Ficha Técnica:

Titulo original: King of Kings.
Año: 1961.
País: USA.
Duración: 168 minutos
Director: Nicholas Ray (Y Charles Walters, no acreditado).
Guión: Philip Yordan (Enrique Llovet, Diego Fabbri y George Dunbar Kilpatrick, no acreditados, y Ray Bradbury, para el texto del narrador)
Producción: Samuel Bronston (Asociados: Alan Brown, Jaime Prades).
Fotografía: Franz Planer, Milton Krasner, Manuel Berenguer (Color).
Música: Miklos Rozsa.
Montaje: Harold F. Kreees, Reneé Lichtig, Irving Lerner.
Diseño de producción: Georges Wakhevitch .
Reparto: Jeffrey Hunter (Jesús de Nazaret), Hurd Hatfield (Poncio Pilatos), Siobhan McKenna (La Virgen María), Ron Randell (El centurión Lucio), Robert Ryan (Juan el Bautista), Viveca Linfors (Claudia Prócula), Rita Gam (Herodías), Carmen Sevilla (Maria Magdalena), Brigid Bazlen (Salomé), Harry Gurdino (Barrabás), Rip Torn (Judas Iscariote), Frank Thring (Herodes Antipas), Guy Rolfe (Caifás), Royal Dano (Pedro), Edric Connor (Baltasar), Conrado San Martín (Pompeyo), Gerard Tichy (José de Nazaret), Gregoire Aslan (Herodes el Grande), George Coulouris (Un camellero).


Lujoso “Remake”, en color y “Macropantalla”, del film homónimo de finales del período “Mudo” dirigido por Cecil B. DeMille en 1927, y que narra la historia de Jesús desde su nacimiento en Belén, con Judea bajo la dominación romana, hasta el momento de su resurrección, pasando por los días de su vida y milagros, su pasión, y su muerte en la cruz.

Crítica:

Samuel Bronston fue un productor independiente norteamericano de origen ruso que edificó un pequeño imperio cinematográfico en la España de los primeros años 60. Un imperio efímero y con los pies de barro, por supuesto, pero que no obstante puso a Madrid en el mapa de las grandes capitales del cine mundial, como un segundo “Cinecittá” o un Hollywood en miniatura. Bronston había nacido en la pequeña aldea de Izmail, Besarabia, entonces perteneciente a la “Rusia Zarista” y hoy parte integrante de la república de Moldavia, un 26 de marzo de 1908. Su auténtico nombre era Shmuel Bronstein, y vino al mundo en el seno de una familia judía –su madre era de origen austríaco -, dedicada a la agricultura y con vínculos de parentesco nada menos que con León Trotsky, el famoso líder revolucionario bolchevique (Cuya verdadera identidad era Lev Davidovich Bronstein). Pero lo que realmente influyó en su formación fue el hecho de que los Bronstein fueran propietarios durante algún tiempo de un modesto cine rural, donde el pequeño Shmuel fue habituándose desde su más tierna edad al mágico espectáculo que se oficiaba en la penumbra de las salas de exhibición.

Rusia no era un lugar agradable para los judíos en los años inmediatamente anteriores a la “Primera Guerra Mundial”, pues existía allí un fuerte sentimiento antisemita que periódicamente se manifestaba en violentos estallidos de furia popular contra los hebreos, los llamados “Pogroms”, con su inevitable corolario de destrucciones, saqueos y matanzas. Y posteriormente las cosas no mejoraron con la “Gran Guerra” y la “Revolución de Octubre de 1917”, que llevó al poder a aquellos audaces “Bolcheviques” entre los que ocupaba una posición de privilegio el tío –o primo, o lo que diablos fuese –Lev Davidovich Bronstein –, de modo que la familia va a ir enviando a su numerosa prole (Nueve hijos) fuera del país, con destino a Francia, donde residía uno de sus parientes.

Allí, en el París vanguardista y animadísimo de los “Felices Años 20”, los hermanos Bronstein irán situándose poco a poco, en la medicina, la música o el comercio. El futuro Samuel Bronston sobrevivirá tocando la flauta en los cines, amenizando las películas mudas, y después irá desplegando todo su avispado encanto cosmopolita para ir introduciéndose en sociedad y ganarse la vida. El cine vuelve a llamar a su puerta por tercera vez cuando conoce a la hija de un hombre de negocios que entre otras propiedades regenta una lujosa sala de exhibición en París, y contrae matrimonio con ella. Su porvenir, por lo tanto, está claro. Durante unos años trabajará en Francia, en el negocio de la distribución de películas, y tras pasar por Holanda e Inglaterra, se embarca a finales de los años 30 para los Estados Unidos, donde no en balde se encuentra la “Meca del Cine”, Hollywood.

Allí se convertirá en productor, primeramente gracias a una adaptación de la novela de Jack London “Martin Eden”, que aquí se tituló “El Barco de la Muerte” (The Adventures of Martin Eden, Sidney Salkow, 1942), protagonizada por un jovencísimo Glenn Ford, y cuyos derechos había conseguido directamente de la viuda del escritor. Trabaja para la “Columbia” y la “Fox” en películas como “La Ciudad sin Hombres” (City Without Men, Sidney Salkow, 1943), “Las Aventuras de Jack London” (Life of Jack London, Alfred Santell, 1943), “Un paseo Bajo el Sol” (A Walk in the Sun, Lewis Milestone, 1945) y “Diez Negritos” (And Then There Were None, René Clair, 1945), para caer después en una época de cierta oscuridad, en la que este judío errante e inasequible al desaliento se dedicó a distribuir “Films” para el remoto mercado filipino, y también a estrechar lazos con el Vaticano, catalogando y fotografiando sus tesoros artísticos, y realizando varios documentales de signo religioso.

A mediados de los años 50 decide entrar de lleno en el negocio de hacer películas, para lo que el sur de Europa, y concretamente Italia y España, ofrecía entonces grandes oportunidades y facilidades, pero va a decantarse finalmente por nuestro país. Con el apoyo financiero del poderoso grupo químico “Du Pont”, produce su primer film “Español”, “El Capitán Jones” (John Paul Jones, John Farrow, 1959), “Biopic” de época acerca del padre de la Armada norteamericana, en los azarosos días de la “Independencia”, una película en la que también participa el magnate gallego Cesáreo González y su empresa “Suevia Films”. Pero “Rey de Reyes” va a ser su primer gran proyecto verdaderamente personal, el punto de partida del efímero “Imperio Bronston”, que revolucionará el panorama cinematográfico español durante la primera mitad de los años 60.

En aquellos momentos Bronston había formado sociedad – una compañía llamada “Brofar” -con el realizador de “El Capitán Jones” (John Paul Jones, John Farrow, 1959), John Farrow (Sidney, Australia, 1904-Beverly Hills, California, 1963), casado con la actriz Maureen O´Sullivan y padre de Mia Farrow. Farrow había escrito en 1953 un guión sobre la vida de Cristo titulado “Son of Man”, que esperaba convertir en una película que se filmase en la propia “Tierra Santa”. Pero Bronston , si bien estaba ilusionado por la perspectiva de llevar nuevamente a la pantalla la historia de Jesús, no apreciaba en absoluto lo que Farrow había pergeñado, comenzando por el propio título, que después sustituiría provisionalmente por “The Sword and the Cross” (“La Espada y la Cruz”). Otro asociado suyo, el productor británico Alan Brown, trató de reescribirlo, pero sin demasiado éxito.

Entonces, mientras conseguía la bendición del Vaticano para el proyecto, así como el apoyo de las autoridades españoles, Bronston comenzó a buscar un nuevo guionista y también un nuevo director, y se deshizo de Farrow, un católico militante. El guionista elegido fue el norteamericano Philip Yordan (Chicago, Illinois, 1914-La Jolla, California, 2003), que gozaba de un gran prestigio profesional –había ganado el “Oscar” al Mejor Argumento por “Lanza Rota” (Broken Lance, Edward Dmytryk, 1954) -y de una buena reputación como elemento “Progresista”, y que era en sí mismo una especie de empresa que daba trabajo a escritores represaliados por la “Caza de brujas” “Macarthysta”, utilizándoles como “Negros” (“Ghost writers”) y remunerándoles bastante mal, dicho sea de paso. Yordan firmará el guión definitivo, en el cual colaborarán el escritor español Enrique Llovet (Málaga, 1917-Madrid, 2010), el dramaturgo italiano Diego Fabbri (Forli, 1911-Riccione, 1980), el norteamericano Ray Bradbury (Que escribirá el texto que leerá el narrador, Orson Welles) y el clérigo y teólogo anglicano George Dunbar Kilpatrick (Coal Creek, Columbia Británica, Canadá, 1910-1989), coordinando todo el material y adaptándolo a la ortodoxia, tratando de no disgustar a católicos, protestantes o judíos. Y en cuanto al título “Rey de Reyes”, parece ser que fue el propio Philip Yordan quien lo sugirió. Y a pesar de que ya lo había usado Cecil B. De Mille en el film de 1927, sorprendentemente no estaba registrado, pues era una expresión de dominio público entre los cristianos para referirse a la figura de “Dios”.

Antes de que existiese un guión propiamente dicho, ya había localizaciones, y Bronston ordenó que se diseñara y construyese a tamaño real el “Templo de Salomón”, ya que no le gustaba utilizar en sus películas maquetas (O “Juguetes”, tal como él las llamaba). El director artístico fue el prestigioso Georges Wakhevitch (Odessa, Ucrania, entonces Rusia, 1907-París, 1984), pero junto a él desempeñaron importantes labores los entonces jóvenes Gil Parrondo (Luarca, Asturias, 1921) y Julio Molina, así como el decorador Enrique Alarcón (Campo de Criptana, Ciudad Real, 1917-Madrid, 1995), al igual que otra serie de técnicos españoles que formarían parte del “Staff” habitual de Bronston a lo largo de su aventura española. Había también, lógicamente, que buscar al protagonista y escoger un reparto. Para incorporar el papel de Jesús se barajaron varios nombres -Keith Michell, Tom Fleming, Peter Cushing, Christopher Plummer e incluso el sueco Max Von Sydow, que lo interpretaría algunos años más tarde en “La Historia más Grande Jamás Contada” (The Greatest Story Ever Told, George Stevens, 1965)-, pero el elegido finalmente fue Jeffrey Hunter, un actor que el mismísimo John Ford había recomendado –tras trabajar con él en “Centauros del Desierto” (The Searchers, 1956)-, y al que también avalaba el excelente director que Bronston había contratado en Italia, Nicholas Ray, quien lo había tenido a sus órdenes en “La Verdadera Historia de Jesse James” (The True Story of Jesse James, 1957), y que entonces tenía justamente la misma edad que Cristo en el momento de su pasión y muerte, 33 años. La banda sonora, por su parte, va a ser compuesta por el gran Miklos Rozsa (Budapest, Hungría, 1907-Los Ángeles, California, 1995).

El rodaje dará comienzo el 24 de abril de 1960, y se llevará a cabo en los estudios madrileños “Chamartín” y “Sevilla Films” en lo referente a los interiores, y en localizaciones situadas en las provincias de Madrid, Ávila y Toledo para los exteriores. Y debido a graves problemas de financiación, puesto que los costes de producción se habían disparado enormemente, la todopoderosa “Metro-Goldwyn Mayer” acabará por entrar en el proyecto, aportando el dinero necesario para terminarlo, pero imponiendo sus condiciones, que se materializaron en varios cambios en el guión, la aparición de nuevos personajes, volver a rodar algunas escenas y filmar otras adicionales –lo que corrió a cargo del director Charles Walters (Pasadena, California, 1911-Malibú, California, 1982) -, y en el absoluto control del montaje definitivo, hurtado pues a Nicholas Ray, aunque contractualmente el realizador de “Rebelde sin Causa” tenía derecho a ello. “Rey de Reyes” se estrenó el 30 de octubre de 1961 en los Estados Unidos, y va a obtener un éxito relativo, aunque seguiría dando beneficios. En España, concretamente, recaudó alrededor de 9 millones y medio de pesetas de la época.

“Rey de Reyes” es, a pesar de todo, probablemente la mejor película producida por Bronston en España. Y en ello tiene bastante que ver el buen pulso narrativo de su realizador, Nicholas Ray, pero también un guión inteligente, en el que colaboraron las brillantes personalidades ya mencionadas. A despecho de su aparente ortodoxia –con un tema como este no podían tomarse demasiadas libertades a principios de los años 60 -, la visión que se nos ofrece de la figura de Jesús no es nada hierática ni distante, sino todo lo contrario. Un actor como Jeffrey Hunter, hasta aquel momento especializado en westerns y películas de acción, le confiere al personaje una innegable humanidad, una proximidad muy creíble.

Otro gran acierto del guión es presentar dos formas de respuesta a la opresión romana: Por un lado la lucha armada que representa Barrabás, caracterizado como una especie de líder nacionalista, posiblemente miembro de los “Zelotes” que lucha por una Judea independiente del poder romano, y al frente de un auténtico “Movimiento de liberación nacional” como los que por aquellas mismas fechas plantaban cara al colonialismo y el imperialismo en Argelia, Indochina u otros lugares, y por otra parte la acción pacífica, “No violenta” –lo que también enlazaba con la praxis de Gandi en la India o Martin Luther King en el sur de los Estados Unidos –de Jesús, el Mesías, quien por medio de su mensaje evangélico y fraternal trata de subvertir soterradamente la dominación y explotación a la que los romanos sometían a los pueblos conquistados, aunque proclama que “Su reino no es de este mundo”. Unos romanos, por cierto, que nos son presentados con unos rasgos que no difieren mucho de los del “Tercer Reich”, el régimen basado en la ideología nazi y derrotado quince años atrás, pues en el arranque de la película masacran a los judíos del “Siglo I”, igual que los nazis acababan de conducir al Holocausto a sus descendientes en “La Diáspora”, los hebreos del siglo XX.

Ray pone en imágenes esta historia mediante una realización poco convencional para la época y el género, estilizada y pródiga en encuadres atípicos e intimistas y con un hábil empleo de la profundidad de campo, tratando de huir tanto de lo superficialmente épico –ejemplificado por los “Colossal Hollywoodenses” que a todos se nos vienen a la cabeza y que hicieron fortuna en los años 50 y primeros 60 -como del fácil recurso a un melodramatismo más o menos macabro, y a este respecto son modélicas las secuencias de la pasión y muerte de Cristo, el “Via Crucis” y la crucifixión, contadas siempre de una forma muy elíptica, con un gran respeto y elegancia visual, casi más sugeridas que mostradas. Ello unido a una interpretación de Jeffrey Hunter, digamos, “Cotidiana”, nada enfática y ampulosa, da lugar a un film muy agradable de ver a pesar de lo dilatado de su metraje y lo conocido de su argumento, y que cuenta también con espectaculares escenas de masas muy bien resueltas, verbigracia la del “Sermón de la Montaña”, que puso a prueba la capacidad de los magníficos técnicos españoles, y la de la vibrante y desigual batalla de los rebeldes judíos contra las legiones romanas.

Y es que detrás de las cámaras estaba un Nicholas Ray que había realizado algunos de los títulos más interesantes del cine norteamericano de la década de los 50, aunque su posición en la industria se hallaba tan amenazada, que en la práctica era uno más de los numerosos talentos exiliados a Europa –Chaplin, Dassin, Rossen, Losey, Endfield…-, ya fuese dicho éxodo por motivaciones artísticas o políticas. Ray se llamaba en realidad Raymond Nicholas Kienzle, y había nacido en Galesville, Wisconsin, en 1911. De raíces alemanas por parte de padre, asistió en su juventud a la universidad de Chicago, y tuvo contactos con el célebre Frank Lloyd Wright (1867-1959), el gran clásico de la “Arquitectura Moderna”, pero se trasladó a Nueva York, y allí es donde conoce al director teatral Elia Kazan (1909-2003), y comienza a colaborar con él en sus montajes. En 1945 lo encontramos como director de diálogos (No acreditado) en el primer largometraje de Kazan, “Lazos Humanos” (A Tree Grows in Brooklyn), y en 1947 él mismo debuta como realizador con la magnífica “Los Amantes de la Noche” (They Live by Night).

A partir de ese momento se va a constituir en una de las personalidades más significativas del cine norteamericano de Postguerra, con una filmografía en la que abundan la sensibilidad y la crítica social, a despecho de algunas obras meramente alimenticias. Baste con mencionar títulos como “Llamad a Cualquier Puerta” (Knock on Any Door, 1949), “En un Lugar Solitario” (In a Lonely Place, 1950), “La Casa en la Sombra” (On Dangerous Ground, 1952), “Hombres Errantes” (The Lusty Men, 1952), “Johnny Guitar” (íd, 1954), “Rebelde sin Causa” (Rebel Without a Cause, 1955), “La Verdadera Historia de Jesse James” (The True Story of Jesse James, 1957) o “Chicago años 30” (Party Girl) Sus relaciones con la industria nunca fueron buenas ni fáciles, a causa de su carácter rebelde y poco acomodaticio, de modo que cuando surge el proyecto de “Rey de Reyes” Ray se encontraba prácticamente exiliado en Europa, dando los últimos toques a “Los Dientes del Diablo” (The Savage Innocents, 1960), una coproducción anglo-franco-italiana. Volverá a trabajar con Bronston en “55 Días en Pekín” (55 Days at Peking, 1963), durante cuyo rodaje sufrió una taquicardia, por la que fue hospitalizado, y la película la terminaron entre Guy Green y Andrew Marton y Noel Howard, los directores de la segunda unidad. Ray ya no volvería a dirigir. Con graves problemas de alcoholismo y ludopatía (Al parecer dilapidó toda su fortuna en las mesas de juego), sobrevivió impartiendo su innegable magisterio en las aulas universitarias (Donde conoció a su cuarta y ultima esposa, Susan, una estudiante a la que le sacaba cuarenta años). En 1977 va a trabajar como actor a las órdenes del alemán Wim Wenders en “El Amigo Americano” (Der amerikanische freund), y por fin el 17 de junio de 1979 fallece en Nueva York, a consecuencia de un cáncer de pulmón. Su último trabajo profesional fue colaborar con el propio Wenders en “Relámpago sobre el Agua” (Lightning over Water, 1980).

Jeffrey Hunter, el protagonista de “Rey de Reyes”, se llamaba en realidad Henry Herman McKinnies Jr., y había nacido en Nueva Orleans, Lousiana, en 1926. Su agradable apostura le convirtió en una prometedora estrella juvenil en los primeros años 50, pero su gran momento llegó a raíz de que John Ford le utilizase en algunos de los más destacados films de su última etapa: “Centauros del Desierto” (The Searchers, 1956), “El Último Hurra” (The Last Hurrah, 1958) y “El Sargento Negro” (Sargeant Rutledge, 1960). De modo que Hunter parecía iniciar la década de los 60 con grandes expectativas, pero estas no se van a cumplir, e irá quedando relegado a películas de segundo orden, de género –“Peplum”, “Spaghetti-Western”, “Bélico”…-, rodadas en España, Italia, Mexico o incluso en Hong Kong. En 1964 protagonizó el primer episodio piloto de la mítica serie “Star Trek” (1966-69), aunque luego sería sustituido por William Shatner, así como el “Telefilm” “Temple Houston” (1963-64). Siguió trabajando después, incluso en papeles secundarios, hasta que en 1969, con sólo 42 años, falleció a causa de una hemorragia cerebral, tras sufrir un estúpido y desafortunado accidente doméstico.

“Rey de Reyes” se beneficia también de un extraordinario reparto, en el que figuran intérpretes de la talla de Hurd Hatfield (Nueva York, 1917-County Cork, Irlanda, 1998), Siobhan McKenna (Belfast, Irlanda del Norte, 1923-Dublín, Irlanda, 1986), Ron Randell (Sydney, Australia, 1919-Woodland Hills, Los Ángeles, 2005), Robert Ryan (Chicago, Illinois, 1909-Nueva York, 1973), Frank Thring (Melbourne, Australia, 1916-1994), Brigid Bazlen (Fond du Lac, Wisconsin, 1944-Seattle, Washington, 1989), Rita Gam (Pittsburgh, Pennsylvania, 1927), Viveca Linfors (Uppsala, Suecia, 1920-1995), Harry Guardino (Brooklyn, Nueva York, 1925-Palm Springs, California, 1995) o Rip Torn (Temple, Texas, 1931).

Tan magnífico “Cast” se completa con una nutrida presencia española, entre la que destaca la participación de Carmen Sevilla (Cuyo nombre auténtico es María del Carmen García Galisteo, nacida en la capital hispalense en 1930), en el papel de María Magdalena. Carmen Sevilla ha sido una de las grandes estrellas del cine español durante más de un cuarto de siglo, desde que debutara en la pantalla en 1947, tras haber formado parte de espectáculos folclóricos, haciendo pareja con leyendas como Jorge Negrete y Luís Mariano, hasta su participación en el cine del Pre-Destape de los primeros 70. Estuvo casada con el popular músico y compositor Augusto Algueró (Barcelona, 1934-Torremolinos, Málaga, 2011), y entre 1991 y 2010 va a presentar en televisión programas tan conocidos como “Telecupón” o “Cine de Barrio”, que abandonó hace algún tiempo a causa de serios problemas de salud.

Luego tenemos a Conrado San Martín (Higuera de las Dueñas, Ávila, 1921), galán del cine patrio de los años 50, que incorpora nada menos que a “Pompeyo el Grande”, una de las figuras claves de la historia de la Roma del “Siglo I Antes de Cristo” y el gran rival de Julio César por el poder en los últimos tiempos de “La República”, o a Gerard Tichy (Weissenfels, Alemania, 1920-Madrid, 1992), un teniente de la Wehrmacht huido de un campo de prisioneros aliado tras el final de la guerra y refugiado en la España franquista, donde desarrollará una interesante carrera cinematográfica como actor de carácter, incorporando generalmente a villanos (Muchos de ellos, de filiación comunista), así como a Rubén Rojo (Madrid, 1922-Ciudad de México, 1993), Fernando Sancho (Zaragoza, 1916-Madrid, 1990), Luís Prendes (Melilla, 1913-Madrid, 1998), José Nieto (Murcia, 1902-Matalascañas, Huelva, 1982), Félix de Pomés (Barcelona, 1889-1969) o Jose Antonio Mayáns (Valencia, 1939).

Tras “Rey de Reyes” vendrá el cénit del “Imperio Bronston” –como lo define en su magnífica obra homónima Jesús García de Dueñas -, con “El Cid” (íd, Anthony Mann, 1961), “55 días en Pekín” (55 Days at Peking, Nicholas Ray, 1963) y “La Caída del Imperio Romano” (The Fall fo the Roman Empire, Anthony Mann, 1963), para concluir con el fracaso de “El Fabuloso Mundo del Circo” (Circus World, Henry Hathaway, 1964). Después, las dificultades financieras harían abortar uno tras otro sucesivos proyectos (el más conocido de los cuales sería su intención de llevar a la pantalla grande la vida de la reina “Isabel la Catolica”, con la británica Glenda Jackson como protagonista), hasta que la empresa se declarase en bancarrota y sus bienes, con los “Estudios Bronston” a la cabeza, fueran subastados a principios de los 70. El productor nunca llegó a reponerse de aquel estrepitoso “Crack”, y no promovería ya ninguna otra película durante el resto de su vida, falleciendo en Sacramento, California, el 12 de enero de 1994, a los 85 años de edad. Sus cenizas reposan hoy en el cementerio madrileño de “Las Rozas”, muy cerca del lugar donde él mandó levantar impresionantes réplicas de la “Ciudad Prohibida de Pekín” y el “Foro Romano”, los escenarios de sus más fastuosas ensoñaciones.


Fuente: http://cineultramundo.blogspot.pe/

LEAVE A REPLY