Juan Carlos Fangacio

Un lugar de partidas y llegadas. Esa dualidad agridulce –que implica bienvenidas y despedidas, alegrías y tristezas– es la que mejor define al ferrocarril central andino y a la clásica estación Desamparados, su puerta de entrada a Lima. Hoy la función principal de esta edificación ya no es la de una terminal, sino la de cobijar a la Casa de la Literatura Peruana. Pese a ello, ¿no es un centro cultural también un espacio de tránsito, un portal de acceso, un vehículo para emprender incontables viajes?

Esa es la idea en torno a la que gira la exposición “Ojo, pare, cruce, tren. Historia y literatura del ferrocarril y la estación Desamparados”, la cual intenta rescatar el valor en el tiempo de este patrimonio histórico, arquitectónico e inmueble de la capital. Su historia es larga –ha sido también un camal y una iglesia–, pero adquiere su plenitud cuando, producto de la modernización urbana impulsada por el presidente Augusto B. Leguía a inicios del siglo XX, se levantó como la primera construcción de material noble de Lima. Eran épocas en las que el Perú miraba a Europa como referente, perseguía su afrancesamiento. El proyecto recayó en manos del arquitecto Rafael Marquina (el mismo del hospital Loayza, el hotel Bolívar, el colegio Guadalupe y el puericultorio Pérez Araníbar) y fue de una ambición ostentosa: puertas y ventanas de cedro americano, faroles traídos de Inglaterra.

Más que una construcción, fue una remodelación de la vieja estación (“destruida en buena hora por un incendio”, celebraba por entonces el diario “La Prensa”). Y en setiembre de 1912 fue inaugurada por todo lo alto pese a que aún era una obra inacabada. Ocurre que Leguía estaba a punto de culminar su primer mandato y no quería irse sin perderse la fiesta. Algunas cosas –y algunos políticos– no han cambiado nada.

A TODA MÁQUINA

Con la remozada estación se coronaba el enorme proyecto del ferrocarril central que desde 1869 había ideado Enrique Meiggs hasta convertirlo en la más importante vía férrea de Sudamérica, una obra de ingeniería que requirió el trabajo de diez mil obreros. “Unir la sierra de Huancayo con el Callao significaba la gran conexión entre la mina y el puerto, el símbolo de nuestra condición exportadora de materias primas. Y la historia de nuestro país está marcada por la minería, tan problemática y vigente hasta hoy”, explica Mauricio Delgado, uno de los investigadores a cargo de la muestra junto a Kristel Best Urday.

Esa trascendencia no solo se reflejaba en la actividad económica que significaba el transporte de carga. Best Urday indica que el desplazamiento de pasajeros también fue vital en aquellos tiempos. “El ferrocarril era la salida a la costa y por eso mismo la salida al progreso, a la educación, al trabajo; era el acceso a un mejor nivel económico. Durante los años 30, 40 y 50 fue utilizado de manera masiva para la migración interna”, asegura.

Pero las décadas siguieron avanzando y las transformaciones se aceleraron a ritmo de amenaza. En el diario “La Crónica”, en 1973, el arquitecto Humberto Rodríguez Camilloni ya alertaba sobre “la trágica política cataclísmica que ha venido destruyendo Lima peor que cualquier terremoto en su historia”. Lo decía ante los rumores de demolición que acechaban a la estación. Y a la para, el tren que bajaba de los Andes y remontaba el curso del Rímac hasta el valle limeño fue perdiendo protagonismo por la política de Estado de construir carreteras. Una respuesta lógica a la popularización de los automóviles y su uso como transporte público. Fueron los primeros golpes que recibió y el anuncio de su eventual e inevitable descarrilamiento.

VIAJAR, LEER, VIVIR

Hoy el tren solo ofrece viajes turísticos –ocho salidas al año y un hermoso recorrido de doce horas hasta Huancayo– y la estación Desamparados alberga exposiciones y demás actividades literarias. Pero no es azarosa su relación con las letras. La estación ha sido protagonista de novelas de Vargas Llosa y Miguel Gutiérrez; testigo del encuentro –Bar Cordano de por medio– entre Martín Adán y el beatnik Allen Ginsberg, e incluso inspiró un poema de este último: “I kiss you on your fat cheek (one more tomorrow / under the stupendous Desamparados clock)”, dicen unos versos. Lo tituló “A un viejo poeta del Perú”.

“Actualmente es un espacio de encuentro con la lectura, con las artes, y eso de algún modo permite que siga vivo”, dice Best para entender su relevancia. Y es que esta edificación cumple a cabalidad su condición de patrimonio: se ha convertido en un lugar donde cualquier persona puede ingresar para admirar su riqueza, tanto pasada como presente. Una zona de tránsito espacial y temporal.

La exposición misma está diseñada con esa intención: una línea de tiempo desplegada como los rieles de un tren –ruta sinuosa, de accidentada geografía– para narrar su serpenteante historia mediante fotografías, literatura y vivencias. Delgado, encargado de la museografía, cuenta también que algunos espacios tendrán visores colocados en puntos estratégicos, que funcionarán como ventanas al pasado pues los asistentes podrán observar fotografías tomadas en los mismos lugares años atrás: el salón para fumadores; las salas de espera de primera, segunda o tercera clase; los andenes de embarque. Todo al alcance de un vistazo.

Y aunque la muestra es un trabajo de profunda investigación, buena parte de su contenido se nutre de testimonios vivos, de peruanos para los que el ferrocarril fue parte inherente de sus vidas. Por ejemplo, la mujer que hoy pertenece al programa de Abuelas Cuentacuentos de la Casa de la Literatura y que en el pasado era pasajera frecuente del tren; o el ex trabajador de la estación que de tanto en cuando visita, como paseando, el lugar donde por tantos años laboró. “Porque en muchos de estos casos se ha formado una relación muy fuerte con el espacio”, explica Delgado. Y porque ya sea como estación o como centro cultural, son las emociones y las experiencias de estos ‘desamparados’ las que definen los lugares.


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