Augusto Ferrando es, sin lugar a dudas, uno de los personajes más queridos y, a la vez, más polémicos que ha pisado un set de televisión en el Perú.

Sinónimo de cultura popular, con críticos feroces que aun lo fustigan y con un redescubrimiento de su figura por los más jóvenes en base a los últimos espacios que la televisión le ha dedicado, Ferrando sigue despertando las mismas pasiones que llevaron a varios a repletar su velorio – ocurrido exactamente hace 8 años – y a disfrutar esa suerte de “homenaje – emboscada” de la que fuera objeto

¿Por qué sentimientos tan encontrados? Mas allá de las explicaciones que valiosos libros como “Risa y Cultura en la Televisión Peruana” de Balo Sánchez León y Luis Peirano o “En Vivo y en Directo: una historia de la Televisión Peruana” de Fernando Vivas, intentaré dar la mía propia.

La televisión peruana que surgió a finales de los 50 estuvo dirigida al sector que podía comprar los aparatos que venían importados por Philips y RCA. Por eso que es nuestras primeras estrellas fueron Pablo de Madalengoitia, Kiko Ledgard o Regina Alcover. Si bien las “grandes mentes culturales” de la época le hacían ascos al aparato, lo cierto es que la población estaba centrada básicamente en el A/B.

Los primeros programas de Ferrando encajaron en esa línea. Los gastados vídeos de los sesenta lo muestran como un animador con terno, capaz de hacer reir a la gente con buenos chistes, bromas ligeras a los concursantes de turno. El Ferrando popular estaba reservado a la Peña, el espacio donde descubriría – ahí sí – a figuras de la canción como Cecilia Barraza o Lucha Reyes, o a cómicos como Melcochita o Miguel Barraza.

Pero Ferrando – no se si de manera intuitiva o deliberada – fue descubriendo que la televisión se fue masificando rápidamente y que la sociedad limeña (y peruana) era distinta. Sin leer las tesis de Anibal Quijano sobre el proceso de cholificación o de Matos Mar sobre el desborde popular, el público de Trampolín a la Fama fue pasando de los mesocráticos Pueblo Libre y Jesús María hacia los sectores más populares y los nuevos barríos – o entonces conos – que aparecían rápidamente por la ciudad.

Así, el concurso de talentos al que hacía alusión el nombre del programa era sólo un pretexto para los cada vez más largos monólogos y batideras donde el animador iba haciendo escarnio de su “plancha nacional”, una suerte de recopilación de estereotipos que, de manera casual o voluntaria, el “descubridor” iría poniendo en pantalla sábado a sábado: un cholo parlanchín (Leonidas Carvajal), una mesocrática solterona con pretensiones de ascenso (Violeta Ferreyros), el negro bruto pero noble(Felipe Pomiano “Tribilín”) y la gringa con castellano mascado y candor de niña (Gringa Inga).

Claro, como todo estereotipo, se acentuaba una caricatura, una forma deformada de la realidad y, en el caso de Ferrando, una soterrada discriminación racial. A ello se sumó su cada vez más grueso humor y la conversión de Trampolín a la Fama en una “corte de los milagros” donde el benefector patriarcal – a la usanza de nuestros dictadores más célebres – se convertía en el que solucionaba un problema con soles en el bolsillo, una cocina Surge, un juego de muebles América o cincuenta kilos de arroz. Trampolín fue convirtiéndose en un espacio donde Calcuta o Sudán eran puestas sobre la pantalla, con risas y bromas de por medio, con pedidos estrambóticos y un Cuco negociando latas de pinturas Rocky sobre la mesa.

La leyenda negra de Ferrando fue alentada por verdades que se contaban a media voz algunas de las cuales fueron puestas en pantalla. Dos bombardeos desde el medio en el que trabajó durante 30 años fueron bastante duros: el personaje de “Fernandez” en la miniserie que Michel Gómez hizo sobre Lucha Reyes – donde Ferrando era puesto como un explotador de su elenco – y el ya comentado “homenaje emboscada” en Fuego Cruzado, ambos a principios de los noventa.

A ello se sumó sus cambiantes amores políticos. Ferrando saludó a Belaúnde en sus dos gobiernos aunque éste no compareciera en su programa, gritó “Chino contigo hasta la muerte” para Velasco, dejó que Alan García entonara “El Plebeyo”, apoyó a Vargas Llosa hasta el extremo de irse a Miami dos semanas por su derrota – aunque según MVLL Ferrando quería una compensación por dicha salida, que el escrito no aceptó – y Fujimori bailó (es un decir) un vals criollo con la Gringa Inga. El más paternalista de nuestros animadores de televisión fue el interlocutor – y, en algunos casos, el reflejo – de los caudillos que se encaramaron en Palacio de Gobierno.

Años después de su retiro y cuando ya estaba en los últimos meses de su vida, se presentó un fenómeno paradójico. La aparición de Laura Bozzo – sobrina de Ferrando – y sus excesos (sumado a su rabioso fujimorismo) hizo que muchos de los otrora críticos de Trampolín añoraran el programa. Y Magaly Medina, una de sus más feroces detractoras, cometería excesos que harían ver a Ferrando la reencarnación de Bernard Pivot, el conductor del programa cultural Apostrophes, de la televisión francesa.

Excesivo en todo, en el cariño a sus hijos, en el amor por las dos mujeres de su vida – aunque francamente la miniserie hecha hace un tiempo pone esa historia peor que telenovela venezolana -, en sus odios, en su conducta televisiva. Ese fue Ferrando, la alegría de muchos en los sábados, cuando el cable no existía (o era un lujo) y cuando el país y la televisión que hoy conocemos, comenzaban a cambiar.


Fuente: http://www.desdeeltercerpiso.com/2007/02/ferrando/

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