Las declaraciones desafortunadas que el presidente Kuczynski ha dispensado ante los medios en los escasos siete meses que lleva en el poder son tantas que intentar una antología de ellas sería un auténtico reto para cualquier biógrafo suyo. “A veces meto la pata porque soy muy franco”, ha dicho el propio mandatario en una entrevista reciente. Pero lo cierto es que su problema no es tanto la franqueza cuanto la forma desdeñosa –y no siempre apegada a la verdad, como recuerda el embeleco con el que trató de camuflar las razones del licenciamiento de su entonces asesor Carlos Moreno– en que a veces trata de sacarse a sus críticos y opositores de encima.

En esa línea, ha llegado a sugerirles, por ejemplo, que interpreten correctamente sus palabras (en relación con su bastante elocuente propuesta de “jalarse a algunos” de los congresistas de la bancada fujimorista) o a desestimar el valor de sus resultados electorales en primera vuelta, aseverando que es la segunda “la que vale”. Ninguno de esos exabruptos, sin embargo, ha tenido las dimensiones de aquel en el que incurrió ayer a propósito de las objeciones –fundadas o no– a la firma de la adenda al contrato para la construcción del aeropuerto de Chinchero y al inicio de las obras.

“Todos esos loquitos que dicen que de aquí no se va a despegar, que no habrá facilidades, que se tomen una pastilla”, sentenció en un momento de su discurso. Para más adelante rematarlo con la inaceptable fórmula: “A los criticones les decimos: Cállense la boca, déjennos trabajar”. Una catilinaria en la que no se sabe si lo peor es la prescripción de medicación sin receta para los supuestos desquiciados que osan no estar de acuerdo con la posición del gobierno o el despropósito de mandar a callar a una porción de sus mandantes.

Es un poco embarazoso tener que recitar algo tan obvio, pero el presidente parece olvidar que si ostenta el título de ‘mandatario’ es porque los ciudadanos que participan de esta democracia le han encargado a través de su voto –con prescindencia de si fue a su favor o no– que administre el poder en su nombre. Lo que presupone que el presidente esté dispuesto a escuchar lo que ellos tienen que decir sobre su manera de hacerlo, ya sea que esas opiniones le gusten o le disgusten.

De manera que si alguien tiene que guardar silencio, aunque sea por un momento, en este intercambio es más bien él para poder prestar atención a lo que sus representados tienen que decir acerca de la forma en la que quieren que los represente. Y luego eventualmente discutir con ellos y tomar las decisiones que crea convenientes de acuerdo con las facultades que la Constitución le otorga.

El presidente, además, en lugar de exhibir la tolerancia a la que su cargo lo obliga, ha intentado promover al consorcio que actúa como contratista de la obra con aseveraciones que ni corresponden a su rol de vigilante contraparte en el acuerdo ni se condicen con la realidad. “El grupo es financieramente muy sólido […], totalmente sólido”, ha dicho, en abierta negación de la circunstancia de que la calificación crediticia de Andino Investment Holding (socia fundamental de Kuntur Wasi) ha caído de manera significativa en los últimos años. Entre el 2015 y el 2016, de hecho, fue bajada de BB- a B+ y de B+ a B- por la agencia Fitch Ratings. ¿De qué solidez, pues, habla el jefe de Estado?

Cabe recordar, adicionalmente, que si se ha llegado a la situación en la que ha hecho falta firmar la adenda que ha generado tanta controversia para sacar el proyecto del aeropuerto de Chinchero adelante es por lo oneroso que resultaba para el Estado reembolsar el financiamiento del referido grupo.

Preocupa pues que, en medio de la difícil coyuntura por la que pasa su gobierno, al mandatario no se le ocurra mejor cosa que atacar a quien no debe y promover a quien no corresponde. Y en ambos casos con una destemplanza inquietante.


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