De hecho, ya hay páginas web dedicadas a imitaciones, más o menos presuntas, para que quien navegue por la red se divierta y compruebe él mismo si un tema es un plagio o no.

Pero el auge de las copias ilegales no es sólo un fenómeno relacionado con la sofisticación de la tecnología. El germen del problema hay que encontrarlo en el seno de la misma industria musical. En efecto, la competencia no juega siempre a favor del espiritu artístico. “Hoy hay cada vez más presión por parte del público y de las discográficas para sacar novedades. Con toda evidencia, los cantantes tienen menos tiempo para crear y entonces se inspiran, a veces sin saberlo o de forma inocente, con lo que ya existe”, explica Mario Sol, de la firma barcelonesa Sol y Muntañola, especializada en propiedad intelectual. “Asimismo, los creadores ahora alcanzan la celebridad muy rapidamente, a veces sin esfuerzo o formación necesaria, a lo mejor gracias a un concurso televisivo. Con lo que al final, ante el éxito repentino, uno no tiene las bases para mantenerse arriba y opta por copiar. El problema es que en la creación, no sólo musical, hay muy pocos genios”, agrega este experto.

Sobre este punto, David Muñoz, abogado del bufete Bellavista, proporciona también otra explicación. “Muchos cantantes se ponen en manos de productores musicales consagrados para relanzar su carrera cuando sufren un bache. El problema, en este caso, es que el productor suele reproducir una fórmula que ya ha funcionado con otra estrella. Esto hace que a veces el resultado final sea poco original y los temas de los distintos artistas apadrinados por el mismo productor acaban pareciéndose entre ellos”. Ocurre con ciertas etiquetas, especializadas en un determinado estilo musical: sus cantantes se mueven todos en el mismo ámbito de referencia, la música negra, por ejemplo. De hecho, las estrategias defensivas más comunes de los abogados hacen hincapié en que “las canciones que pertenecen a un determinado género tienden inevitablemente a parecerse entre ellas sin ser totalmente iguales”, señala Federico Fernández de la Torre, de API (Asesores de Propiedad Intelectual) en Madrid. “En la actualidad, es muy frecuente ver casos de plagio en la música que acompaña la publicidad de radio o televisión, porque los derechos de las canciones de los grandes artistas tienen precios poco asequibles, o incluso se resisten a dar licencias. Así, las empresas suelen encargar a estudios de grabación alteraciones más o menos superficiales del tema sin llamar mucho la atención”, constata Fernández de La Torre.

A juicio de los expertos, las discográficas también tienen su parte de responsabilidad en el auge de los plagios. En su opinión, existe en este sector una doble moral: por un lado las productoras tienen interés en luchar contra los plagios para no perder dinero. Pero, al mismo tiempo, promueven en el mercado los modelos musicales que funcionan, con el riesgo de fomentar similitudes sospechosas entre los distintos artistas de su cartera. Especialmente ahora, en tiempos de crisis, optan por no arriegarse demasiado y apuestan por lo seguro por reproducir recetas de éxito.

Un músico, arreglista y compositor –que pide anonimato–, confiesa lo siguiente: “Yo he trabajado con productoras musicales. Y ellas me dicen textualmente ‘fusila esta canción’. Quieren que fabrique un tema que tenga un aire parecido al de uno que ya ha tenido éxito. Y así, compongo una canción que recuerda la original. Yo, concretamente, lo hice para un tema de un cantante latino que había arrasado. Se trata de coger la melodía y de modificar alguna nota de forma sutil. Cambias la letra, modificas un poco el estribillo y ya está. No es complicado. Por ejemplo, puedo perfectamente imaginarme una versión batucada de Imagine de John Lennon”. La picaresca de los arreglos es una práctica frecuente sobre todo para la composición de bandas sonoras de mensajes publicitarios para la televisión. En su opinión, “todo esto se puede hacer porque en este país no hay mucha cultura musical. Y la gente no se da cuenta”.

En este contexto, es difícil que los nuevos talentos puedan emerger. Juantón el Equilibrista, joven cantautor (ha grabado seis discos, el último de los cuales es La fábula del escorpión) sostiene que el mercado es demasiado homogéneo. “De hecho existen grupos que, sin plagiar a otros, se parecen mucho entre ellos. Por ejemplo, Melendi y Estopa. O El Sueño de Morfeo y La Oreja de Van Gogh, por mencionar algunos. La verdad es que la industria musical busca clones”, indica. De esta manera, queda poco espacio para la libre creación. “Hoy funciona mucho el pop romántico o el hip-hop. Pero, cuando escribes un tema nuevo, lo primero que te preguntan es a qué publico te diriges, sin valorar la calidad artística de la canción. Es lo que ocurre cuando acabas considerando la música como un producto”, constata.

Eso sí, en la práctica, la mayoría de las controversias judiciales sobre plagios acaba con acuerdo entre las partes antes de que haya una sentencia sobre el asunto. O el plagiado concede una licencia o bien pacta una compensación económica. En efecto, como sostiene Mario Sol, que ha llevado muchos casos sobre estas controversias, las medidas cautelares más urgentes (la retirada del disco del mercado) son muy agresivas y, de hecho van a menos. Los tiempos de los juicios son largos: se puede tardar dos años en obtener una sentencia. Otro problema es que es muy díficil hacer estimaciones de los daños (cuánto ha vendido la copia ilegal de la cancíon, o cuánto dinero habría conseguido el titular de la obra si la hubiera concedido en licencia). En cuanto al daño moral que ha sufrido el artista, no suele ser llegar a grandes cifras (entre 5.000 o 10.000 euros más o menos). Con lo que al final es mejor pactar.

Esta situación, no obstante, da lugar a situaciones un tanto kafkianas. En algunas ocasiones, puede suceder que para algún músico “sea más fácil y económico plagiar que esforzarse en crear una canción nueva”, sostiene Fernández de Latorre. “Bien por desconocimiento, o bien por mala fe, lo cierto es que se han dado muchos casos de plagio, y algunos de ellos han afectado directamente a músicos de éxito, aunque debido a su mayor capacidad económica, les supone un quebranto menor el tener que indemnizar económicamente al titular original de una canción”. Es así de cínico: a un cantante de renombre la indemnización apenas le supone un estorbo en sus finanzas, si a cambio tiene un tema con el que alcanzar la cumbre de los discos más vendidos.

Al mismo tiempo, llegar al pacto es una solución ventajosa incluso cuando quien se querella es un músico desconocido. En efecto, –¿será una casualidad?–, son muy frecuentes las demandas y acusaciones de plagio cuando aparecen canciones de gran éxito. “Puede ocurrir, alguna vez, que estas reclamaciones obedecen al oportunismo de músicos desconocidos que pretenden enriquecerse injustamente y de paso aprovecharse de la notoriedad del cantante famoso”, añade Fernández de Latorre. Con una simple acusación, con más o menos fundamento, el pequeño artista consigue como mínimo salir en algún medio de comunicación, generar polémica y salir del anonimato…

Por lo tanto, por muy duro que suene, en la industria musical actual hay que resignarse a convivir con la duda y con cierta sospecha. Sin escandalizarse más de lo debido, conviene recordar, no obstante que el plagio, a su manera, también tiene algo bueno. Sin él, la música popular y folklórica, por ejemplo no habría evolucionado. De hecho, el rock proviene del blues, que a su vez está inspirado en el gospel, que se basa en el country…, todos estilos propios del medio rural estadounidense, de artistas originales negros, que, eso sí, ni siquiera tenían los derechos de las canciones que habían compuesto. La historia musical, desde luego, se repite. Como un estribillo.


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