Conquistador español nacido en Almagro (Ciudad Real) en fecha imprecisa (1478 o 1480 probablemente) y muerto en Cuzco (Perú) en julio de 1538.

Hijo natural, sin educación ni ningún tipo de bienes, embarcó hacia America en 1514 en busca de fortuna. Participó en la conquista de Panamá, donde conoció a Pizarro. Con él y el clérigo Hernando de Luque formó una sociedad para buscar la rica tierra que se decía que había al sur (Perú). A partir de 1524 realizaron algunas expediciones, que no tuvieron fruto hasta 1527. Tras diversas gestiones y preparativos Almagro y su socio conquistaron el Imperio Inca entre 1531 y 1533. Luego, el primero preparó una expedición para explorar el territorio de Nueva Toledo (Chile), que le había sido concedido por el emperador Carlos V como premio. Así, partió hacia el sur en 1535, pero decepcionado por no haber hallado un gran civilización como la inca ni grandes riquezas retornó a Perú (1536-1537). Aquí se enfrentó con Pizarro por la posesión de Cuzco, pues no estaba claro a quién de los dos pertenecía legítimamente; derrotado Almagro en la batalla de Las Salinas (1538), fue ejecutado poco después por un hermano de su rival, Hernando Pizarro.
Infancia difícil y participación en la conquista de Panamá

Aunque los datos de su infancia y juventud son muy inseguros, era según parece hijo ilegítimo de Juan de Montenegro, criado del maestre de la Orden de Calatrava, y de Elvira Gutiérrez. Su padre no le reconoció y fue criado por una sierva de su madre, Sancha López del Peral, en Bolaños o en Aldea del Rey, poblaciones cercanas a Almagro. A partir de los cinco años fue recogido por su padre, que sin embargo murió al poco tiempo; se responsabilizó entonces de él un tío materno suyo, Hernán Gutiérrez. Con este pariente permaneció hasta los quince años, dedicándose seguramente a las labores del campo, sin recibir ningún tipo de educación (era analfabeto). Huyó de casa y comenzó una vida aventurera. Es probable que estuviese en Toledo y entrase al servicio de Luis de Polanco, alcalde de corte de los Reyes Católicos, cargo que habría abandonado tras matar a un hombre en una pelea. Huyendo, llegaría a Sevilla, el punto de partida de las expediciones a Indias.

Él mismo, a principios de abril de 1514, salió de España con este destino, como acompañante de Pedro Arias Dávila, el gobernador de Darién (también llamada Costa Firme o Castilla del Oro, hoy Panamá). Durante casi una década participó en las campañas de conquista y colonización del territorio como soldado de a pie (concretamente, como rodelero), demostrando valor y resistencia física. Gracias a ello adquirió cierto renombre, el grado de capitán y una pequeña fortuna. A principios de la década de 1520 conoció a Francisco Pizarro, otro de los que habían viajado con el gobernador, y a quien le unían ciertas afinidades, como ser también hijo natural y haber pasado una infancia pobre y difícil. Las vidas de ambos quedarían unidas desde entonces hasta su muerte.
Las expediciones de Almagro y Pizarro en busca de Perú

Con la ocupación de Panamá, que poseía costa en el Océano Pacífico, se había abierto el camino hacia el sur del continente americano. A las tierras inmediatas pronto se las empezó a conocer como Birú (nombre indio de donde derivaría Perú). En 1522 Pascual de Andagoya viajó por ellas y tuvo por los nativos noticias de un rico imperio, a donde no pudo dirigirse por enfermedad. De este modo, Almagro y Pizarro ofrecieron al gobernador proseguir ellos las exploraciones. Para ello formaron una sociedad con el clérigo Hernando de Luque, quien puso la mayor parte de los fondos de la misma. Parece que, para ratificarlo, Luque celebró una misa en la que comulgaron los tres de la misma Sagrada Forma.

Realizados los preparativos necesarios se decidió que, en previsión de posibles peligros, se formasen dos grupos distintos. Así, el 14 de noviembre de 1524 salió de Panamá Pizarro, con un navío y dos canoas, retardando Almagro su partida. Pizarro pronto se encontraría con problemas (hambre y ataques de indios): perdió varios hombres y no pasó de las selvas de la actual Colombia. Retrocedió hasta la aldea de Cochama (cerca de la isla de las Perlas, en la costa panameña) y allí envió un mensaje al gobernador solicitando ayuda. Almagro, sin embargo, no lo supo y partió según lo acordado en marzo de 1525 con otro barco y unos setenta hombres. Buscó a Pizarro sin encontrarlo, y sufriendo también él el acecho de los indios. Perdió un ojo de un flechazo en Puerto Quemado (o Puerto de las Piedras), conservando la vida gracias a un criado negro que le trasportó al barco. Después, tras encontrar algo de oro, puso rumbo hacia Panamá, hallando por fin a su socio en Cochama, de donde no se había movido.

Tras deliberar, acordaron proseguir con la empresa. Almagro se encargó de ir a Panamá a solicitar nueva licencia a Pedro Arias Dávila. Una vez obtenida volvió también Pizarro y de nuevo con Hernando de Luque reunieron 20.000 pesos de oro para la segunda expedición, firmando un recibo el 10 de marzo de 1526. En septiembre salieron, esta vez juntos, con dos barcos, tres canoas y 160 hombres. Arias Dávila había decidido que Almagro, que había hecho la nueva solicitud, fuera el capitán. En el río San Juan (Punta Magdalena, Colombia), donde encontraron más oro, quedó Pizarro con el grueso de las fuerzas, mientras una pequeña partida de hombres al mando de Bartolomé Ruiz era enviada a explorar más hacia el sur. Almagro retornó otra vez a Panamá, con el oro, a por refuerzos. También en esta ocasión fue necesaria licencia de Pedro de los Ríos, el sustituto del gobernador (que estaba colonizando Nicaragua). Con cuarenta hombres más zarpó el 8 de enero de 1527. Al poco de llegar al río San Juan regresaron también los enviados al sur, con la noticia del hallazgo de tierras ricas y civilizadas. Todos los expedicionarios siguieron la ruta indicada y contemplaron en persona tierras pertenecientes al imperio inca (Tahuantinsuyu, en nombre local).

No obstante, eran pocos para intentar su conquista, por lo que por tercera vez Almagro se volvió a Panamá a por más apoyos en tanto Pizarro permanecía en la isla del Gallo (en el extremo sur de la costa colombiana, en la actual rada de Tumaco). Ni Almagro ni Luque pudieron convencer a Pedro de los Ríos para que renovase el permiso de exploración, ya que la empresa había perdido todo crédito por el gran número de muertos tenidos, casi doscientos. Inmovilizados, tuvieron que enviar un mensaje secreto a Pizarro para que no abandonase la empresa ni volviese a Panamá en el barco enviado por aquel para recogerle. Se dice que Pizarro, con “los trece de la fama”, decidió efectivamente quedarse, e incluso obtener un nuevo barco. Corría ya el año 1528. Mientras Pizarro proseguía, Almagro tuvo que permanecer, impaciente, en Panamá durante el resto del año. Al fin regresó su socio con los demás, tras haber recorrido el imperio inca y haber constatado las grandes perspectivas que este ofrecía. Esto cambió la actitud de toda Panamá, totalmente favorable ahora a la empresa del sur.
Almagro y la conquista del imperio inca

Sin embargo, hacían falta para su conquista hombres y medios que no había en Panamá, de modo que, por sugerencia de Pedro de los Ríos, decidieron encomendarse al emperador Carlos V. Pizarro viajó a España con oro, llamas y algunos indios. El dinero para el viaje lo consiguió Almagro de conocidos suyos, y mientras Pizarro estaba fuera, se dedicó a reunir hombres, tanto en Panamá como en Nicaragua. Aquí sus enviados se encontraron con ciertas trabas del gobernador, Pedro Arias Dávila. En los últimos meses de 1529 llegaron noticias de Pizarro, que tras firmar las Capitulaciones de Toledo con el emperador el 26 de junio de 1529 estaba reclutando voluntarios en su Extremadura natal con ayuda de sus hermanos Gonzalo, Hernando y Juan y su hermanastro Francisco Martín de Alcántara.

Por dichas Capitulaciones (que autorizaban a proseguir la empresa), Almagro había obtenido reconocimiento de su hidalguía (con tratamiento de don y uso de escudo de armas), la legitimación de su hijo Diego de Almagro el Mozo (tenido con la india panameña Ana Martínez fuera de matrimonio), la tenencia de la fortaleza de Túmbez y una renta de 100.000 maravedíes anuales (y 200.000 más al año para costes). Luque era promovido a obispo provisional de las nuevas tierras (denominadas Nueva Castilla), y Pizarro nombrado Adelantado y Gobernador de las mismas, porque se consideraba que sólo uno podía ser el capitán. Esto suponía que, si económicamente había un equilibrio entre los socios, políticamente Almagro quedaba relegado a un segundo puesto tras Pizarro. Por ello, estuvo a punto de abandonar la empresa, aunque finalmente no lo hizo, convencido por otro de los participantes en la misma, Nicolás de Ribera. Por fin, se reunió con Pizarro en Nombre de Dios (en la costa atlántica de Panamá) sin mayores problemas por el momento.

En efecto, en tanto se hacían los últimos preparativos, hubo un nuevo intento de ruptura de la sociedad por parte de Almagro, decidido a asociarse con otros exploradores a causa de la orgullosa actitud de uno de los hermanos de Pizarro, Hernando, que, recién llegado, actuaba como si fuese uno de los jefes de la empresa. Medió el juez Gaspar de Espinosa, que desde el principio tenía intereses en la expedición del sur, y logró para Almagro la promesa de Pizarro de una gobernación contigua a la suya si la empresa tenía éxito. A finales de marzo de 1531 salió Pizarro para el sur con tres buques; Almagro permanecía en Panamá para reunir a la nueva gente que fuese llegando de Nicaragua para unirse a ellos. Durante más de año y medio esperó en vano nuevas sobre la tercera expedición, por lo que el Cabildo panameño le ordenó partir con las fuerzas de que dispusiese y le llevase un más que probable auxilio. Con dos barcos, 150 hombres y unos 50 caballos se hizo a la mar por la ruta habitual. En diversas escalas que hizo conoció ya algunas cosas sobre su socio. Por fin, en Túmbez, se enteró del gran éxito de Pizarro, que tenía preso en Cajamarca (norte de Perú) al propio emperador inca, Atahualpa, y había obtenido de este la promesa de un enorme rescate.

Allí se dirigió Almagro, donde él y sus refuerzos fueron recibidos con gran alegría por todos, salvo por Hernando Pizarro. El 18 de junio de 1533 se procedió al reparto del tesoro de Atahualpa, que ya había sido pagado; Luque quedó excluido porque había fallecido el año anterior. Luego, Almagro, al que ya se llamaba Mariscal, se mostró partidario de juzgar al inca por haber ordenado matar a su hermano Huáscar y promover una conspiración contra los españoles. Al fin sería ejecutado, nombrándose emperador en su lugar a su hermano Tupa-Inca. Por otra parte, aunque Hermando Pizarro, que iba a llevar su parte del tesoro al rey, tenía el encargo de pedir una gobernación para Almagro, este prefirió enviar a sus propios procuradores por no fiarse de aquel. Entre tanto, él y Pizarro prosiguieron con la conquista del imperio inca, con el objetivo inmediato de la toma de la capital, Cuzco (sureste de Perú). Esto se hizo después de doblegar la resistencia del general inca Quizquiz, que atacó a las columnas españolas en su camino hacia la ciudad. Aunque Quizquiz la incendió antes de abandonarla, el botín obtenido aquí fue grande.

Luego continuaron ocupando nuevas tierras incas. Sebastián de Balalcázar, a mediados de 1534, fue enviado al norte, a las tierras de Quito (Ecuador), antes de que llegase Pedro de Alvarado con un gran contingente de hombres procedente de Guatemala. Almagro salió después a detener directamente a Alvarado. Se entrevistó con este en Riobamba (al sur de Quito); buen negociador, obtuvo su retirada a cambio de una indemnización por los gastos del viaje. Camino al sur con Alvarado, para que Pizarro confirmase el acuerdo, fundó Trujillo (costa del norte de Perú); curiosamente, durante el trayecto recuperó parte de lo dado a Alvarado jugando con él. A finales de 1534 se reunieron con Pizarro en Pachacamac, que estuvo de acuerdo con el pacto.

A principios de 1535 firmó con Pizarro un nuevo contrato, por el que Almagro era nombrado gobernador de Cuzco en representación suya, con permiso para explorar las tierras meridionales de los belicosos chiriguanos. Por su parte, Pizarro tenía la intención de fundar una nueva capital para Perú en la costa, la que se llamaría luego Lima. Mientras Almagro se dirigía a Cuzco le alcanzó un mensajero comunicándole la concesión real de una gobernación, a partir de Chincha (al sur de Lima), aunque los papeles oficiales aún no habían llegado. Tuvo algunos roces con Juan Pizarro, a quien Francisco había traspasado el cargo de gobernador cuzqueño al tener noticia de lo anterior. El propio Francisco Pizarro se presentó en la ciudad parar evitar complicaciones entre su socio y su hermano; en cuanto se encontró con Almagro se suavizaron los ánimos. Como refrendo, establecieron un tercer convenio el 12 de junio de 1535.
Descubrimiento y exploración de Chile

Se dedicó entonces a preparar cuidadosamente una expedición a la que debía ser su gobernación, llamada inicialmente Nueva Toledo y luego Chile (Collosuyu, ‘tierra de los lagos’, para los incas). Reclutó hombres y los equipó con todo lo necesario, pagándolo de su propio patrimonio (millón y medio de pesos castellanos). Nombró lugarteniente a Rodrigo Orgóñez y aceptó la propuesta de acompañamiento del gran sacerdote inca Villac-Umu, tío de los últimos emperadores, incluido el de ese momento, Manco Capac (y de Paullo Topa, que también iría con ellos junto con varios miles de indios). Según afirmaba aquel, era para solicitar el tributo que los chiriguanos debían a los incas. Almagro envió por delante de él a los indios y a un grupo de españoles para que estableciesen una base adelantada. Cuando él partió a su vez el 3 de julio de 1535 dejó a Orgóñez y a otros hombres reclutando más gente en Cuzco y la costa (los que salían eran unos quinientos). Ya en camino supo que habían llegado a Perú los papeles reales que definían los límites de su gobernación, pero siguió adelante para no perjudicar la expedición.

Como itinerario había desechado el camino de la costa, más corto pero más difícil al atravesar un amplio y árido desierto (el de Atacama), y optado por el de la montaña, a través del lago Titicaca y de la actual Sierra Real (Bolivia). En una difícil marcha andina (más de 3.000 km de altura media), castigados sus hombres por el frío y el hambre (que causaron varios muertos), pasó por Paria y el río Desaguadero. A fines de octubre de 1535 alcanzó Tupiza, en el extremo sur de Bolivia. Aquí encontró a Paullu Tupac y a los demás indios, y también tuvo más noticias sobre el proceso de delimitación de su gobernación respecto a la de Pizarro, sin abandonar su expedición tampoco en esta ocasión. Debido a las malas condiciones climáticas la reanudación de la marcha tuvo que esperar hasta principios de 1536, pero para entonces ya había sido abandonado por los indios. En realidad, su acompañamiento había tenido como fin separar un grupo grande de españoles de los que quedaban en Perú, para facilitar una próxima sublevación de Manco Capac.

A través del valle de Jujuy entró en lo que hoy es el norte de Argentina, donde fue atacado constantemente por los nativos; prosiguió por Salta y Chicoana, teniendo que abandonar gran parte de las provisiones al haber muerto numerosos caballos. A finales de abril de 1536, por el puerto de San Francisco, entró en Chile hacia Copiapó, donde tomó posesión del país en nombre de Carlos V. Algo más al sur, en Coquimbo, se enteró de la muerte de algunos españoles avanzados, y para dar un escarmiento aprisionó a algunos notables y los hizo quemar. Después prosiguió la exploración de las tierras próximas. Eran de buen clima y fértiles, pero no vio ninguna señal de ciudades importantes, como había esperado encontrar. Temerosos los indios de Aconcagua de la fuerza de Almagro y sus hombres, e influenciados por un español fugitivo llamado Gonzalo Calvo Barrientos, les hicieron un buen recibimiento. En este lugar permaneció un tiempo, donde se le unieron más españoles venidos por mar. Con ellos traían material y provisiones. Tras un intento de escapada de los indios del lugar (informados por un intérprete quechua que llevaban, Felipillo, de la próxima sublevación inca), comenzó a pensar en el regreso a Perú, desencantado por no haber hallado ninguna gran civilización.

Para asegurarse de que esta no existía envió a explorar más al sur a Gómez de Alvarado con un centenar de hombres, la mayoría jinetes, mientras él se acercaba a la costa en el punto en que había quedado el barco que había traído los refuerzos (según algunos, la actual Valparaíso). Lo reparó y luego recorrió los valles próximos a Aconcagua, e incluso trató de atravesar los Andes pero la nieve se lo impidió. En este cometido estaba cuando arribó otro grupo en el que venía su hijo, Diego de Almagro el Mozo. Cuando hizo lo propio Gómez de Alvarado, que había avanzado unos 400 km hacia el sur hasta los ríos Nuble e Itata (donde se enfrentó con los araucanos en la batalla de Reinohuelén) y manifestó que aquellas tierras meridionales eran de las mismas condiciones que las ya vistas, consultó a sus capitanes sobre la conveniencia de volver a Perú.

Todos lo deseaban, y en septiembre de 1536 se inició el camino de regreso. Almagro se adelantó a Copiapó en busca de noticias sobre el proceso de delimitación de gobernaciones. Allí encontró a Orgóñez y a otro de sus capitanes, que habían quedado reclutando voluntarios, los cuales le informaron del regreso de Hernando Pizarro con los documentos originales. Hernando había sido nombrado por Francisco gobernador de Cuzco, ciudad que Almagro, después de consultar los documentos, consideró dentro de su gobernación. En realidad, su adscripción a Nueva Toledo o a Nueva Castilla era incierta, y de ello se derivaría un cruento enfrentamiento entre los antiguos socios y amigos.

Para llegar cuanto antes a Cuzco, escogió esta vez el desértico camino de la costa (unos 2.500 km entre Aconcagua y esa ciudad). Para su adecuada travesía formó numerosos grupos de menos de diez hombres, que eran de más fácil abastecimiento. Unos irían detrás de los otros a cierta distancia, mientras un contingente fuerte remontaría la costa en barco y formaría una barrera a la entrada del desierto para evitar ataques de los indios. Antes de partir anuló las deudas para con él de sus hombres, en recompensa mínima por la ayuda prestada. El último grupo fue el suyo. Con rapidez atravesaron el desierto y se juntaron más allá de él. En Tarapacá tuvieron que combatir, pues ya se había producido el levantamiento de Manco Capac. Llegaron a Arequipa (sur de Perú) iniciado 1537.
La primera guerra civil de Perú

En Perú trató de ganarse el favor del inca rebelde, que había sitiado Cuzco. Aunque este atacó al final Almagro levantó el cerco, y poco después entró en la ciudad. Quso hacer reconocer al Cabildo sus derechos sobre la ciudad sin conseguirlo, y luego hizo prisionero a Hernando y Gonzalo Pizarro (abril de 1537). Los regidores cuzqueños, presionados, terminaron por reconocerle gobernador. Muchos de los hombres de Pedro de Alvarado, próximo a la ciudad, se pasaron al bando almagrista y el propio Alvarado fue atacado en Abancay (al oeste de Cuzco) el 12 de julio de 1537 y hecho prisionero. Poco antes, Almagro había nombrado emperador inca a Paullu Tupac, también famliar de Atahualpa.

Francisco Pizarro envió representantes para iniciar negociaciones, en tanto Almagro marchó hacia la costa llevando consigo a Hernando Pizarro. Por el camino fundó en el valle de Chincha una población a la que dio su apellido, Almagro. Entretanto, en Cuzco, un grupo de pizarristas liberaba a Gonzalo Pizarro y a Alvarado. Ambas partes designaron delegados que debían decidir sobre el problema de la delimitación, los cuales a su vez nombraron árbitro a fray Francisco de Bobadilla, provincial mercedario, que organizó un encuentro entre Almagro y Pizarro. De nada sirvió, ni tampoco el veredicto de Bobadilla, que no fue acatado. Finalmente, por el acuerdo de Limahuana (24 de noviembre de 1437), Hernando Pizarro fue liberado a cambio de quedar Almagro en posesión de Cuzco hasta que los cosmógrafos delimitasen con exactitud los discutidos límites.

Las hostilidades se reanudaron al llegar de España un mensajero con órdenes imperiales que ordenaba a los dos gobernadores no interferir en los asuntos del otro. Pizarro consideró que esto derogaba el último acuerdo y así lo comunicó a Almagro, que no quiso de ningún modo renunciar a Cuzco. Esto fue el inicio explícito de la primera guerra civil de Perú. Almagro se hizo fuerte en Cuzco; por consejo de Orgóñez se decidió a presentar batalla al ejército de Hernando Pizarro en campo abierto, en las cercanías de Cuzco. No pudo participar personalmente en los combates, como solía hacer, por encontrarse enfermo. El 6 de abril de 1538, en la batalla de Las Salinas, su ejército fue completamente derrotado; él mismo tuvo que huir, tratando de refugiarse en la cercana fortaleza de Sacsahuamán. No pudo conseguirlo y fue capturado.

Almagro quedó prisionero en Cuzco, mientras que su hijo fue enviado a Lima. Dado que no llegaban instrucciones de Francisco Pizarro, Hernando, que odiaba a Almagro, para evitar que su hermano lo enviase a España o que sus numerosos partidarios lo liberasen, inició contra él un rápido proceso por rebeldía. El prisionero, enfermo, reprochó a su carcelero el mal trato que se le daba, muy diferente al que él (Hernando) había recibido cuando estaba en las mismas condiciones. Sin que este tuviera en cuenta la culpa de su bando en la ruptura del acuerdo de Limahuana, Almagro fue finalmente condenado a muerte. Tampoco sirvió de nada que reclamase enviar su proceso al emperador. En su generoso testamento dejaba la gobernación de Nueva Toledo a su hijo Diego, aunque hasta su mayoría de edad su administración correspondería a Diego de Alvarado.

La ejecución, sin esperar a que Francisco Pizarro diese su parecer (en realidad era contrario a ella), se cumplió probablemente el día 8 de julio de 1538, mediante garrote y luego decapitación, siendo paseado después públicamente su cuerpo por la plaza de la ciudad como escarmiento. Tenía sesenta y seis años. Unos criados negros e indios se hicieron con el cadáver, que fue enterrado en la iglesia del convento de Nuestra Señora de la Merced, en el mismo Cuzco. Su hijo Diego de Almagro el Mozo se levantaría algunos años más tarde contra los pizarristas y daría muerte en venganza al propio Francisco Pizarro. Consta en su testamento que tuvo también una hija, Isabel de Almagro, con la misma india madre de el Mozo.

Según los cronistas, Diego de Almagro era físicamente poco agraciado (bajo, feo y tuerto), hablador y analfabeto, pero de buen carácter y generoso, inclinado al perdón, voluntarioso y con dotes de organizador. Se mostró fiel compañero de Francisco Pizarro hasta que la ambición y algunos agravios le empujaron a enfrentarse con él. Precisamente, la figura histórica de aquel ha dejado a la suya en la sombra, perjudicada además por el hecho de que con sus expediciones posibilitó la conquista de numerosas tierras pero no las completó personalmente: la de Quito (y del Ecuador) fue obra de Sebastián de Belalcázar; la de Cuzco y del Perú de Pizarro, y la de Chile (con la fundación de su capital Santiago) la llevaron a cabo Pedro de Valdivia y García Hurtado de Mendoza.


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  15. Bernardo Gómez Álvarez

Fuente: http://www.mcnbiografias.com

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