Lucrecia Martel

Sólo en un estado de euforia mal llevada, puede alguien decidir hacer una película basada en una obra maestra. Tantas veces escuché que sólo de las novelas mediocres pueden salir buenas películas, y ¿decidí hacer Zama? ¿Por qué si nadie me lo propuso? ¿Por qué si voy a tener que compartir con los herederos los derechos autorales, que siempre han sido un modesto y necesario ingreso para mi sustento? ¿Por qué no pude dejar de leerla cuando fondeábamos entre nubes de mosquitos en noches impúdicamente calientes? ¿Por qué al día siguiente, enero de 2010, tenía certeza de que haría una película? ¿Qué tiene Zama?

Lo que llamamos obras maestras de la literatura, y en esto no es necesario un consenso universal como sucede con Zama, son obras que logran urdir entre sus letras un veneno muy particu­lar, que enferma, enloquece, y finalmente transforma humanos en animales mejores. Y no es algo que pueda explicarse describiendo los hechos de los que tratan, ni sus personajes. Es algo que sucede en la escritura. En el orden de las palabras. En la elección de las palabras. No soy experta en literatura, ni siquiera una gran lectora de ficción, pero la particular forma de usar el lenguaje que tiene Di Benedetto en Zama permite ver algo que nunca habíamos visto. Una región del planeta que sólo se ilumina al pasar por esas letras. Un mundo levemente extraño, donde a veces los hechos se duplican sin parecerse. Eso, hay en Zama duplicaciones, cosas que parecen volver a suceder, y, sin embargo, son distintas.

Di Benedetto se sitúa en el pasado sin que esto tenga demasiada relevancia, salvo el gesto de situarse en el pasado, y en ese procedimiento, no sé exactamente cómo, anula el tiempo y nos devuelve el pasado. Algo que es adorable en todas las culturas, pero que, en Latinoamérica, es una expedición necesaria. El pasado no parece nuestro. Entre el enorme pudor que nos dan las masacres sobre las que se construyó nuestro continente, y la pobreza de instituciones con las que decidimos gobernar esta enorme isla, mirando por un catalejo que nunca nos tuvo a nosotros mismos en la mira.

Entonces, ¿por qué hacer una película de Zama? Porque pocas veces en la vida se puede emprender una excursión irreversible y exquisita entre sonidos e imágenes a un territorio decididamente nuevo.

Lucrecia Martel es directora de cine argentina.


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