Javier Sampedro

En estos tiempos de secuenciadores portátiles de ADN, colisionadores de hadrones, algoritmos neurales y ondas gravitatorias, salir al campo a buscar fósiles parece una novela de época, una extravagancia improcedente, un chiste a la altura de los personajes de Verne y del doctor Livingston, supongo. Craso error. La paleontología, en realidad, está viviendo uno de sus grandes momentos históricos. Su combinación con la genómica –otro túnel del tiempo al pasado evolutivo— y con la biología del desarrollo ha generado en las últimas décadas una de las disciplinas más vigorosas de la biología.

Se suele llamar la evo-devo, por evolución y desarrollo (development en inglés), aunque los críticos dicen en privado que eso siempre se había llamado embriología. Pero el caso es que ya ha atraído a la investigación a un par de generaciones de científicos jóvenes. Y sí, muchos de ellos salen al campo con pico y piolé, meten las botas en el barro y hunden sus analíticas narices en los arcanos de la anatomía y la clasificación. Los resultados son a menudo brillantes. Lee en Materia dos ejemplos  que hemos conocido esta semana.

Además de resultados, la paleontología exhibe a veces buenas historias. La del geólogo Juan Carlos Gutiérrez-Marco le habría servido a Hitchcock para arrancar El hombre que sabía demasiado, en cualquiera de sus dos versiones. El geólogo hizo un descubrimiento no ya en el campo, sino en un mercadillo de la aldea de Taychout, al sur de Marruecos. Una tienda exhibía unos fósiles de trilobites insólitos por su tamaño y por el hecho de que parecieron morir boca arriba, y en unas condiciones tan óptimas que habían preservado el buche, el tubo digestivo y otras partes blandas, que son el santo grial de la paleontología. Tras años de regateo y seducción, Gutiérrez-Marco logró acceso a un tesoro científico.

Los fósiles han sido esenciales en la génesis y el avance de la teoría evolutiva. Y lo siguen siendo. La historia de la evolución animal –el proceso natural que nos ha creado— está escrita en dos lenguajes. Uno es nuestro genoma, que lleva impreso en su texto químico (gatacca…) los orígenes cercanos y remotos de la humanidad, esa recién llegada a un planeta de 4.500 millones de años. Y el otro es la paleontología. No sé cuántos estudiantes de ciencias estarán dispuestos hoy a meter las botas en el barro para extraer fósiles de un esquisto. Pero si tú, lector, eres uno de ellos, considera seriamente esa salida profesional. No te hará rico, pero te permitirá un privilegio verdaderamente exclusivo: viajar al pasado remoto para explicar nuestros orígenes. Pocos científicos pueden aspirar a tanto.


LEAVE A REPLY