Militar peruano, nacido en Lima el 25 de abril de 1814. Llegó a Presidente de la República entre 1868 y 1872, y murió asesinado pocos días antes de cerrar su mandato. Fue hijo del catalán Juan Balta Brú y la limeña Agustina Montero Casafranca. Su padre fue un emigrado político que había enarbolado en Barcelona ideas separatistas contra la corona española. Se estableció en la capital del virreinato peruano en los primeros años del siglo XIX, donde contrajo matrimonio, logró construir una posición económica por lo menos mediana y procreó seis hijos. Durante su gobierno celebró grandes operaciones de préstamo en Europa, con las que inició un ambicioso programa ferroviario; asimismo, se firmó el controvertido Contrato Dreyfus para la explotación del guano.

José Balta perteneció a la generación de peruanos cuyas vivencias infantiles estuvieron ligadas a las luchas y debates de la independencia, y cuya madurez se desenvolvió durante los florecientes años del guano. Ingresó, como era corriente entre los muchachos sin una gran fortuna familiar, en el Colegio Militar en 1830, y se graduó de subteniente tres años después, con bisoñísimos diecisiete años.

A causa de las convulsiones políticas pasó de la enseñanza militar a los campos de batalla sin mayor paréntesis, y le correspondió tomar parte en las guerras de la confederación peruano-boliviana en el lado de los enemigos. Pasó dos años preso en Bolivia, pero la vida militar daba muchas oportunidades y estuvo en la batalla de Yungay en el lado de los vencedores, con lo que logró el ascenso a Mayor (Sargento Mayor, como se decía en la época).

Estuvo luego en las facciones políticas de Vivanco y de Castilla. Elegido Echenique Presidente en 1851, hace a Balta uno de sus hombres de confianza. Éste pelea a su lado en la guerra civil contra Castilla, actuando en la batalla de La Palma en enero de 1855. Tras la derrota del gobierno y el triunfo de la revolución, Balta es separado del ejército y permanece por diez años en esa situación, aunque en 1861 había sido formalmente reconocido en el cuadro de oficiales con el grado de Coronel, que había obtenido en 1852. Durante su retiro se dedicó a la agricultura en Chiclayo, donde prosperaban los cultivos azucareros gracias a la mano de obra asiática, el dinero de la consolidación y la apertura del mercado norteamericano.

De vuelta a las armas, hará del norte su base de operaciones. Dirige en esa región, en 1865, la revuelta contra el gobierno de Pezet. Por brevísimo tiempo se convertirá en ministro de Guerra y Marina del régimen de Diez Canseco. Combatió poco después en el Callao contra la flota española, en el histórico dos de mayo de 1866. Ya se trataba de un militar presidenciable. Deportado a Chile por el gobierno de Prado, consigue regresar y desembarcar en un puerto del norte, desde donde organiza el combate al gobierno, alineándose con la causa de Díez Canseco. A comienzos de 1868 Prado ha sido derrotado. Díez Canseco convoca a los Colegios Electorales para la elección presidencial. Su hombre es José Balta, quien no quiso aceptar el ascenso a general de Brigada, y mantuvo el grado de coronel. Otros candidatos fueron el jurista Manuel Toribio Ureta y Manuel Costas. Los electores lo favorecen abrumadoramente, como era norma en las elecciones de esos tiempos, y el Congreso oficializa su nominación el primero de agosto.

Después de varios años de revoluciones y guerra civil, Balta se propuso establecer un gobierno que consolidara la paz y echara las bases para el desarrollo de la nación, como manifestó en sus discursos. Apenas se había sentado en el despacho presidencial, cuando el 13 de agosto de 1868 un pavoroso terremoto asoló el sur del país, especialmente las ciudades de Arequipa y Arica. La fiebre amarilla, por su parte, hacía estragos en diversas partes. Su gobierno reaccionó rápidamente iniciando obras de reconstrucción y mejorando el estado de las comunicaciones. Durante su mandato se levantaron multitud de puentes, uno nuevo sobre el río Rímac, en Lima, conocido como “el puente Balta” o “de fierro” (el otro era de piedra, del siglo XVII), otro similar en Arequipa, sobre el río Chili, el puente de Balzas, sobre el Marañón, en la selva alta, otro sobre el Jequetepeque, en Pacasmayo; en el camino a Canta; en el río Barranca; en Santa Ana, sobre el Urubamba; en Ayacucho los de Cangallo, Jarpa y Pampas; en Cajamarca sobre el Cochas; en Moquegua, Cuzco, Apurímac y en otros lugares más.

También se mejoraron los caminos y los puertos; se crearon los de Ancón, Salaverry, Mollendo, Eten, Pacasmayo, Chimbote, Pisco, Ilo e Iquique y se modernizaron los muelles y dársenas del Callao. Asimismo, se inició el ferrocarril de Mollendo a Arequipa, que Balta alcanzó a inaugurar en 1870 con un suntuoso banquete para ochocientas personas; las obras continuaron hacia la frontera con Bolivia. Se iniciaron varios otros ferrocarriles transversales a la costa, tanto por por parte del gobierno como por particulares. Ello consolidó una renovada agricultura de exportación en la costa peruana. También se fundaron establecimientos militares en los ríos amazónicos, afirmando la presencia peruana en dicha región.

Su pasado de agricultor no había corrido en vano. Balta ordenó trabajos de irrigación en la costa, mejorando la afluencia del río Rímac y erigiendo una Escuela de Agricultura en la hacienda Santa Beatriz, en las afueras de Lima. También se derribaron las murallas de esta ciudad, de tiempos coloniales, preparando la futura expansión urbana. La capital recibió un gran impulso modernizador. Por impulso de la presidencia se repararon templos, se inició la construcción de un gran hospital público: “el dos de mayo”, y se construyó una gran plaza circular de estilo europeo del mismo nombre, rematada al centro con un hermoso obelisco traído de París. Se levantó el Palacio de la Exposición, impresionante edificio que, junto con el hospital Dos de Mayo, representaba la nueva arquitectura civil. Dio también gran impulso al telégrafo, mediante la Compañía Nacional Telegráfica.

Para hacer realidad tanta obra se concertaron los tres grandes empréstitos de 1869, 1870 y 1872, cuyo agente financiero fue la casa francesa Dreyfus, que comprometerían seriamente la economía peruana en los años siguientes, puesto que su servicio sumaba aproximadamente la mitad de los ingresos totales del Estado. A fin de librar al Estado de lo que se había convertido en un permanente tira y afloja con los consignatarios peruanos del guano para que avanzaran al tesoro sumas de dinero por ventas futuras del fertilizante, su gobierno optó por conceder un monopolio a una sola casa comercial, a cambio de que se encargara del servicio de la deuda exterior (descontando el dinero de las ventas guaneras, que en virtud del monopolio debía elevar su precio) y entregando al Estado una mensualidad suficiente para cubrir los gastos ordinarios. Nicolás de Piérola, Ministro de Hacienda de Balta, fue el gestor del contrato, que favoreció a la mencionada casa francesa. El ministro lo llamó “el dos de mayo de la hacienda pública”. Opositores tenaces fueron, naturalmente, los consignatarios nacionales desalojados del negocio, quienes abrieron una larga polémica en Lima sobre la conveniencia de la operación.

Juzgado a la luz de más de un siglo, se puede decir que si bien el Contrato Dreyfus ofreció al Estado mejores condiciones económicas, creó al mismo tiempo un divorcio entre los intereses fiscales y los particulares, con lo que convirtió al Estado en un ente que no necesitaba pactar con la población a la cual se debía para obtener sus tributos. Se bastaba a sí mismo, y en todo caso ataba su suerte a un solo socio extranjero.

La historiografía no ha esclarecido si fue el propio Balta quien organizó la resistencia para el triunfo presidencial de Manuel Pardo, quien a la cabeza del partido Civil se alzaba en 1871 como el candidato favorito para ganar las elecciones. El clan de los hermanos Gutiérrez, coroneles del ejército, uno de los cuales era el Ministro de Guerra, conspiraban para cerrar a un civil el acceso por vez primera a la presidencia de la nación. Parece que Balta llegó a un acuerdo con ellos, del que luego retrocedió. El 22 de julio de 1872, cuando ya Pardo era el Presidente electo, los citados hermanos iniciaron un plan para impedirle la toma del mando. Silvestre Gutiérrez entró al palacio de gobierno al mando de las tropas y detuvo al Presidente Balta, conduciéndolo preso al cuartel Santa Catalina, custodiado por Marceliano Gutiérrez. Tomás Gutiérrez, el ministro de Guerra, se declaró Jefe Supremo de la Nación. La escuadra no secundó el levantamiento y respaldó a Pardo. El Congreso también se pronunció en contra.

El día 26, Silvestre Gutiérrez, camino al Callao para negociar con los marinos, es sorprendido por una multitud, que lo abuchea primero y lo ataca después, hasta herirlo de muerte. Enterado de ello su hermano Marceliano, ordena la muerte de Balta, cometida por tres soldados que le disparan mientras leía en su cama. Conocido el crimen, la multitud se dirige al palacio de gobierno donde está Tomás Gutiérrez, quien huye despavorido al constatar la desbandada de su tropa y el nulo apoyo que tenía. El final del efímero Jefe Supremo de la Nación es tan trágico como sorprendente. Se refugia primero en el cuartel Santa Catalina, desde donde sale disfrazado, atravesando las calles del centro, donde alguien lo reconoce. Aterrorizado, pide ayuda a un farmaceútico, cuyo negocio se ubicaba en la esquina de las calles La Merced y Lescano, en el actual jirón de la Unión, principal arteria comercial del centro histórico. Se esconde en una tina, tras los medicamentos. Las puertas del establecimiento son derribadas hacha en mano y la multitud descubre al coronel, que de rodillas suplicará inútilmente por su vida. Marceliano caerá también muerto por la furia popular en el Real Felipe del Callao. Los cuerpos desnudos de los tres coroneles son colgados de los campanarios de la Catedral como muestra de un escarnio pocas veces visto en la ciudad. Luego se haría una pira con ellos, como en los tiempos de la Inquisición.

Carlos Contreras


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