Europa occidental. Finales del siglo VIII d.C. El cristianismo ha triunfado. Un franco llamado Carlos Martel ha frenado a los musulmanes en un lugar llamado Poitiers. Éstos ya no se aventurarán más allá de los Pirineos otra vez. Se ha perdido la Hispania visigoda, católica desde tiempos de Recaredo I; es el precio que había que pagar. Pero, un líder llamado Don Pelayo, surgió de las montañas de Asturias, en Covadonga, para vencer a la marea islámica, imparable desde los tiempos de Mahoma. De ahora en adelante, recuperar los territorios ibéricos para la causa cristiana es cuestión de tiempo. Mucho tiempo; empieza la larga “Reconquista”. Los musulmanes se empantanan en las tierras hispanas, mientras una multitud de reinos surgen en el norte peninsular. Ellos se encargarán de combatir y entretener el empuje islámico, mientras que el resto de Europa respira tranquila.

El rey de los francos se llama ahora Carlos, el que será conocido como Carlomagno. Coronado por el papa de Roma como emperador, intentará resucitar el sueño de un imperio romano, ya pasado, y cristiano. Pareciera como si el paganismo estuviera a punto de ser erradicado del mundo para siempre. Pero, a Inglaterra llegan unos barcos con cabeza de dragón. De ellos surgen unos feroces guerreros gritando el nombre del dios Odín, el dios de la guerra, aunque tienen muchos dioses más. Esos hombres están sedientos de sangre y, cuentan entre sus filas con algunos guerreros llamados bersekers, que son los que inician el combate. Enloquecidos, en trance, o más bien drogados, empiezan a correr como locos hacia los soldados enemigos, asestando golpes de hacha o espada, o lo que tengan a mano a diestro y siniestro, matando a todo el que se cruce en su camino, ya sea enemigo o amigo, ya que no conocen otro afán más que el de matar.

Los hombres que desembarcaron en Inglaterra eran los vikingos, aunque también se les conocía como normandos, hombres del norte, daneses, paganos… La motivación que les guiaba era el gusto por el saqueo, el ansia de aventuras y la pasión por navegar y explorar. Su objetivo era alcanzar la gloria y el poder. Deseaban que alguien cantara sus hazañas y que fueran recordadas para siempre. En algunos casos eso fue posible, pero siglos después cuando se empezaron a escribir las sagas. Los vikingos que han empezado sus expediciones en Inglaterra quieren oro y no tienen reparos en matar, ni esclavizar, ni sacrificar a sus semejantes. Ellos no saben nada sobre Jesús de Nazaret, ni conocen la compasión humana.

El resto de los occidentales tampoco es que fueran mejores personas. También mataban y exterminaban a sus semejantes, como hizo el muy católico Carlomagno cuando no tuvo reparos en ordenar cortar la cabeza a 4.500 sajones. A lo mejor es que los vikingos tenían las ideas más claras y actuaban sin tanta hipocresía.

Representación artística del ataque a París

Fue en esta época, entre finales del siglo VIII y principios del siglo IX, cuando aparecieron no uno, sino muchos Ragnar. Eran los jefes de las distintas expediciones, compuestas de uno, dos, tres o más barcos drakkars. Asaltaban monasterios, pueblos y ciudades. Mataban, robaban, violaban y secuestraban. Tan pronto como llegaban, se iban por el mar. Los que escribieron las sagas, unos 300 o 400 años después, se dieron cuenta que no conocían el nombre de los jefes que dirigían aquellas primeras expediciones vikingas, por lo que se inventaron a Ragnar Lothbrok para que fuera el protagonista de todas aquellas incursiones.

Ragnar era el compendio del auténtico guerrero nórdico. El mejor de todos. El valiente y osado Lothbrok o “calzones peludos”. El que no se detenía ante nada ni nadie. Al que no le importaba matar con tal de conseguir un botín de oro y plata. No tenía los remordimientos de los cristianos. Matar no era pecado, ni robar, ni esclavizar, ni saquear. Era libre, sus dioses se lo permitían. Su objetivo era la aventura, la navegación, la matanza. Los cristianos también mataban, aunque su dios les dijera que era un pecado capital, pero se veían moralmente superiores para condenar, por medio de sus cronistas eclesiásticos, a aquellos paganos que procedían de Escandinavia, sólo porque eran paganos, ya que no creían en el dios al que ellos honraban.

El cristianismo había vencido en Occidente, sí, pero los paganos eran una amenaza creciente en el norte de Europa, y ahora su apetito estaba enfocado hacia la católica Inglaterra, que no existía como tal sino que era un conjunto de pequeños reinos cristianos, y que no hacía demasiado que habían dejado de venerar a los mismos dioses de los vikingos.

Fue entonces cuando el rey anglosajón de Northumbria, Aella, cometió el mayor error de su vida: mandó echar a un pozo de serpientes a Ragnar Lothbrok, el mayor héroe que los vikingos habían conocido hasta entonces. Ragnar no tuvo la oportunidad de morir combatiendo. No pudo ser recogido por las valkirias para llevarlo al Valhalla y reunirse con otros héroes y celebrar un banquete casi eterno, sólo porque no murió con un espada en la mano matando a sus enemigos en una gloriosa batalla entre guerreros.

Cuando la noticia llegó a los oídos de sus hijos, entraron en cólera y tardaron poco en reunir una gran flota de barcos atestados de vikingos ansiosos de gloria y botín. El objetivo no sólo era conquistar Northumbria y castigar al cobarde de Aella, que podía darse por muerto, sino que Inglaterra entera sufriría la ira de los hijos de Ragnar.

Al frente de la expedición se encontraba uno de los hijos del célebre Lothbrok, Ivar, llamado el deshuesado, porque era un berseker, que cuando se ponía en trance pareciera que no tenía cartílagos, por la forma tan apresurada en que tenía de asestar golpes. Además, era el más cruel y despiadado de todos los hermanos. Cuando apresaron al rey Aella, fue Ivar el que propuso aplicarle una ejecución ejemplar. Le sacarían los pulmones, después de quitarle las costillas, y los desplegarían en forma de alas sangrantes. Era la tortura del “águila de sangre”. No fue el único rey al que mató. Cuando capturó al rey de East Anglia tampoco tuvo piedad y le mandó ejecutar. Como no había tenido nada que ver en la muerte de su padre, le aplicó un castigo menos severo: al rey Edmundo lo ataron a un árbol y le ensartaron a flechazos hasta que pareciera un puercoespín. Si Ivar hubiera podido apresar a los reyes de Mercia y Wessex, seguro que su destino hubiera sido igual de aciago. A Ivar, perfectamente, le podían haber el puesto el sobrenombre de “matarreyes”, al estilo de Jaime Lannister.

Halfdan y Ubbe fueron los otros hermanos que acompañaron a Ivar en la conquista-venganza a Inglaterra. Ubbe era el supersticioso. Sus hermanas, que eran hechizeras, habían bordado un estandarte muy especial, que el hijo de Ragnar siempre llevaba en la batalla. Era el estandarte del cuervo, y tenía unos poderes mágicos que hacían ganar batallas. Pero, desgraciadamente no le pudo salvar a Ubbe, ni a su hermano Halfdan cuando un ejército de sajones acabaron con sus vidas y le arrebataron dicho estandarte.

Otro de los hijos célebres de Ragnar Lothbrok, fue Bjorn. Éste era el hijo astuto de Ragnar. Lo más seguro es que Bjorn no conociera cierta historia de un héroe griego llamado Odiseo, la de un caballo de madera, la de una ciudad amurallada llamada Troya…¿o sí la conocía? Parece que damos por hecho que los vikingos eran unos guerreros crueles e incultos sin más, pero no hay nada más que ver su arte para darnos cuenta las cosas tan hermosas que eran capaces de hacer. El caso es que Bjorn ideó un plan, propio de la genialidad de Ulyses, para conquistar una ciudad llamada Luni. Él se haría pasar por muerto y, en su ataúd se escondería multitud de armas para dárselas a los acompañantes de su séquito fúnebre una vez que estuvieran dentro de la ciudad. Le dirían al obispo, ansioso de llevar a las ovejas descarriadas por el camino correcto, que su líder muerto se había convertido al cristianismo y que quería ser enterrado en un santo lugar. El obispo dijo que sí. Tal vez pensara que podía bautizar al resto de la banda de camino y anotarse, así, un buen tanto, que le haría pasar a los anales de la historia. Pero, durante el tiempo de la misa de difuntos se obró un milagro. De repente, el muerto resucitó pero no como cristiano arrepentido, si no como vikingo despiadado que empezó a repartir hachas y espadas a sus compañeros para sembrar de cadáveres todo a su alrededor.

Otro famoso hijo de Ragnar fue Hastein, que acompañó a Bjorn en su periplo por el Mediterráneo. Después, continuó sus andanzas por Francia, Bretaña e Inglaterra. Vivió tantos años que incluso las crónicas no recogen su muerte. Posiblemente murió de viejo en cualquier lugar, o luchando en un pequeño combate no registrado en ninguna crónica medieval. No se sabe si fue al Valhalla a beber cerveza con su padre y sus hermanos, aunque hizo más méritos que ningún vikingo conocido, ya que sus hazañas fueron incontables.

Ragnar tuvo más hijos e hijas que no fueron tan famosos como los anteriores. Engendró muchos vástagos para ser una persona que no ha existido ¿no creéis?

Después de Ragnar vinieron sus hijos, y, después de ellos, otros vikingos, igual de osados, ambiciosos, y codiciosos. El cristianismo venció a Atila. Los germanos que acabaron con el imperio romano, fueron bautizados al cristianismo y se volvieron sumisos a la iglesia de Roma. Pero ahora, a partir del siglo VIII ¿quién iba a salvar a los europeos occidentales de la ira de los hombres del norte?


Fuente: http://elrumbodelahistoria.blogspot.pe

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