Javier Sampedro

Las fumarolas hidrotermales de los fondos oceánicos son uno de los entornos favoritos de los científicos interesados en el origen de la vida. Por esos géiseres submarinos emerge H2 (hidrógeno) y CO2 (dióxido de carbono), y algunos de los seres vivos más simples y antiguos conocidos, las bacterias metanógenas, se apañan con eso para obtener su energía. Combinan el CO2 con el H2 y obtienen energía y CH4 (metano), que liberan al medio. No hace falta oxígeno ni un complicado sistema de fotosíntesis que obtenga energía de la luz solar. Es un escenario posible para el origen de la vida en la Tierra. Y ahora sabemos que Encélado contiene también todos esos componentes: hidrógeno, CO2, metano y fumarolas hidrotermales, como puedes leer en Materia. No es encontrar vida, pero se trata sin duda de un hallazgo muy estimulante.

Encélado no se lo puso fácil a los viejos astrónomos. Se le escapó a Huygens, que descubrió la mayor luna de Saturno, Titán, y a Cassini, que halló otros cuatro: Tetis, Dione, Rea y Jápeto. No podrían haberlo observado con los telescopios de poco más de medio metro que usaron. Hizo falta esperar a que, en agosto de 1789, le regalaran a Herschel un impresionante telescopio de 1,2 metros. Pero no hubo que esperar mucho más: justo lo estaba estrenando cuando apareció el nuevo satélite. Su apariencia tenue y su gran proximidad a Saturno y su anillo lo habían impedido antes. De hecho, uno de los anillos de Saturno (el anillo E) está formado sobre todo por las emanaciones de los géiseres de Encélado. Pero ha sido el otro Cassini (la sonda espacial) quien ha obtenido los asombrosos datos actuales sobre las fumarolas.

La sonda Cassini se jubilará pronto, mediante un suicidio programado contra la superficie gaseosa de Saturno, precisamente para eliminar cualquier posible contaminación de Encélado con bacterias terrestres. Pero es obvio que habrá que volver a allí con nuevos aparatos e ideas para buscar evidencias de algún tipo de vida. Si apareciera algo parecido a una bacteria, sería la noticia del milenio, y abriría una de las investigaciones más profundas de la historia de la ciencia. ¿Se basará esa vida en ADN, como la nuestra? ¿Tendrá un código genético similar o muy diferente al terráqueo? ¿Cuán parecido al nuestro será su metabolismo central, la lógica profunda de la vida? ¿Hay uno o muchos tipos de vida posibles?

Tal vez allí no haya nada y nos tengamos que volver a casa de nuevo con las orejas gachas. Pero ¿quién en su sano juicio renunciaría a plantearse esas preguntas?


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