«No es un día feliz. Ahora se trata de controlar los daños», comentó un taciturno Donald Tusk, el polaco que preside el Consejo de Europa, cuando a las 13:20 de la tarde el embajador británico ante la UE le entregó solemnemente la carta de Theresa May que inicia el proceso de salida. Una misiva de 2.200 palabras, con un tono mucho más afable que la aguerrida retórica brexiter de la premier en los últimos nueve meses.

Tras sus reiteradas proclamas antieuropeas, el Gobierno británico aspira ahora a seguir disfrutando del mercado único y de una Europa sin fronteras. May incluso llega a amenazar en su misiva con «debilitar» la cooperación en seguridad si no alcanza ese objetivo económico. En medios comunitarios se ha llegado a tachar ese comentario de «chantaje».

En la hora del divorcio, May demandó una y otra vez una «nueva, profunda y especial sociedad» entre el Reino Unido y la UE, unión a la que los británicos han elegido dar portazo tras 44 años como socios y cuando celebra su 60 cumpleaños. El tono del Gobierno británico es muy conciliador, como expresiones como «seguiremos siendo los mejores amigos y aliados». May incluso aspira a que el nuevo acuerdo comercial entre ambos tenga «mayor alcance y ambición que cualquiera anterior». Por supuesto pretende que la City de Londres, la locomotora económica del Reino Unido, siga teniendo barra libre en Europa, al igual que la industria manufacturera.

El cambio de tono resulta tan notorio que fue interrumpida por las risas de la oposición cuando en su alocución en los Comunes, tras la entrega de la carta, pronunció esta frase: «Ahora más que nunca el mundo necesita de los valores liberales y democráticos de Europa, valores que el Reino Unido comparte». Las negociaciones le gustaría que fuesen «lo más suaves, justas y constructivas posibles».

Pero una cosa son las aspiraciones británicas y otra lo que contesten los 27. La UE afronta las negociaciones con la necesidad de mantener un delicadísimo equilibrio. Una ruptura total con un país tan importante como el Reino Unido, quinta economía mundial, la debilita. Pero tolerar que siga disfrutando del club sin pagar sus cuotas ni respetar sus reglas podría animar a otros socios a tomar ese camino artero. El Parlamento Europeo ya dio este miércoles un aviso: el Reino Unido no puede dejar el mercado único y recibir exactamente los mismos beneficios. También recordó, al igual que Tusk, que habrá un finiquito, que deberá pagar por sus compromisos contraídos como socio.

Merkel arrojó otro jarro de agua fría sobre la carta británica. Las dos hijas de vicarios ya han chocado antes de que comiencen las negociaciones. «Es necesario acordar los términos de nuestra futura sociedad [con la UE] a la par que nuestra salida», demanda la inglesa. Su par alemana le respondió con un no: solo se hablará de un nuevo acuerdo cuando esté finalizado el divorcio.

Ciudadanos comunitarios

En el Reino Unido viven 3,2 millones de ciudadanos comunitarios y 900.000 británicos en la Europa continental (308.000 en España) May se ha resistido hasta ahora a garantizar sus derechos de residencia, por lo que la oposición la ha venido acusando de «utilizar a esos ciudadanos como moneda de cambio en las negociaciones». En la carta asegura que desea un acuerdo rápido sobre su situación, «porque para nosotros las personas son lo primero».

Irlanda del Norte, que votó Remain y está en una delicada situación desgobierno, preocupa mucho al Gobierno británico, al igual que el pulso abierto de Escocia. May pide en la misiva que la UE no establezca una frontera física entre Irlanda del Norte y la República de Irlanda, que será el único linde terrestre del Reino Unido con la UE. También anunció en el Parlamento que desea conservar los derechos laborales que ha consagrado la UE y que habrá más competencias en el futuro para Gales, Irlanda del Norte y Escocia.

«No hay marcha atrás»

Por supuesto su alocución tuvo muchas pinceladas del habitual tono épico y patriótico. «Hoy estamos ante un momento histórico. No hay marcha atrás. El Reino Unido está dejando la UE», comenzó entre vítores de su bancada. Este jueves mismo se presentará el «libro blanco» de la llamada «Gran Ley de Revocación», que convertirá la normativa europea en leyes británicas. Aunque esa reforma no será operativa hasta que se complete el divorcio en marzo de 2019.

Una enorme ventaja política para May es que juega sin adversario en los Comunes, por la inoperancia del líder de la oposición. Corbyn, un euroescéptico de quien su propio hermano llegó a decir que había votado Leave, reiteró que el Partido Laborista no pondrá trabas al Brexit. Se limitó a advertir que no permitirá que el Gobierno «convierta el país en un paraíso fiscal de saldo».

Más enérgico estuvo Tim Farron, líder del Partido Liberal Demócrata, que enarbola a día de hoy la bandera europeísta. «La carta [a la UE] es una amenaza descarada. Ha mezclado el comercio con la cooperación. Es algo escandaloso». El párrafo de la polémica reza así: «En términos de seguridad, un fracaso a la hora de alcanzar un acuerdo significaría que nuestra lucha contra el crimen y terrorismo se debería debilitada».

Toda la prensa británica infiere de esa frase que amenaza con no cooperar en seguridad si no se le da acceso al mercado único. Amber Rudd, la ministra del Interior, lo negó: «No es una amenaza». Por la noche, en una entrevista en la BBC, a May le preguntaron directamente y despejó con una frase ambigua: «Nos gustaría ser capaces de mantener el grado de cooperación en esas materias que tenemos ahora».

Arranca el Brexit. Dos años de laberínticas negociaciones y muchísimas dudas. La libra pasó el día con relativo sosiego. Este miércoles por la tarde caía un 0,4% frente al dólar y un 0,1% ante el euro.


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