Steve Jobs era rebelde, irascible, impredecible, complejo. Todos quienes lo conocieron recibieron parte de ese trato. Marcó a sus cercanos por ese carácter. A unos años de su muerte, la historia que mejor retrata esa personalidad difícil es la relación que construyó con su primera hija, Lisa Brennan Jobs.

por Nancy Castillo

Habían pasado un año y medio sin hablarse. La razón del distanciamiento es difícil de determinar, pero es probable que, como en ocasiones anteriores, haya nacido en una de esas discusiones que partían en temas menores, pero que, dada la terquedad y el carácter irascible de ambos, podían llevarlos a quiebres largos. Ni Steve Jobs ni su hija Lisa Brennan Jobs eran buenos para dar el primer paso y ofrecer disculpas.

Esta vez, cuando en enero de 2011 se hizo público que el fundador de Apple tomaba una tercera licencia médica, ella toma un avión desde Nueva York a verlo a su casa, en Palo Alto. El cáncer pancreático que le fue diagnosticado a su padre en 2003 había reaparecido. Según revela Walter Isaacson, en Steve Jobs, la biografía (2011) -la investigación más completa sobre la vida privada y la obra del fundador de Apple-, para la Navidad de 2010 éste llevaba un mes con intensos dolores y su apetito había desaparecido. Ni los platillos preparados por el chef responsable de satisfacer su estricta dieta vegana lograban tentarlo. Esa Navidad, Jobs pesaba 52 kilos.

A principios de 2011, los doctores confirmaron que el deterioro en la salud se debía a un recrudecimiento del cáncer. Alentado por su esposa, Laurene Powell, Jobs se ausenta de Apple para concentrarse en su enfermedad.

Cuando Lisa llega a verlo, de acuerdo con la información publicada por Isaacson, Jobs le dice: “Mira, no sé cuánto tiempo más me queda en este mundo. Los médicos no pueden darme una fecha. Si quieres verme más, tendrás que mudarte aquí. ¿Por qué no lo meditas un poco?”.

La mujer de 32 años, novia de un cineasta, lo piensa. California podía no ser un mal lugar para continuar él con su carrera en la industria del celuloide y ella en la editorial.
Lisa no acepta el ofrecimiento.

Isaacson cuenta que, pese a ello, Jobs le dijo que la reconciliación lo tenía contento: “No estaba seguro de querer que me visitara, porque estaba enfermo y no quería más complicaciones, pero me alegro mucho de que haya venido. Me ha ayudado a asimilar muchas cosas pendientes que llevaba dentro”.

La niña negada
Hasta su adolescencia, Lisa llevó sólo el apellido de su madre, Chrissan Brennan. Esta conoció al hombre que revolucionó la industria de la computación personal cuando ambos cursaban la enseñanza media en Cupertino, California. La relación duró unos siete años calendario, aunque fue intermitente. En la California hippie de los 70, Chrissan compartía con Jobs su militancia vegetariana y la búsqueda de gurúes en el hinduismo o la filosofía zen. Por separado, ambos peregrinaron por la India en esa época.

Al regreso de su viaje místico, Brennan se mudó a una casa donde Jobs vivía con un amigo. Apple ya había dado a luz el Apple I y II, pero aún era una compañía semilla. Eran los años en que Jobs incomodaba a su entorno y a los hombres de negocios, pues andaba siempre descalzo y sólo se bañaba una vez por semana. En la casa había un tercer cuarto que se destinó a la meditación y el consumo de LSD. La relación entre Chrissan y Steve iba y venía, cuando ella le anunció que estaba embarazada. Jobs, simplemente, se negó a la realidad de que iba a ser padre. El biógrafo cuenta que el creador de Apple tenía 23 años, la misma edad en que sus padres biológicos -Abdulfattah Jandali y Joanne Schieble- lo tuvieron a él y lo dieron en adopción. Un episodio vital que, según varias biografías, marcó la compleja personalidad del creador del Macintosh.

El 17 de mayo de 1978, Brennan tuvo al bebé en una comunidad-granja en California. Jobs llegó al tercer día y ayudó a ponerle el nombre: Lisa Nicole Brennan. Después se desentendió. Hasta que al año siguiente, el condado de San Mateo demandó a Jobs por paternidad, pues Chrissan y su hija vivían de la asistencia social. Jobs se negó a reconocerla y con los abogados de Apple llegó a sostener que era imposible que fuera el padre, pues él era estéril. También acusó a Brennan de tener otras parejas. Obligado a realizarse un test de paternidad, que dio positivo, el fundador de Apple firmó un documento asumiendo que era el padre y fue obligado a pagar US$ 385 mensuales por mantención. La compañía estaba pronta a transarse en Bolsa y Jobs prefirió terminar con el litigio. A poco de dar el paso bursátil, en diciembre de 1980, Apple estaba valorada en US$ 1.780 millones.

Cuando el litigio de paternidad aún preocupaba a los abogados, Apple comenzó a desarrollar un nuevo computador, que si bien fue un fracaso comercial es clave en el desarrollo de los ordenadores personales. Jobs lo bautizó Lisa. Alertados por el efecto que esto causaría, los directivos inventaron una sigla, diciendo que Lisa respondía a: “Local Integrated Systems Architecture”. A puerta cerrada, en la compañía se reían llamándolo “Lisa: Acrónimo Estúpido e Inventado”, consiga Isaacson.

Aunque el dictamen judicial le daba derecho a visita, Jobs no lo ejerció. Esporádicamente, aparecía en la casa de Chrissan para discutir sobre el colegio en que debían poner a la niña. El pagó esa educación y se preocupó de que tuvieran una casa donde vivir. Chrissan estudió arte y lo mezcló con misticismo. En su sitio web y en una publicación de Palo Alto, ella define sus gigantografías y murales como caminos para alcanzar estados superiores de conciencia. No se trataba de una madre estructurada que llevara una vida ordinaria. En un artículo escrito por Lisa, publicado en Vogue en febrero de 2008, ella cuenta: “Mi madre me crió sola. No teníamos muchas cosas, pero ella era cálida y alegre. Nos mudamos harto. Arrendamos. Mi padre era rico y célebre y después, cuando llegué a conocerlo, fui de vacaciones con él, y más tarde viví con él por algunos años, vi otro mundo, uno más glamoroso”.

Cuando Lisa cumplió ocho años, su padre comenzó a visitarla con frecuencia. La pasaba a buscar para salir a comer y la llevaba a su oficina. Cuando Lisa estaba en octavo básico, Isaacson relata que Jobs recibió un llamado del colegio para decirle que algo había sucedido con la niña en la casa de su madre. ¿Qué pasó? Isaacson no lo publica. El caso es que Jobs le propuso que se mudara a vivir con él. Ella lo meditó y eligió el dormitorio junto al cuarto de su padre. Los cuatro años de enseñanza media Lisa vivió con su padre y su madrastra, Laurene Powell. En esa época, nacieron dos de sus tres medio hermanos. Lisa sumó el “Jobs” a su apellido materno.

La relación entre padre e hija no fue fácil. Cuando Jobs estaba en pleno proceso productivo caía en un ensimismamiento que la niña no podía romper. O tenía ante ella los mismos arrebatos que otros experimentaban en su oficina. Ella, además, había desarrollado un carácter fuerte y arrastraba, al igual que su padre, el resentimiento del abandono. En un ensayo sobre el vegetarianismo, escrito por Lisa y publicado en 2008 en Southwest Review, ella describe uno de los pocos momentos en que se sintió relajada ante su padre. El la invitó a Tokio y en el restaurante del hotel, Jobs pidió muchos platos de sushi de anguila. Algo que un vegano estricto como él jamás se permitía. Así describe Lisa ese momento: “Me sentí, con él, tan relajada y contenta, ante esos platos de carne (…). El fue menos rígido consigo mismo, incluso humano ante el gran techo con las pequeñas sillas (del restaurante), con la carne, y conmigo”.

Lisa estudió en Harvard y alentada por su padre, se dedicó a las letras. Jobs tenía una hermana biológica, Mona Simpson, a quien conoció de adulta. Mona es escritora y también acogió a Lisa cuando Jobs intentó recuperar la relación con la adolescente. Pero la joven se sintió traicionada por su tía, cuando esta publicó el libro A regular guy (1996). Ya en la introducción Lisa se dio cuenta de que estaba basado en la vida de su familia. Por dos años, no habló el tema con su tía. Sobre la traición que sintió, Lisa se explaya en otro ensayo publicado en la revista universitaria The Harvard Advocate, cuando ella tenía 18 años. En todos sus textos, su pluma es ágil y reflexiva.

Tras graduarse -ceremonia a la que el padre no asistió-, la joven se fue a Nueva York, ciudad que dejó por unos años para vivir en Londres e Italia. A su padre lo vio entre peleas. Cuando en 2009 a él le trasplantaron el hígado, ella viajó a Memphis. Y así como Jobs peleaba con los doctores porque le ponían mascarillas de oxígeno con diseños que encontraba detestables, la hija dio muestras de su carácter en el lugar.

Lisa Brennan Jobs no oculta quién es su padre, pero prefiere el bajo perfil. En internet sólo se encuentra de ella un blog, donde publicó seis ar- tículos tipo ensayo en los que retrata algunos aspectos de su vida con Chrissan y Steve. Cinco de ellos los publicó el mismo día: 9 de septiembre de 2009; el sexto, tres días después. Parecieran puestos allí a propósito, para que alguien accediera a esas historias.

Entre las 118 personas que Isaacson entrevistó para su libro, entre las que están el propio Jobs, su esposa, dos de sus hijos, Bill Gates, Al Gore y ex ejecutivos de Apple que pelearon con Jobs, Lisa no aparece.

Tampoco está presente en el relato que Mona Simpson publicó en The New York Times el 30 de octubre del año pasado, donde describe las últimas horas de Jobs en su habitación en Palo Alto. Si Lisa estaba allí, tal vez la tía decidió no exponerla en esta ocasión.


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