Diego Salgado

Recién ganado el Oscar a la mejor película en habla no inglesa, y obtenidos en mayo del año pasado los premios al mejor actor (Shahab Hosseini) y al mejor guión en el Festival de Cannes, llega a los cines españoles lo nuevo del cineasta iraní Asghar Farhadi, de cuyos talentos ya habían dado cuenta filmes como A propósito de Elly (2009), Nader y Simin, una separación (2011) y El pasado (2013).

Como aquellos, El viajante indaga en las corrientes ocultas que socavan las relaciones afectivas entre los individuos y los pactos de convivencia colectivos, mucho más frágiles de lo que queremos creer: la primera escena del séptimo largometraje de Farhadi describe la amenaza de ruina que se cierne por sorpresa sobre un edificio de viviendas, y los intentos por hacerse entender en medio de la evacuación de dos de sus habitantes, el matrimonio formado por Emad (Hosseini) y Rana (Taraneh Alidoosti) -ambos actores excelentes, y habituales en el cine del realizador-. La pareja, que combina sus actividades laborales con su participación en un montaje de la obra teatral de Arthur Miller La muerte de un viajante, se ve forzada a escoger otro alojamiento, y acaba por alquilar un ático cuya anterior inquilina tiene mala fama entre los vecinos. Un día, Rana es agredida en el piso por un desconocido…

No deja de sorprender que, volviendo a demostrar Farhadi en El viajante su pericia para llevar a término sin un pestañeo lo que ambiciona narrar y sus implicaciones, apele en esta ocasión a un recurso tan obvio como el de confrontar la historia que viven Emad y Rana, con los ensayos y representaciones de la obra de Miller, lo que tan solo sirve para subrayar innecesariamente, casi para menoscabar, los valores expresivos de su ficción. Una ficción que se basta y sobra para plantear un buen número de cuestiones de forma orgánica, no ya a través de lo que vemos con toda claridad sino, quizás lo más interesante, de lo que solo se intuye o apenas pasa de ser un malestar indefinido: ese misterio latente en lo real que no es testimonio sino de nuestro pavor a percibir la auténtica naturaleza de lo que somos y cuanto nos rodea.

En este sentido, no es casualidad que la primera incursión de Farhadi en el cine occidental, protagonizada en principio por Javier Bardem y Penélope Cruz, vaya a ser un thriller tortuoso “a lo Agatha Christie”. Las películas que hemos podido ver del director iraní hasta la fecha, tienen que ver menos con la práctica de un realismo de ambiciones psicológicas y sociológicas, que con el desvelamiento en modo intriga de pulsiones junguianas. Cuando el pensador suizo caviló que “no se alcanza la iluminación fantaseando sobre la luz, sino haciendo consciente la oscuridad, y lo que no se hace consciente se revela en nuestras vidas como destino”, estaba refiriéndose a Emad y Rana.

En efecto, ambos, desbordados por el grave suceso acontecido a la segunda, temerosos de denunciar el ataque que ha sufrido por cuestiones de imagen, se abocan a un via crucis de consecuencias personales imprevisibles, que tiene como trasfondos las evoluciones socioeconómicas y urbanísticas que está experimentando hoy por hoy Irán, la posición aún así subsidiaria de la mujer en aquel país, y la calidad de los vínculos emocionales que pueden establecerse en esa coyuntura.

La lectura más interesante, en cualquier caso, de carácter más universal, es la relativa a la constatación que se ven obligados a afrontar finalmente Rana y Emad, equiparables a otros personajes de Farhadi en cuanto jóvenes de clase media con pretensiones académicas y culturales, que, a la hora de la verdad, no están a la altura, como ya habíamos apuntado, de lo que la existencia termina por delatar sobre sí misma y sobre los seres humanos. Esto es, que, como pone de manifiesto de manera alegórica y muy explícita La muerte de un viajante, “la vida no consiste en ir ganando cosas sino en ir perdiéndolas (…) Trabajas durante toda la vida para pagar una casa y, cuando por fin es tuya, no queda nadie para vivir en ella”.


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