por Orlando Mergal

Hace poco más de un año conversaba con una relacionada de negocios sobre la posibilidad de producirle un video. Como tantas otras personas en Puerto Rico, que no comprenden todo lo que conlleva crear una producción audiovisual como Dios manda, su interés primordial era saber cuánto le iba a costar.

Generalmente, cuando alguien me demuestra que lo único que le interesa es el precio, eso me dice dos cosas. Primero, me demuestra su ignorancia, y segundo, me demuestra que no está dispuesto a pagar por algo bien hecho. Lo que quieren generalmente es “lo más barato”.

En muchos casos hago lo que me enseñó mi director de tesis. Le doy un precio bien alto para que me diga que no. Así doy el asunto por terminado y no pierdo más el tiempo. En la menor parte de los casos trato de educar a la persona sobre lo que conlleva hacer un proyecto bien hecho. Esto lo hago cuando se trata de un amigo al que siento que debería tratar de educar. Sin embargo, la experiencia me ha enseñado que esta segunda ruta generalmente termina siendo fútil. Por eso, a veces lo mejor es —“jalarle” la curita de golpe, como decía Luis Fortuño— y que se vaya a buscar precio a otro lao’.

En este caso opté por la segunda opción. Entre las cosas que le expliqué a esta persona fue que, en la mayoría de los casos, la música que se utiliza para producciones audiovisuales no es música comercial, sino música “buyout” para la cual se paga una licencia. Entonces me contestó algo que me sí paró los pelos de punta. Me dijo: “Pero podemos usar música clásica. Esa no tiene derechos de autor”.

Mi primera reacción ante tal equivocación fue corregirle. Y la segunda fue preguntarle de dónde aprendió tal barbaridad. Y entonces sí que me dejó frío. Me dijo —muy convencida— que se lo había dicho una profesora del departamento de comunicación de la Universidad del Sagrado Corazón.

¡Ea rayo! Si eso es lo que le estamos enseñando a nuestros pinos nuevos que Dios nos coja confesa’os.

Esta mañana escuché nuevamente la misma aseveración. Esta vez viniendo de parte de la licenciada Rosanna Cerezo (la hija del fenecido Benny Franqui Cerezo) y del profesor José Molinelli, durante el programa radial “Dialogando con Benny”, que heredaron de Benny, y que transmiten todos los domingos en la mañana por Radio Isla 1320.

Normalmente escucho este programa todos los domingos en la mañana porque es de la poca programación inteligente que le queda a esta emisora. Pero hoy se salieron de su “área de pericia” para entrar en temas de los que ninguno de los dos conocen.

Y a pesar de que no soy abogado —y lo que voy a esbozar de este punto en adelante debe ser corroborado con un abogado experto en derecho de la comunicación (media law)— sí tengo casi 25 años de experiencia en el mundo de la comunicación comercial, tengo una maestría en esa disciplina de la que me gradué al tope de mi clase, soy un estudioso de estos temas y presté mucha atención durante mi clase de “derecho de la comunicación”.

Arranquemos por el principio. La música clásica no tiene derechos de autor. Dicho así de “chulo” y de forma aislada— suena de lo más bonito.

Pero, vamos a profundizar un poco. Primeramente, la música clásica se define como la música europea escrita entre el 1750 y 1820. La demás puede ser música para orquesta, pero “técnicamente” no es música clásica.

Segundo, ¿por qué es que no tiene derechos de autor? Pues se debe a que la Ley de Derechos de Autor de los Estados Unidos, según enmendada, establece que un autor tiene derecho a reclamar la propiedad intelectual de su obra durante toda su vida natural más 75 años luego de su muerte. Y claro, si nos fuéramos a poner verdaderamente técnicos, habría que ver qué dice la ley del país donde haya sido compuesta la obra y qué tratado de reciprocidad tiene ese país con los Estados Unidos.

Obviamente, Wolfgang Amadeus Mozart (para usarlo de ejemplo) murió en el 1791, así que hace un ratito que pasaron los 75 años después de su muerte.

Pero recuerda que dije que “dicho así de chulo” parecía de lo más fácil.

Para estar seguro de no meter la pata consulté con mi amigo Gustavo Batista, ex-director de la Facultad de Música de la Universidad de Puerto Rico. Según el profesor Batista cuando un compositor compone una obra lo primero que desarrolla es la Partitura. Esta equivale a la base de la pieza.

Luego de eso desarrolla las “particellas” o partes, que recogen lo que va a tocar cada instrumento. Hasta ahí llega la obra original.

Luego de eso llega un músico subsiguiente y digamos que decide tocar esa pieza —que originalmente había sido compuesta para orquesta— en la guitarra. A eso se le llama una “transcripción” o arreglo. Algunos ejemplos de músicos que han hecho esto son Andrés Segovia, con las piezas de Johann Sebastian Bach en guitarra, John Williams, con las piezas de Antonio Vivaldi en guitarra y Claude Bolling con la música de Wolgang Amadeus Mozart en arreglo de jazz para piano y conjunto.

Según la Ley De Derechos De Autor de los Estados Unidos estas tres instancias son ejemplos de “trabajos derivados”.

Ahora, según dicha ley uno de los derechos que tiene el autor de una obra es el de hacer trabajos derivados. Pero, como en estos tres casos los autores llevan más de 75 años muertos, Segovia, Williams y Bolling estaban en su perfecto derecho de transcribir esas piezas sin pagarle regalías al autor ni a sus descendientes.

Ahora, las que sí tienen derechos de autor son las nuevas ejecuciones hechas por Segovia, Williams y Bolling. Y dependiendo de los acuerdos legales a los que hayan llegado con los músicos que los hayan podido acompañar, esos derechos van a ser absolutos o compartidos.

Permíteme ilustrar este concepto. Si Segovia o Williams se encerraron en un cuarto, transcribieron personalmente las piezas de Bach y Vivaldi, respectivamente, y las ejecutaron ellos “solitos”, entonces los derechos de autor por esas ejecuciones van a ser 100% de cada uno.

Pero en el caso de Bolling —o en el de una orquesta sinfónica— la cosa puede variar significativamente. Comencemos por el caso de Bolling. Si Bolling se encerró en un cuarto y transcribió lo que habría de tocar cada instrumento en las piezas de Mozart, y luego invitó a un conjunto de músicos a tocar con él mediante paga, entonces los derechos de autor de esas ejecuciones puede que sean todos de él. Siempre y cuando le haya firmado un contrato de “work for hire” a cada uno de los músicos que le acompañó.

Por otra parte, si el trabajo de transcripción lo hicieron en conjunto y luego lo tocaron sin que mediara un acuerdo de “work for hire” entonces se considera un trabajo de conjunto y los derechos de autor van a ser compartidos.

Cabe señalar que cuando me refiero a “derechos de autor” dentro de este contexto me refiero a los derechos correspondientes a la ejecución de la obra, no a los de la obra original. Esos, van a ser siempre del autor.

No perdamos de vista que la Ley de Derechos de Autor de los Estados Unidos lo que defiende en realidad es el derecho del autor a obtener beneficio económico de su obra. Tanto así que está consagrada en la propia Constitución del País en la Sección 8, Cláusula 8. Una vez pasan los 75 años luego del deceso del autor la pieza pasa a ser de dominio público. Pero eso no quiere decir que yo pueda coger la Sinfonía #40 de Mozart, por usar algún ejemplo, y registrarla como mía. La autoría siempre va a ser propiedad del autor. Lo que cesa es el derecho al usufructo.

Hace un rato mencioné soslayadamente la cláusula de “work for hire”, pero pienso que amerita un poco más de explicación. Cuando hablamos de “work for hire” nos referimos a una relación contractual bajo la cual toda la propiedad intelectual que produzca una persona va a ser propiedad de la persona que la contrate, ya sea natural o jurídica.

Para regresar al tema que nos ocupa, la participación de cada músico en una orquesta sinfónica va a ser una de “work for hire”. ¿Por qué? Pues porque usualmente estos músicos trabajan a sueldo. Sin embargo, la de músicos como los Beatles, los Panchos o Menudo (para usar un ejemplo del patio) va a depender de los arreglos contractuales que existan.

En el caso de los Beatles, la mayoría de las composiciones están registradas bajo Lennon y McCartney, con algunas honrosas excepciones escritas por George y Ringo. Sin embargo, en términos de ejecución los cuatro cobran regalías. En otras palabras, en lo que se refiere a la ejecución se comportan como una “sociedad” en términos legales.

Lo mismo puede que suceda en el caso de los Panchos o en el de Menudo (francamente lo desconozco). El caso es que el aspecto de composición y el de ejecución se tratan separadamente en este tipo de conjunto.

Para terminar, decir que la música clásica no tiene derechos de autor es una de esas medias verdades que lo que denota es falta de conocimiento sobre el tema. Y como todos sabemos, el desconocimiento de la ley no nos otorga el derecho a violarla. Puede que la pieza original esté en el “dominio público” pero las ejecuciones recientes y sus respectivos arreglos (o transcripciones, para usar el término correcto que me enseño el profesor Batista) sí tienen derechos de autor.

En estos casos lo mejor es buscar ayuda de los expertos antes de ventilar opiniones desinformadas, y sobre todo antes de tomar decisiones que nos puedan meter en problemas legales.


El autor es Socio Fundador de Accurate Communications, Licenciado en Relaciones Públicas (R-500), Autor de más de media docena de Publicaciones de Autoayuda, Productor de Contenido Digital y Experto en Comunicación Corporativa.


Fuente: http://www.picadilloblog.com/los-derechos-de-autor-y-la-musica-clasica/

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