Jan Martínez Ahrens

La trama rusa ha abierto un nuevo e intrigante capítulo. Un empresario afín a Donald Trump se citó en secreto en las Islas Seychelles con un enviado de Vladímir Putin para establecer un canal de comunicación secreto entre los dos mandatarios. La reunión, destapada por The Washington Post, fue apadrinada por los Emiratos Árabes Unidos y se celebró en torno al 11 de enero, cuando faltaban nueve días para que el multimillonario republicano fuese investido presidente. El FBI detectó los movimientos y los incluyó en su investigación sobre la injerencia de Rusia en la campaña electoral estadounidense. Tras el estallido del escándalo ruso, esta vía de comunicación confidencial quedó cortada.

El principal muñidor de la reunión, de la que la Casa Blanca se declara ajena, fue Erik Prince. Fundador de Blackwater, uno de los gigantes de la seguridad mundial, Prince es un fiel seguidor y generoso donante de Trump. Su hermana ocupa la cartera de Educación y él mantiene amistad con el estratega jefe de la Casa Blanca, Stephen Bannon. Para lograr la cita, se presentó ante las autoridades de los Emiratos como un enviado no oficial del presidente electo. La idea era crear un canal donde negociar intereses comunes de ambas naciones, en especial relacionados con Siria e Irán, dos de las puntos más conflictivos de la agenda mundial.

Los Emiratos, que conocían bien la proximidad de Prince a Trump, aceptaron colaborar. El príncipe Sheikh Mohamed bin Zayed al-Nahyan se hizo cargo de las gestiones. Previamente mantuvo una entrevista con el yerno de Trump, Jared Kushner; el teniente general Michael Flynn, que luego sería consejero de Seguridad Nacional, y el propio Bannon. En una segunda fase, siempre según la versión de The Washington Post, trató directamente con el Kremlin. Para los Emiratos el interés de la cita radicaba no sólo en mostrar su buena disposición hacia las dos potencias, sino en debilitar la alianza entre Moscú y Teherán, su mayor adversario.

La reunión, de 48 horas, se celebró en un momento especialmente delicado. Justo esos días, las agencias de inteligencia estadounidenses hicieron público el informe que concluía que el ciberataque sufrido por el Partido Demócrata durante la campaña electoral había sido orquestado por Rusia para erosionar a Hillary Clinton y beneficiar a Donald Trump. Al mismo tiempo, los servicios secretos ya habían grabado las conversaciones de Flynn con el embajador ruso en Washington y sabían que el entorno de Trump había estado en tratos para evitar una respuesta del Kremlin a las represalias dictadas por Barack Obama por la injerencia rusa.

Pese a ello, los planes siguieron adelante y la reunión llevó a cabo en las Islas Seychelles, lejos de miradas indiscretas. Los Emiratos y Rusia la consideraron productiva e incluso quisieron repetirla. Pero el estallido del escándalo ruso, con la caída en desgracia de Flynn, echó a perder supuestamente esta vía de comunicación.


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