Andrés Calderón

No me gusta el comunicado de Radio Capital por el cual anuncian el despido (“desvinculación contractual”) de Phillip Butters debido a que su “participación en la marcha realizada el día 4 de marzo de 2017 [“Con mis hijos no te metas”] trasgrede lo establecido en el Compromiso del Grupo RPP”.

Seamos sinceros, la participación de Butters en la marcha se sabía desde hace semanas. El propio Phillip Butters lo anunciaba desde su cabina en Radio Capital y con el logo de la radioemisora de fondo, y no pasaba nada.

Lo que pasó fue que, luego de la marcha, Phillip Butters realizó una serie de declaraciones públicas llenas de falsedades, agravios y amenazas, lo que motivó la justificada indignación de mucha gente que trasladó su molestia a los anunciantes y auspiciadores del programa radial de Butters. Estos empezaron a deslindar con el periodista y a pedirle a la radioemisora que no pasaran su pauta comercial durante su programa. Radio Capital, finalmente, reaccionó anunciando la salida de Butters.

Phillip Butters tenía un discurso conservador. Quienes escuchábamos su programa, sabíamos que denostaba la homosexualidad, que premiaba y reforzaba las conductas machistas, y que cuando un entrevistado o un radioescucha le llevaba la contra, Butters no dialogaba, gritaba, se imponía. En varias ocasiones se mostraba intolerante, agresivo y hasta ofensivo. Incluso fue multado por la Sociedad Nacional de Radio y Televisión por comentarios homofóbicos y por injuriar a un periodista. Pero hasta este fin de semana, no hubo marcha contra Phillip, ni siquiera una protesta masiva por redes sociales. Radio Capital no lo quitó del aire, sino que hasta le había dado una hora más de programa, según alardeaba el propio Butters hace unos días.

Así, y soportando sus formas execrables, escuchaba a Butters pues me resultaba útil conocer opiniones opuestas. Pero más importante que lo que Phillip Butters tenía que decir, me asombraba cómo, pese a ese discurso ofensivo, ya tenía varios años en la radio y acumulaba una importante cantidad de anunciantes. Butters era un producto rentable, y en ninguna radio lo eres sin audiencia. Entonces, debía haber mucha gente que coincidía con su pensamiento aunque no (¡ojalá!) con sus formas.

Pero el domingo cruzó la raya de rentabilidad. No solamente continuó denostando a quienes pensaban distinto a él, sino que además injurió al presidente, al primer ministro, a la ministra de Educación, a los dueños y directores de otros medios periodísticos, utilizó a sus hijos para hacer ejemplos ridículos en construcción argumentativa, e insultantes en la forma.

¿Víctima de la censura? ¿Mártir de la libertad de expresión?

No rebajemos nuestros estándares, ni avergoncemos a verdaderos mártires que en el país los tenemos. Phillip Butters siempre tuvo tribuna para defender sus ideas. Simplemente creyó que para hacerlo podía insultar, agredir y amenazar sin que ello, en algún momento, le pasara factura. Al hacerlo, dejó de ser rentable, pues ya ni las marcas ni la radio que lo bancaron varios años podían esquivar la mirada ante las vergonzosas escenas que protagonizó el sábado.

Censura, en cambio, se habría producido si alguna entidad estatal pedía sacarlo del aire o revocar la licencia de la radio como, por ejemplo, pedía discutir –a mi criterio, erróneamente– el periodista Marco Sifuentes. Si alguien censuró a Butters fueron los oyentes y sus propios anunciantes.

¿Nace un nuevo político? ¿El Trump peruano?

Ojalá que no. Pero a las ideas equivocadas e intolerantes no se las combate en silencio, sino a viva voz. Y si se cumple la profecía, no fue porque a Butters le dieron un micrófono, ni porque se lo quitaron convirtiéndolo en “mártir”, sino porque como sociedad no supimos combatir la intolerancia con un mejor y más convincente discurso.


LEAVE A REPLY