La impresión al llegar a Trujillo es la de hacerlo a una ciudad devastada. El aeropuerto se ha convertido en la única puerta de entrada y salida de la ciudad, aislada por las caídas de puentes y los bloqueos en la Panamericana Norte.
Al aeropuerto no ingresan los autos, los pasajeros caminan hasta la entrada que está custodiada por soldados en medio de sacos de arena que pretenden proteger el terminal de un nuevo desborde de la quebrada de El León. Hay ansiedad y desconcierto en los rostros.

En una semana el centro de la ciudad ha visto pasar por sus calles siete huaicos, que han destrozado a su paso parte del distrito de El Porvenir (donde pequeños empresarios fabrican el 70% del calzado que se produce en la ciudad), casonas, calles y avenidas hasta llegar a Buenos Aires, el balneario de principios del siglo XX, hoy convertido en un barrio decadente, testigo de la improvisación y la torpeza. Aquí, con el mar a escasos metros, el agua se ha empozado en sus calles. Las piedras colocadas supuestamente para su protección han bloqueado el desfogue del lodo. A esto se suman sacos de arena que los vecinos han puesto para protegerse y que hoy lucen como barricadas abandonadas. Circular en vehículos o caminando es un infierno. También porque el huaico arrasó el cementerio de Mampuesto y en la ciudad hay olor a muerte. Las personas usan mascarillas blancas, que irónicamente dan una imagen aséptica.

¿Es un castigo de Dios? ¿La culpa es de las autoridades? ¿El cambio climático? ¿La informalidad? No hay indiferencia, todos tienen una opinión. Y muchos no solo opinan, hacen. Hay una gran movilización de voluntarios, la mayoría jóvenes, muchos universitarios, otros a través de iglesias; la organización de la ayuda a quienes lo han perdido todo la llevan ellos. Su despliegue contagia optimismo. No estamos perdidos, no estamos solos.


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