Si se pregunta al público general por mujeres científicas es posible que el único nombre que surja sea el de Marie Curie. Con un poco de suerte quizás el de Hipatia de Alejandría, sobre todo gracias a que Rachel Weisz le dio vida en la película “Ágora” de Alejandro Amenábar. Pero poco más.

¿A qué se debe ese desconocimiento? ¿Acaso no hubo mujeres que se dedicasen a la ciencia? ¿O fue ocultado su papel por la historia?

Debido a la situación que vivieron las mujeres en el pasado, “no han jugado un papel comparable ni en cantidad ni en calidad (al de los hombres), pero las contribuciones que han hecho a menudo se han visto ocultadas, distorsionadas o simplemente borradas”, explica Adela Muñoz Páez, autora del libro “Sabias. La cara oculta de la ciencia” (debate).

Entre las dificultades de las mujeres para dedicarse a la ciencia están su “expulsión de las bibliotecas de los monasterios, que fue donde se refugió el saber en la Edad Media, y su prohibición de acceder a las universidades”, destaca Muñoz, catedrática de Química Inorgánica de la Universidad de Sevilla.

“Esos dos hitos las echaron de los centros del saber e hicieron muy difícil que pudieran hacer unas contribuciones más abundantes y de más trascendencia”, añade en entrevista con dpa. “En la misma Grecia, las mujeres estaban en una situación que yo diría que es comparable a la de los países musulmanes de hoy más intransigentes”.

A pesar de ello, en su libro recoge la importancia de sabias de la Grecia clásica como Teano, esposa de Pitágoras y continuadora de su labor, o Aspasia de Mileto, maestra de retórica de Sócrates; repasa la vida y trágico asesinato de Hipatia y de la Edad Media rescata las figuras de abadesas como Herrad de Landsberg (1130-95), que en su obra “Hortus deliciarium” recopiló todos los saberes de la época.

Muñoz recuerda como en el pasado hubo una tendencia a descalificar a las mujeres y considerarlas “seres cuyo cerebro era inferior al del hombre, cuya principal característica era ser chismosas, poco fiables…”. El propio Aristóteles llegó a argumentar la supuesta inferioridad de las mujeres, señala en su libro. “Todo ese discurso hacía que el conocimiento aportado por las mujeres fuera poco fiable, por lo que ha sido borrado o se les ha atribuido a los hermanos, padres o maridos con los que trabajaron”.

Uno de estos casos podría ser el de Oliva Sabuco (1562-1622). Esta española publicó en 1587 una obra en la que afirmaba que el conocimiento se adquiría por la experiencia y señalaba que el origen de las emociones y el pensamiento estaba en el cerebro. Aunque Oliva asumió la autoría del libro en una carta a Felipe II, esta se atribuyó a principios del siglo XX a su padre tras la aparición de un documento privado en el que aseguraba haberlo escrito él.

Incluso Marie Curie (1867-1934) estuvo a punto de quedarse sin el Nobel de Física por el descubrimiento de la radiactividad a partir de una investigación que ella inició y desarrolló junto a su marido, Pierre Curie. Solo la insistencia de este último consiguió que también Marie fuera galardonada. Tras la muerte de Pierre, Marie recibió un Nobel de Química en solitario por el descubrimiento del polonio y el radio. Su hija Irène consiguió ese mismo premio en 1935 junto a su marido por su trabajo en la síntesis de nuevos elementos radiactivos.

Desde su creación, solo 17 mujeres han sido galardonadas con premios Nobel por sus trabajos científicos, cifra que según Muñoz “no refleja ni la cantidad ni la calidad de las contribuciones de las mujeres científicas”. Una de las injusticias más clamorosas del siglo XX es la cometida con Rosalind Franklin (1920-58), cuyos trabajos experimentales fueron fundamentales para descifrar la estructura del ADN.

“No solamente fue excluida cuando se concedió el Nobel a los descubridores de la estructura del ADN, sino que fue incluso ridiculizada en el libro que publicó uno de ellos, James Watson”, dice Muñoz. Este último, “no solo robó los datos experimentales de Rosalind Franklin, sino que luego se permitió el lujo de hacer un libro en el que ella encarnaba el papel de la chica fea, torpe y malhumorada”.

Aun así, “no se trata de una lucha de hombres contra mujeres, sino de mujeres y hombres que creen en el avance de la ciencia y en la inteligencia de las mujeres contra la sinrazón de los que lo niegan”, señala la autora. “Las mujeres que han hecho los mayores logros en la antigüedad y hasta épocas relativamente cercanas han tenido cerca a hombres con la amplitud de miras y la inteligencia suficiente para ver que (…) tenían una mente capaz de crear e investigar”.

Incluso ahora, a pesar de que hay muchas mujeres científicas, son pocas las que llegan a ocupar puestos directivos en las universidades o centros de investigación. Por eso Muñoz pide que se incremente el papel de las mujeres en los tribunales que evalúan proyectos científicos, becas o plazas, ya que hay “una tendencia generalizada a evaluar o calificar mejor a los iguales”.

Para reivindicar el papel de sus predecesoras, esta catedrática confía en proyectos como su libro, pero también en grandes producciones cinematográficas como “Ágora” o la recién estrenada “Figuras ocultas”. “El cine es la forma de llegar a las masas, es fundamental en la forma de empezar a cambiar la percepción que la gran mayoría de la población tiene sobre el papel de las mujeres en la ciencia”.

A más pequeña escala, ella y otras cuatro compañeras encarnan a cinco grandes mujeres de la ciencia en la obra de teatro “Científicas. Pasado, presente y futuro”, dirigida a los más pequeños. El objetivo es transmitir que la ciencia también “es cosa de chicas” y para ello no duda en transformarse por unas horas en la señora Curie.

Adela Muñoz Páez nació en Jaén en 1958, catedrática en el Departamento de Química Inorgánica de la Universidad de Sevilla. Además de “Sabias. La cara oculta de la ciencia”, ha publicado biografías de Marie Sklodowska-Curie y de Antoine Lavoisier y el ensayo “Historia del veneno. De la cicuta al polonio”.


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