Ian Vásquez

Estados Unidos ha sido degradado a una “democracia defectuosa”. Así lo calificó por primera vez la nueva edición del “Índice de Democracia” publicado anualmente desde el 2006 por el prestigioso Economist Intelligence Unit. El reporte evalúa países alrededor del mundo respecto a varios indicadores como el funcionamiento del gobierno, la participación política y la cultura política, entre otros.

El deterioro democrático de EE.UU. no se debe al presidente Trump, porque el reporte toma en cuenta factores existentes antes de su llegada al poder. De hecho, asevera que “EE.UU. ha estado al borde de convertirse en una ‘democracia defectuosa’ por varios años”. El índice, no obstante, sí explica en parte el auge de Trump.

Por muchos años las instituciones estadounidenses han sufrido un desgaste que se refleja en los sondeos. La encuestadora Gallup encontró que la confianza que tienen los estadounidenses en las instituciones más importantes de su país está en puntos bajos. Por ejemplo, solo un 20% de los ciudadanos manifiestan hoy mucha confianza en los periódicos, comparado al 39% en 1990; solo 36% tienen mucha confianza en la Corte Suprema, comparado a la mayoría en los años ochenta; el 9% confían en el Congreso, comparado al 39% en 1985.

Ya en 2015 el reconocido centro de investigación Pew observó que “La confianza del público en el gobierno federal sigue estando en niveles históricamente bajos. Solo el 19% de los estadounidenses hoy dicen que confían en que el gobierno en Washington hará lo correcto ‘casi siempre’”. Basado en las encuestas, produjeron una gráfica impresionante sobre esa tendencia. A mediado de los años sesenta, la confianza en el gobierno federal estaba alrededor del 75% y de allí empezó un largo declive interrumpido por dos repuntes notables: la presidencia de Reagan e inmediatamente después de los ataques terroristas del 11 de septiembre del 2001, alza que duró poco.

Las caídas en confianza coinciden con el crecimiento del gobierno federal y la centralización del poder en Washington. Fue en los sesenta que EE.UU. se embrolló en la guerra en Vietnam y expandió notablemente el Estado benefactor. Coincidió también con el deterioro económico. En los ochenta, tanto la reducción del papel del Estado en la vida de las personas como la recuperación económica generaron una mejora de la confianza. Esta cayó con el primer presidente Bush y volvió a crecer con el presidente Clinton, cuyo gobierno redujo el tamaño del Estado federal gracias en parte al fin de la Guerra Fría. Los atentados terroristas del 2001 resultaron en un gasto público descontrolado que se destinó no solo a guerras y seguridad, sino a todo tipo de actividad federal doméstica. En respuesta a la crisis financiera, ese incremento del gasto se aceleró bajo el presidente Obama, así como la actividad federal en nuevas áreas de la economía estadounidense.

Los estadounidenses llegaron a desconfiar de un sistema que parecía servir a los intereses de la élite y aquellos políticamente conectados. Y tal lectura tiene cierto sentido, pues hubo mucho capitalismo de compadrazgo en los rescates financieros a Wall Street, la impopular reforma de Obama al sistema de salud, la violación de contratos y del Estado de Derecho en el rescate federal de ciertas empresas automotrices y demás programas que no reactivaron la economía de manera rápida o eficaz.

Ese ambiente benefició a Trump y a su discurso antisistema. Claramente, la preocupación del establishment con la desigualdad no aterrizó con el público que eligió al multimillonario que prometió, entre otras cosas, bajar los impuestos. No solo el 1% de la población ve tales preocupaciones con cierto escepticismo, ya que siempre son acompañadas por propuestas de agrandar el papel de los políticos en la vida de la gente.

El problema es que el populismo de Trump desprecia abiertamente las instituciones del país y las sigue erosionando a través de su afán de centralizar más poder en Washington. La democracia estadounidense está en una fase nueva en que la política ya no es “normal” para ese país y podemos esperar que se vulneren más las libertades de los estadounidenses.

El peligro es, como advierte el experto en instituciones Daron Acemoglu, que si se normaliza lo antes impensable, muchos perderán su brújula moral. En el fondo, es una observación acerca de un posible cambio cultural y es lo que también está en juego.


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