La pérdida de trabajos por causa de la incorporación de máquinas y robots preocupa cada vez más a las instituciones vinculadas al ámbito laboral. Por caso, en un informe publicado recientemente, la Confederación de Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo estima que en los próximos años la tecnología podría acabar con al menos dos tercios de los puestos de trabajo en países en vías de desarrollo e industrializados, poniendo en riesgo incluso los sistemas de seguridad social.

Por ejemplo, en Pittsburgh (EEUU) se ha anunciado que en los próximos años la ciudad contará con un servicio de taxi sin conductor, gracias a vehículos autónomos que llevarán al pasajero donde éste indique. Y una vez que esta tecnología se consolide en EEUU, será cuestión de meses para que llegue al resto de los países, amenazando millones de empleos vinculados al transporte de carga y de pasajeros, que serán tan obsoletos como una cabina de teléfono. Y éste es tan solo un ejemplo de que estamos a las puertas de una nueva revolución que afecta cada vez más nuestra forma de vivir, incluyendo las características del trabajo. De allí que sea necesario discutir y reflexionar sobre posibles medidas frente al automatismo laboral que el mundo ya tiene encima, a fin de que esta revolución tecnológica en ciernes no sea tan traumática como se perfila.


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