Carrascus

Hace poco tiempo, en el post de las canciones que los Beatles cedieron a otros intérpretes, apareció la figura de P.J. PROBY y os dije que era éste un personaje digno de tener una entrada para él solo. Pues aquí está lo prometido, ahora que vamos a celebrar su cumpleaños. La base de este texto está extraída de otro que ya escribiese hace años para la revista “Ruta 66”; y después de un rato de edición, actualización y rebusca de fotos y canciones, aquí os presento, para los que no tuviéseis el placer de conocerlo ya, a la penúltima estrella.

La de vueltas que da la vida. Cuando nunca has pisado las listas de éxitos al menos eres un maldito; pero si has estado en la cima de ellas en un periodo de tu vida y después te han arrojado al pozo negro del olvido, entonces parece que no hay sitio para tu alma ni entre los triunfadores ni entre los vencidos. En la tierra de nadie, ahí debe estar P.J. Proby, narcisista y mundano, la estrella total, el penúltimo fetiche pop.

En la década de los ’60 Proby fue un cantante descomunal, proclive al escándalo y a la autodestrucción, que llenó el hueco existente entre Elvis y Tom Jones; tempestuoso, genial y desproporcionado… algo más que carne maldita. Sigue en activo, aunque olvidado por todos, lleno de secuelas de su alcoholismo, y seguramente arruinado, por lo que a sus 70 años sigue subiéndose a escenarios de tercera.

Su historia musical comenzó como rockero tejano que gana sus primeros dólares como compositor y se introduce, de pirata con coleta, en las listas inglesas durante la explosión beat, protagonizando el mayor escándalo televisivo desde que los Rolling Stones mearon en público. Después hizo algunas de las peores versiones de soul que se recuerdan, participó en San Remo, grabó con los primeros Led Zeppelin y con Focus, pasó de crooner a cantante de ópera-rock y en los ochenta nos salió con versiones de nuevos clásicos, tipo “Anarchy in the UK” y “Heroes”. Luego falló en un relanzamiento de la mano de uno de sus alumnos más aplicados, Marc Almond, debido a la poca confianza demostrada por su compañía discográfica, EMI; y en la actualidad hace giras nostálgicas con otras estrellas olvidadas como los Troggs y los Herman’s Hermits, y busca a alguien que le publique un libro sobre su vida que él mismo tiene terminado y guardado en un cajón desde hace tiempo. Proby es muchos personajes en uno, su historia es un folletín, una tragicomedia…

Nació al sol de Texas el 6 de noviembre de 1.938, en una familia más que acomodada que le bautizó como James Marcus Smith. De su infancia solo cabe destacar a una de sus hermanastras, que llegó a salir con Elvis Aaron, para el que Proby hizo algunas maquetas de canciones. Participó de secundario en varios westerns hasta que Sharon Shelley, una chica que escribía canciones para Jackie Dee Shannon, Rickie Nelson y Eddie Cochram, y que por tanto tenía buenas relaciones en el negocio, le proporcionó su primer contrato discográfico con Liberty Records y una gira por diferentes estados con el seudónimo de Jett Powers. La cosa no resultó, a pesar de que entre sus músicos de apoyo se contaban futuros Canned Heat y Captain Beefheart’s Magic Band. Cuando Sharon, ahora ya novia de Eddie Cochran, le propuso el alias de P.J. Proby, ya tuvo una base para iniciar un nuevo comienzo.

En los primeros ’60 y ya con ese nombre, lo intentó sin éxito con varios singles. A pesar de seguir bien respaldado, porque en todas las grabaciones estaban David Gates al bajo, Leon Russell al piano y Glen Campbell a la guitarra. Además todos tenían que cantar trozos en falsetto porque Liberty era un sello tan modesto que no podía permitirse el lujo de contratar chicas para los coros. Proby siempre tuvo un falsetto bastante bueno, pero sobre todo a causa de como lo perfeccionó aquí: “Puedes hacerlo cuando te pagan por ello. Te sorprendería saber lo alta que puede llegar a ser tu voz por dinero…”

Incluso lo intentó con otro nombre, Orville Woods, por el lado soul, hasta que los oyentes descubrieron el color de su piel. Su estilo vocal era muy esquizoide, dejaba al oyente en fuera de juego, inseguro del significado de sus canciones. Tuvo algo más de suerte en su faceta de autor de canciones, y viendo como aceptaban sus composiciones estrellas como Johnny Burnette, Ricky Nelson y Del Shannon, y que su “Ain’t gonna kiss ya” cruzaba el Atlántico con la nítida caligrafía de los Searchers para encabezar un disco de éxito en Gran Bretaña, los pasos para la reorientación de nuestro afectado protagonista estaban más que señalados.

Y aquí es cuando entra en nuestra historia Jack “mano de garfio” Good, uno de esos tipos que a toda costa pretendieron que el rock se deshiciera de su complejo de inferioridad, intuyendo que algún día se pondría a la cabeza del mundo del espectáculo; que no era una moda pasajera a la que hubiese que sacar el mayor partido posible antes de que llegase la cordura y todo retornara a la normalidad. Además creía en una de las fórmulas mágicas del rock: búscate algo que haga temblar a los adultos e inmediatamente tendrás en las manos un éxito garantizado. Así que se llevó a Proby al otro lado del charco y le hizo aparecer en el especial “Around the Beatles”, en 1.964, con una pinta de dandy decimonónico que se ajustaba a la ambientación de sus congojas románticas, pormenores que no abandonaría en mucho tiempo. Después de todo ya fue Jack Good quien atavió a Gene Vincent como un Hamlet de cuero negro; y Proby estaba hecho a la medida de esta regla: con un carácter flamígero, llevaba su largo pelo recogido en una coleta, se ceñía entallados pantalones de terciopelo, camisas caprichosas y zapatos con hebilla. Y por encima de todo una voz vibrante que envolvía definitívamente su imagen.

Todo estaba preparado, Jack Good y P.J. Proby ceden a la Decca los derechos para editar “Hold me”, que lleva una producción absolutamente demencial, todo lleno de aullidos de harmónica, fuzz por un tubo, paredes de sonido a lo Spector… todavía suena como uno de los discos más ruidosos que se han grabado nunca. En aquella sesión estaba Jimmy Page en la guitarra rítmica y Big Jim Sullivan (el que suena en el “Black is black” de los Bravos) en la solista, Charles Blackwell en el bajo y el mismísimo Ginger Baker en la batería; según cuenta la leyenda, P.J. Proby la grabó en pijama y con la promesa de una botella al finalizarla. De cualquier forma, el disco trepa hasta el número 3 de las listas; nunca más llegaría tan alto como con este single de debut en Inglaterra.

Su siguiente lanzamiento fue la revisión de un oldie más tranquilo, “Together”, aquí sin la guitarra de un Jimmy Page aflequillado que no podía ser el solista de las sesiones porque la guitarra que mandaba era la de Big Jim, y un ritmo calcado de su disco anterior. En vista de su escalada, su sello americano, Liberty, reedita su catálogo anterior y llega a un acuerdo con Jack Good para prensar sus próximos vinilos. El reencuentro lo marcó “Somewhere”, un standard de Sondheim/Bernstein que podría pasar por una de las cumbres del amaneramiento. Pero Proby estaba hecho de otra madera y el mundo se le abría en esos momentos; desde septiembre del ’64 había conseguido tres top-10 en cuatro meses, sus shows provocaban el delirio de las adolescentes, mientras él parpadeaba, extendía los brazos, rugía, se contoneaba y caía de rodillas, agonizante…

Y ahí le falló el truco. Al comenzar el ’65 participa en una gira junto a Cilla Black y Tommy Roe, y actuando en el Castle Hall de Croydon, se tira al suelo y sus pantalones se rajan por la rodilla; sigue la función y el roto se extiende a la entrepierna. El mito ha chismorreado mucho desde entonces, pero la verdad es que llevaba unos largos calzoncillos debajo. En cualquier caso, Croydon no estaba preparado para aquello. Los que le concedieron el beneficio de la duda por accidente se lo negaron cuando dos semanas más tarde vuelve a dejar hechos trizas sus pantalones en el Ritz Cinema de Luton, corriendo un tupido velo sobre la trayectoria de Proby como ídolo teenager. La televisión le niega el pan y la sal y su lugar en la gira es ocupado por el galés rugiente, Tom Jones.

Se disculpó, aplicando un fina capa de ironía a sus disculpas, con su siguiente single, “I apologise”, y volvió de nuevo a “West Side Story” con una enardecida “Maria” y la canción más sobresaliente de la temporada, el “That means a lot” de Lennon y McCartney que ya conoceis del post de hace unas semanas. Proby estaba exorcizando demonios o Dios sabe qué en compañía de sus dos viejos amigos Jim Bean y Jack Daniels, a base de épica en sus interpretaciones. Por entonces lo encuentra el joven Nick Cohn, al que dejó impresionado con una lacrimógena versión de su propia historia, y se contagió de su espíritu trágico al narrar con apasionamiento como eran cada una de sus actuaciones:

Se ponía detrás de una cortina, extendía un dedo del pie y todas sus niñas gritaban. Lo volvía a meter, a sacar y a meter de nuevo. Esto podía durar unos cinco minutos, haciéndose cada vez un poco más atrevido, dejando ver por un momento incluso su cadera, y entonces, de repente, daba un enorme salto y se plantaba en medio del escenario (…) Se quedaba casi inmóvil, daba de pronto una vuelta y se ponía a andar a saltitos a través del escenario como una loca; se paraba en seco y se apretaba la ingle como en un obsceno y vulgar strip-tease cómico; se alejaba hacia los bastidores con exagerados movimientos, como un bailarín de ballet que hubiese perdido la línea, y volvía tímido, coqueto y recatado como una colegiala, refunfuñaba, hacía pucheritos y todo volvía a empezar (…) De cualquier forma, se pasaba actuando durante más de una hora y gritaba hasta perder la voz, sudaba hasta que su cuerpo terminaba por parecer el de un sapo, de tan pegajoso y viscoso, y aún desbordaba intensidad, agonía, rabia. “¿Soy limpio?”, gritaba acongojado. “¿Soy limpio? ¿Soy inmaculado? ¿Soy puro?”. Cuando acababa, cuando se había destrozado lo bastante a sí mismo, se tambaleba a ciegas hacia los bastidores y se desmayaba, semiinconsciente, en su camerino.

Su canción más conocida en los USA fue “Nicki Hoeky”, un rock al ralentí que grabó en 1.967. Animado por este éxito y empujado por la presión fiscal inglesa (deudas de 60.000 libras) que le quitó el coche, el jet, le embargaba los pagos, se volvió a su país, pero no consiguió mantener alto el listón y decidió ver terminar la década otra vez desde la isla inglesa. Estos último años ’60 no serían gratos en triunfos pero sí prolíficos en grabaciones. De entonces son las sesiones acompañado por unos primitivos Led Zeppelin al completo, y sus canciones con la producción de John Paul Jones, que le inyectan un plasma diferente. También le produjo Steve Rowland, que obtuvo alguna canción a base de darle palique sobre los días de Hollywood; el título era “Mary Hopkins never had days like this”, y aunque detrás seguían los Zeppelin, no se editó en el LP final, “Three week hero”, sino que quedó confinada a la cara B de un single. La vida de Proby también se estaba convirtiendo en una cara B.

La lista de productores se iba alargando, incluso con nombres legendarios: Jack Nietzsche, Les Reed, Barry Mason… Proby parecía no resignarse nunca a dejar de ser una estrella; grandes mansiones y fiestas, más borracheras y más deudas. Para finalizar esta encarnación de nuestro protagonista nada mejor que imaginarlo de galán que muestra su caducidad en el Festival de San Remo, con “Per questo voglio te”. La pluma de Nick Cohn en su más famoso libro, “Awopbopaloobop alopbamboom”, lo describe de nuevo con grandes dosis de grandilocuencia transalpina:

(…) el compositor italiano llega con ánimo de supervisarle. Éste es toda una caricatura, mostachos rizados y ojos extásicos. Proby, que no está muy sobrio, es una clásica estampa de sí mismo, legañoso y con barba de tres días. Están solos en medio del enorme estadio y Proby está cantando. No sabe una sola palabra de italiano, no sabe lo que está diciendo, pero mueve los brazos, echa la cabeza hacía atrás y solloza. Habría roto el corazón de cualquiera. ¡Qué dolor, qué ternura, qué terrible pasión! El compositor nunca ha oído nada semejante y le mira extasiado.

Al final de la toma, el italiano se abraza al cuello de Proby y le felicita entusiasmado. Proby resplandece.

-Sr. Proby -dice el compositor-, ¿cómo lo hace?.

-Maestro -responde Proby-, no lo hago, soy así…

En 1.970 vuelve a aparecer Jack Good en nuestra historia, acudiendo al rescate de Proby para darle el papel de Yago en la ópera-rock “Catch my soul”, una adaptación del Otelo shakesperiano… muy en su papel. Pero así y todo, P.J. Proby no se sobrepone a la nueva década, que le ve de lejos cantando en cabarés, clubs y restaurantes de lujo, malvendiendo sus dotes de tenor entre singles sin repercusión, que en realidad se confeccionaban comprando el sello discográfico viejos fondos musicales y poniendo encima la voz de P.J. Proby… algunas veces las lineas ni siquiera coincidían ni estaban sincronizadas música y voz. Decía él, a modo de curiosidad, que llegó a grabar un disco con Brinsley Schwarz, pero nada de eso vió la luz. Sí lo hizo, sin embargo, una grabación en la que está respaldado por los sinfónicos Focus, “Focus con Proby” (en español en el original). Así de extraña era su carrera entonces, en un momento estaba cantando por Waylon Jennings para poder comer, y al minuto siguiente era el reemplazo de Jan Akkerman cantando jazz progresivo en un disco de Focus… o aparecía cantando enmascarado para que no viesen que era un profesional, en un concurso de nuevos talentos de televisión.

Jack Good aparece por última vez en 1.978 para librarle de sus melenudas compañías y, en plena necrofilia Elvis, le propone reencarnar la última etapa de su paisano, cuando ya estaba fofo e hinchado. Por unos meses la cosa parece ir bien, “Elvis on stage” cosecha buenas críticas y su interpretación recibe algunos galardones. Pero su ego, de nuevo su ego, vuelve a zancadillearle sin piedad.

Empieza a llegar borracho a escena y a pasarse el guión por donde quiere, a alargar las canciones y a burlarse de la audiencia. De patitas en la calle y el adiós definitivo a Jack Good y su protección. Después de esto vuelve a ser noticia por sus visitas a los tribunales, unas veces por insolvente, otras por agresiones a su mujer… por lo visto era ella quien pagaba los platos rotos cuando P.J. volvía de farra con su compinche Keith Moon. “Soy un artista y debería estar por encima de toda esa mierda”, solía decir, con la cabeza bien alta, quizás intentando olvidar la vez que tuvo que salir a toda leche de los USA debido a un incidente, en el que también aparecía una escopeta, que truncaba su idilio con la hija de Dean Martin. No debía de ser nadie el tío…!

Los ochenta le llegan viviendo en Yorkshire, casado por quinta o sexta vez, envuelto en incidentes de tanto en cuando, grabando singles menores y resistiéndose a abandonar el mundo de la adolescencia. Su campo natural iba más allá de los humperdinkes y los tomjones, pero no tuvo la suerte de toparse con un Jim Steinman que diese vidilla a sus posibilidades. Su voz seguía teniendo una fantástica rotundidad a pesar de los últimos quince años de mala vida. Su forma de cantar ya distaba mucho de la de sus años dorados, claro está, aunque seguía teniendo intacta su capacidad de adaptación para persuadir al mundo de que su genialidad no tenía fondo, y a los 48 años se empeña en la redención, atreviéndose a hacer lo que nunca hizo, entre el mito y la transposición.

Dave Britton era un fan de inquebrantable confianza en su ídolo P.J. Proby cuando llegó a casa de éste con la intención de escribir su biografía. Como quiera que tanto por la prensa amarilla como por la policía era conocido el hecho de que Proby, a sus casi cincuenta años tenía de novia a una chica de catorce e intentaban buscarle las cosquillas, la idea del libro no parecía muy buena. En vez de eso lo que hizo fue relanzar su carrera por medio de Savoy Records, un sello independiente que montó en Manchester con su amigo Mike Butterworth. Las canciones de este nuevo resurgir no tienen nada de revisiones de éxitos añejos, sino que para elegirlas intentan seguir una regla compuesta de cuatro pasos: 1) que vayan bien con su voz, 2) que signifiquen algo para las nuevas generaciones interesadas por la música, 3) que fueran comerciales, y 4) que no les gustasen a los productores.

Y el Proby de espíritu burlesco, el arquetipo del cantante pop para el que no había nada fuera de su alcance, que bromeaba con todos los estilos y desechaba ideas preconcebidas, se vió de pronto metido en la energía de las grabaciones modernas. Su primer lanzamiento respaldado por Savoy contenía “Tainted love” y un paródico “Love will tear us apart”, y casi nadie se enteró. Dave Britton propuso el “Heroes” de Bowie para el siguiente single, haciéndola sonar como un maldito requiem militar; en su cara B recita “The Wasteland”, un poema de T. S. Elliott, sobre un trasfondo que podría remitir a Varese. El disco se cierra con una canción de Iggy Pop, “The passenger”, mutada en una melopea sardónica que no dispararía a las ondas ningún locutor sensato, solo algunos como el de “El Trip de las 5”. Durante las sesiones de grabación le abandona su última esposa y su descorazonamiento interviene en el sonido mortecino. Para rematar la imaginería degenerada, P.J. Proby aparece crucificado en la portada.

Siguió intentándolo con un “Anarchy in the UK” pistolero; con una pieza de baile, “The Mugwump dance”, sugestionada por continuos trucos de sonido en una catarsis que se torna delirio; con un single con variaciones muy comedidas y respetuosas del “Sign O’ the times” de Prince; con un ficticio dueto con Madonna, “Hardcore”, sobre bases de rap pornográfico, que casi le cuesta una demanda de los managers de la estrella (seguramente no lo demandaron porque no iban a poder sacar nada de un borracho en bancarrota que lo más seguro es que se muriese antes de que el juicio tuviese sentencia); con una extraña recreación de “In the air tonight”, que mataría de vergüenza a Phil Collins… si en realidad P.J. pasaba de la música moderna y lo que quería era hacer country.

Ni EMI, ni Virgin (jajajajaja…) querían distribuir aquello. Los discos no se vendían y se amontonaban en las oficinas de Savoy Records. Y Proby estaba demasiado enfermo para actuar y más aún para salir de gira. En las emisoras a las que David y Mike iban a promocionar los discos, los ciegos locutores que no se daban cuenta de que aquello era necesario en esa era de rock corporativo, siempre terminaban por poner el antiguo disco de “Somewhere” en lugar de éstos. Probablemente aún se estarán preguntando quien sería el típo aquél que no dejaba de pedirles discos (y se los enviaban encantados) para ponerlos en su programa, desde esa ciudad remota de España llamada Sevilla…

La aventura terminó cuando volvió a su país para asistir al entierro de su madre y posteriormente fue arrestado por vagancia. Fue lo mejor que pudo pasarle; a su paso por calabozos y hospitales le debe el estar cuatro años sin probar un trago de alcohol. Una especie de rehabilitación.

En los ’90 volvió a los escenarios. Bill Kenwright le coló como pudo en “Good rockin’ tonight”, la obra que recreaba la vida de su antiguo padrino Jack Good. De la mano de Pete Townsend y Roger Daltrey fue incluído en la gira de representaciones de “Tommy” y “Quadrophenia”. Y tras muchos años, un nuevo disco a su nombre volvió a salir a la luz, el que le produjo Marc Almond, “Legend”, cantando algún irresistible dúo con él, incluso. Fue un retorno a sus raices, ya que se dejó de modernidades y volvió al rock standard, las baladas, el country, el blues…

El nuevo siglo le trajo un recuerdo en la voz del maestro Van Morrison, “Whatever Happened to P.J. Proby?”, una canción de sus disco “Down the road” en la que echa de menos aquellos tiempos de Proby, Scott Walker, Screaming Lord Sutch… mientras nuestro loco personaje se enfrentaba a delitos por defraudar a Hacienda (si apenas le quedaba para vivir, hombre…) y grababa inútiles CDs caseros con sus conciertos en directo para vender a través de internet.

Y así termina la historia de una vida. La crónica de un cantante que se burló de todo con su fino pitorreo mundano, que muchas veces exageró hasta el sarcasmo. P.J. Proby tenía la habilidad de coger la más banal de las baladitas, desmantelarla, reconstruirla, y hacerla pasar por un trabajo romántico de altos vuelos. Se cargó las canciones buscando el feeling a costa de recargadas bases musicales (lo que por otra parte era la intención de los productores) a las que se encargó de complicar en un absurdo estilo vocal. Un minuto gimiendo y farfullando en el más lacrimoso proceder, para levantarse en el siguiente resonando con el más imponente vibrato, arrancando con ímpetu los últimos fragmentos vocales del libreto. Libidinoso. Persiguió el efectismo sentimental a través de remolinos de violines y tempestades de viento, secundado por coros álgidos; pero todo eso pareció volverse contra él con el paso del tiempo, hasta convertirse en la rutina histérica del torturado… que todavía repite una y otra vez por esos escenarios perdidos y llenos de nostalgia.


Fuente: http://www.blogin-in-the-wind.es

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