Los Mads

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Carlos Torres Rotondo.

Los Mad’s fueron el más exagerado grupo de culto de la escena psicodélica peruana en los 60. Y de culto aquí también quiere decir de argolla, de capilla, de cenáculo, caleta. Estaban poseídos por el ritmo vertiginoso de los 60 y su telepatía como músicos alcanzaba niveles brillantes. No hicieron grabaciones porque su miedo a comercializarse era mayor que cualquier idea de trascendencia en el tiempo. Pero estuvieron en el momento preciso: en 1970 emigraron a Inglaterra llamados por los Rolling Stones, que los habían visto en vivo en el Galaxy durante su viaje al Perú el año anterior. Estuvieron en el cartel del festival de Wight, donde Hendrix dio su último gran concierto antes de morir y los Who regalaron una de sus actuaciones más memorables, empezando a tocar a las dos de la mañana y con Townshend vestido con mameluco blanco, Keith Moon poseído por la demencia más lúcida y Entwistle imperturbablemente disfrazado de calavera, concluyendo al amanecer cuando se habían agotado todas las cuerdas de repuesto… Los Mad’s estaban en el momento preciso y jugaron lindo pero sin meter gol, fenómeno tan común en la sensibilidad peruana… Y para colmo hacían buena música; todos sus contemporáneos los sitúan al nivel de Traffic Sound, que salieron del ghetto y conquistaron el futuro grabando discos…
La primera vez que oí hablar de Los Mad’s fue al comienzo de esta investigación, cuando aún faltaban muchas piezas para completar este puzzle de la primera escena del rock en el Perú. Todos los músicos y los fans que entrevisté y que me encontré en reuniones de gente de la época me los mencionaban como una de las mejores bandas de la escena. En una fiesta en casa de Germán Cabieses -guitarrista de Telegraph Avenue-, rodeado por impresionantes ex groupies de los 60 con pinta de vedettes pitucas, alguien me presentó a un tipo chato y con los ojos brillantes. Era Richard “Bimbo” Macedo, el baterista de la banda. Apenas le pregunté si era quien creía que era, me dijo henchido de orgullo, sí, ése soy yo. La semana siguiente fui a su casa en compañía del poeta José Carlos Yrigoyen. En total grabamos más de 8 horas de entrevista. Lo que nos contó era tan increíble y revelaba una gloria tan escondida que debí de contrastar su historia con muchas otras personas involucradas en la escena. Tuve que ver una foto donde Bimbo aparece abrazado con Mitch Mitchell y Ginger Baker para que ya no me quedaran más dudas. He escrito esta narración en primera persona para ser aún más fiel a su testimonio. Todo lo que aquí dice Bimbo es un relato rigurosamente histórico. Puedo garantizarlo.

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1. Los Red Hands: manos rojas, mentes bancas (1963-1964)
La gran aventura comenzó en 1966, el año cuando popularizamos la marihuana, aunque también consumíamos éter en chisguetes de carnavales: lo echábamos en un pañuelo, nos lo llevábamos a la boca y se nos inflaba todo por dentro.
Pero mejor retrocedamos un poco. Para mí esta historia comienza en el colegio: yo estudiaba en la Gran Unidad Escolar Alfonso Ugarte desde cuarto de primaria. Primero me matricularon en un colegio religioso, pero tú sabes, tuve problemas y me echaron, y como casi todos mis vecinos estaban en el Alfonso Ugarte, terminé metido ahí. Era otra cosa el Alfonso Ugarte de esa época: tenía una de las bandas de música más grandes del país, ganaba siempre los primeros premios cada desfile de Fiestas Patrias compitiendo con su eterno rival, el Guadalupe. Por eso existía mucha competencia para entrar en ella: éramos cerca de 150 integrantes, entre banda de guerra y banda de música. Yo pasé por ahí tocando corneta, luego el platillo, después el bombo… Acabé tocando la trompeta. Por otro lado mi padre, el maestro Lucho Macedo, tenía en ese entonces mucho trabajo, tocaba siempre en quinceañeros, en fiestas privadas, en el Majestic. Mi viejo tenía tres orquestas y ya se imaginarán la cantidad de trabajo que había, la demanda era excesiva y como yo ya estaba metido además en la orquesta del colegio, una gran orquesta de 16 músicos, comencé a trabajar con él, a suplirlo en algunas presentaciones. En ese entonces lo que estaba de moda era el mambo de Pérez Prado y ese ritmo llamado el dengue. Yo reemplazaba a mi padre, por lo que a pesar de que todos eran más viejos yo era el director de la orquesta. Ya por ese entonces estaba totalmente metido en la música. Recuerdo que en el coro del colegio el que tocaba el acordeón era Miguel Figueroa, tecladista de Black Sugar. Y era muy bueno. Por ese entonces comencé a tener interés por la percusión, por los timbales… Pero sólo comenzaría en serio a tocar cuando me pongo de acuerdo con un amigo belga, Hans Tackoma, para formar un grupo. Eso sería por el año 63. Y formamos un grupo, mi primer grupo en serio. Le pusimos por nombre Red Hands. Tocábamos lo que estaba de moda por esa época, canciones de Chuck Berry y Bill Halley. El problema era que mi padre me había obligado durante seis años a aprender a tocar piano, y para él yo debía ser pianista. Mi tío era quien, a escondidas, me enseñaba a tocar batería, pero mi padre no sabía nada. Hasta la noche en la que un amigo de mi padre fue al Majestic, donde estaba tocando yo, e hice frente a él un solo de batería impresionante, muy digno de la surf music. Al día siguiente, un sábado, recuerdo, el amigo de mi padre lo llamó a la casa para decirle que me había visto anoche en el Majestic tocando la batería, tocándola muy bien… No puede ser, le contestó mi papá, mi hijo no puede estar tocando la batería, si él es pianista, así que me hizo una cuadrada atroz, pero el lunes siguiente me compró mi batería. Eso sí, me dijo que debía dedicarme en serio a tocar, y yo se lo prometí, claro. Pero no podía depender del tío que me enseñaba siempre. Por eso formé junto con Tackoma los Red Hands, y tocábamos los éxitos de los Ventures, Johnny B. Goode, que todavía seguía fuerte… Aún no estaban los Beatles, recuerdas…
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Los Red Hands duramos apenas seis meses, pero estos no fueron nada estériles. En el canal 9 había un programa dirigido por Guido Monteverde, periodista de El Comercio y de Última Hora. El programa se llamaba Lo Mejor de la Semana, y al final de cada emisión, los sábados a las 9 de la noche, hacía entrega de un trofeo, una copita, una cosa simbólica para el grupo que había ido a tocar. Guido llamó a mi papá, no recuerdo para qué, y entonces yo me atreví y le dije que había formado mi grupo, y ni bien se lo dije me invitó al programa, tú sabes, sólo respaldándose en que yo era el hijo de Lucho Macedo: el hombre sin audición ni nada puso las manos al fuego por mí y tocamos en televisión. Ya habíamos comprado nuestro uniforme, claro. Porque todos usábamos uniformes, hasta los Saicos tenían que estar correctamente uniformados, bien a la tela. Nuestro uniforme era unos blue jeans negros y unas camisas turquesas. Monteverde nos premió, tal y como estaba previsto y de pronto nos cayeron las ofertas para tocar en las matinales.
¿Cómo era eso de las matinales? Bueno, en ese entonces había muchas radios que estaban totalmente metidas en el negocio del rock, tales como Radio Miraflores, 1160, Radio Atalaya, Radio Continental, Radio El Sol, y para las emisoras las horas punta eran aquellas en las que los muchachos que estaban en el colegio hacían las tareas y entonces prendían la radio para escuchar lo ultimito con los rankings de Estados Unidos y Europa. También te pasaban mucha información sobre los grupos de moda, y eso estaba bien, pero para las radios y las disqueras eso no era suficiente. Por ese entonces algunos grupos nacionales comenzaron a recibir ofertas de las disqueras y como forma de promocionar los productos, los comienzan a llamar por teléfono para invitarlos a las matinales… Era una cosa muy sana y muy bien diseñada para apoyar a los estudiantes que se iban a graduar, que iban a terminar la educación secundaria y querían hacerlo por todo lo alto, con una buena fiesta, contratando una orquesta y en un buen local, con viaje de promoción y todo… Y para conseguir esos fondos se organizaban matinales, desde cuarto de secundaria. Primero hacían pre-ventas entre los parientes de los alumnos primero, en forma interna, y luego el mismo día en la puerta de los cines. Y se hacía en todos los cines; cuando yo tocaba con los Shains por el año 65 y 66, hacíamos nueve matinales los fines de semana. Pero la piedra angular de toda matinal era el discjockey, el que tenía el programa en la radio. Los presidentes de la promoción concertaban antes con el discjockey, evaluaban qué posibilidades económicas había, y él se encargaba de alquilar el cine, luego de contactar a los grupos y a los cantantes y a los sonidistas. El discjockey hacía todo eso y tenía función de productor, el maestro de ceremonias, promocionaba en la misma estación todos los días previos al evento. Siempre se le pagaba bien, así que estaban contentos haciendo ese trabajo. ¿Los principales cines en los que se hacían matinales? El Coloso, Country, Alcázar… todo empezaba a las 10 de la mañana con una película, siempre una de tablistas, de esas musicales con Annette Funicello y Frankie Avalon, a quien habían nombrado como El Rey de las Matinales. Las viejas del cole vendían papa rellena y gaseosas como Pasteurina o Coca Cola. A la una todo había terminado, excepto en el Lido, el Lido siempre cerraba a las dos de la tarde y media y se hubiera podido quedar más tarde, pero había que limpiar la sala para la matiné de las 4. Todo muy bien organizado, para qué. Además hacíamos televisión. Había programas como el Hit de la Una, Cancionísima, conducido por Pablo de Madalengoitia… Era tan bueno el negocio que los canales tenían entre las bandas locales incluso a algunas contratadas para tocar sólo en sus programas: así los Shains, los Doltons y los Golden Boys sólo tocaban en el Canal 5 y no podían tocar el en el 4, que ya se había quedado con los derechos de presentación de los Belkings y de los Golden Stars. Pero, en realidad, lo que impulsó a los grupos de rock por esos años fueron las matinales. Por eso cuando las cancelaron todo se fue a la mierda…
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2. Breve interludio con Los Shains (1965-1966)
Y a eso iba justamente: las matinales fueron el fin de los Red Hands. Íbamos a tocar siempre a todas las que nos invitaban, hasta que fui al programa de Gerardo Manuel en el Cine Barranco. Los Shains terminaron de tocar, se cerraron las cortinas con una aclamación y mientras ellos desarmaban los equipos, nosotros entramos para instalar los nuestros. Lo que pasaba era que entre grupo y grupo se cerraban las cortinas durante un rato para que un cantante de la nueva ola cantara en los intermedios, siempre con playback para que el público no se impacientara. Y mientras un grupo desarmaba sus instrumentos, Jimmy Santi, Elmo Rivero, Jorge Conti cantaban tres canciones mientras un nuevo grupo instalaba los instrumentos. En ese lapso Gerardo Manuel me dijo, Macedo, (aún no me llamaban Bimbo), quisiera saber si quieres integrar los Shains. Acepté sin pensarlo, cómo le iba a decir que no, recuerda que por ese entonces los Shains ya tenían su prestigio… junto a los Doltons, eran los tops. Ahí acabé con los Red Hands. En el ambiente existía una camaradería tremenda, nos llevábamos bien con las otras bandas, nos veíamos siempre en las kermeses, cobrábamos bien: en un momento llegué a ganar más que mi viejo. Sólo recuerdo un incidente con los Shains, digamos, violento, y que justamente fue ocasionado por mí: a la mitad de una fiesta particular me asé, no recuerdo bien el motivo, dejé de tocar y me fui ante el asombro del público y de mis compañeros. Me quité, sin más. Fue un acto muy antiprofesional, lo reconozco, pero no importaba nada. Faltaba muy poco para que me llamaran a integrar los Mad’s.
3. Los Mad’s en Lima: Los locos en el Ghetto (1966-1969)
En 1966 el panorama cambia bastante en el rock nacional. Desaparecen Los Saicos, la influencia del surf mengua, entra la marihuana, la psicodelia, y la que para mí es la época más gloriosa. Poco después del desplante que le hice a los Shains recibí una llamada telefónica de Tito Ventura, de Los Mad’s. Los Mad’s tenían poco tiempo de formados, y eran una banda de gente que estudiaba en el colegio Roosevelt. Estaban muy al día con las nuevas tendencias del rock, en parte porque ese colegio es de gringos, con mucha gente que iba a Estados unidos y traía discos. Su anterior baterista era bueno, pero no sabía tocar polirritmos, y como querían evolucionar a un estilo más experimental y psicodélico, necesitaban a alguien más técnico, así que me llamaron. Acepté de inmediato. Los Mad’s eran los hermanos Tito y Manolo Ventura en las guitarras, y el gringo Billy Morgan en bajo y voz. Su estilo musical era bastante cercano al sonido inglés: Rolling Stones, Beatles, pero sobre todo The Kinks, de quienes tocábamos varias versiones. El grupo ya desde sus comienzos era muy especial. Todos los miembros dominaban sus instrumentos y la gente que nos seguía era un público extremada fiel y cerrado, constituido en su mayoría por surfers y alumnos del Roosevelt. En ese entonces los grupos tenían zonas de influencia: los Traffic Sound tocaban en fiestas del Santa María, Doctor Wheat en las del Sophianum, etcétera. Pero nosotros éramos más cerrados aún. A nuestras fiestas no se invitaba a cualquiera, se corría la voz solo entre los amigos. Si entraba alguien extraño se le hacía hielo. Llámalo fidelidad a tu público.
Sin embargo, no se pudo evitar que se corriera la voz, ya que bastante gente quería ir a nuestras fiestas para escucharnos. Un status similar tenían los Traffic Sound, pero grabaron y ampliaron su público, y los que los seguían desde el principio se sintieron traicionados, por lo que pese a las ofertas nosotros decidimos no grabar discos. Nuestro repertorio consistía en temas propios y en versiones de grupos ingleses. Pero los arreglos que les hacíamos eran bastante originales, con tiempo para que cada uno de nosotros hiciera solos. Todas las letras eran en inglés.
Comenzó entonces un par de años que fueron realmente mágicos, con un público rendido desde el primer instante. Recuerdo por ejemplo que la directiva del Roosevelt nos contrató para dar un concierto sorpresa por fin de año. Llegamos en una camioneta, y cuando nos vieron la gente se volvió loca y nos persiguió hasta el escenario. Tocamos nuestro set de canciones acompañados por los coros de todo el mundo, y tuvimos que repetir varias canciones. Casi no nos pudimos ir.
Nuestro sonido evolucionaba a cada momento, y cuando abrió el Galaxy, junto a lo que hoy es la Farmacia Deza, en la avenida Conquistadores, se nos invitó a tocar ahí. Al Galaxy no entraba casi ninguna banda. Por lo que recuerdo, en una época solo tocamos ahí Telegraph Avenue, Traffic Sound y nosotros. Es ahí que empezó a vernos gente que no estaba en nuestro círculo habitual, y empezamos a tener la racha de suerte que luego nos llevaría a Inglaterra.
Casi antes de que conociéramos a los Rolling Stones, sucedió algo que preludió lo que iba a pasar. Era un día de semana en el que estábamos tocando. Tras mi batería yo solo distinguía la decoración psicodélica y a las chicas bailando. Nada especial, excepto porque las mejores hembras de Lima iban entonces al Galaxy, lo cual es mucho. El caso es que cuando terminamos se nos apareció un gringo con pinta de hippie, y en inglés nos felicitó por el concierto. Tío, era Dennis Hopper, que había venido al Perú para ir a Cuzco a buscar locaciones para su nuevo filme. Como se recordará, luego del fenómeno Easy Rider, y mientras nosotros estábamos en Inglaterra, Hopper regresó a Perú y filmóChinchero: the last movie, que fue realmente su última película, ya que era tan alucinógena y transgresora, que el estudio la vetó durante años. Incluso hoy en día es dificilísima de ver, pero por lo que se dice, es LA película hippie. Que se haya filmado en el Perú y que nadie la recuerde, habla mucho sobre el desinterés general frente a todo lo importante que aquí pasó.
Poco tiempo después de conocer a Hopper, vinieron a Lima Keith Richard y Mick Jagger. Parece que en el hotel preguntaron qué buen sitio había en Lima para escuchar rock, y el único era el Galaxy, así que fueron para ahí, y nos encontraron tocando. Parece que les gustó, porque nos invitaron a viajar a Inglaterra para tocar, poco tiempo después.
4. Los Mad’s viajan a Inglaterra: peruanos molestos en Carnaby Street
Fuimos a Inglaterra porque los Rolling Stones vinieron de vacaciones a Lima en enero de 1969 y nos invitaron. Acababan de hacer el Rock’n Roll Circus y estaban hartos de los problemas que les causaba la ley. Así que Mick Jagger con Marianne Faithfull y Keith Richards con Anita Pallemberg vinieron a visitar Machu Picchu y a alejarse un poco de los problemas. Apenas bajaron del avión preguntaron por algún sitio donde tocaran bandas de rock. Necesariamente tenían que caer en el Galaxy. Y dio la casualidad que cuando entraron nosotros estábamos tocando.
1969 fue Woodstock, la muerte de Brian Jones y el último año de los Mad’s en Lima. Hicimos dos despedidas. La primera fue en una fiesta en el colegio Santa Rosa Merinault, cerca del Parque de los Bomberos. La segunda la hicimos en el auditorio de la Virgen del Pilar. Aquella fue una noche mágica, la gente se trepaba por las azoteas para podernos ver. Como ya nos estábamos yendo el círculo exclusivo se abrió un poco más. Mucha gente pensó en seguirnos hasta Inglaterra, algunos efectivamente lo hicieron.
Los primeros en salir fuimos Manolo y yo. Tito y Billy se quedaron en Lima vendiendo los equipos. Al final los compró Dr Wheat, el grupo de tu viejo. En el viaje primero nos detuvimos en Puerto Rico. Manolo se quedó una semana y partió a Londres. Yo me quedé un mes porque conseguí un empleo. Mi tío dirigía la banda del hotel y el baterista se había lastimado la mano con la puerta del auto. Lo reemplazaba durante las noches y los días me iba a la playa. Cuando por fin llegué a Londres Manolo paraba con los Troggs y tocaba con ellos.
Marshall Chess y Lou Reisner nos encerraron tres meses. Nos olvidamos por completo de nuestro repertorio anterior y ensayamos uno nuevo, cambiamos el nombre de Mads a Molestos. Nos rentaron un apartamento en Charing Avenue, en el Soho, apenas a dos cuadras de Picadilly Circus. Empezamos a telonear a los Rolling Stones en los primeros conciertos con Mick Taylor. Con quien más intimamos fue con Bill Wyman, venía a nuestros ensayos y era el más caballero de todos.
Empezaron a llegar amigos de Lima dispuestos a continuar la aventura. Eran en su mayoría surfers seguidores de los Mad’s, trayendo provisiones para la gente. Se lo agradecimos con todo cariño. En Londres solo podías encontrar haschís. Los peruanos comenzamos a atraer gente a nuestro local. Mitch Mitchell empezó a caer con su esposa a partir de junio. Ginger Baker de los Cream tocaba la puerta en la mañana y se inyectaba heroína en la sala. Una vez escuché gritos, saqué la cabeza por la ventana y me encontré a Jack Bruce rompiéndole una multa a un policía en su propia cara. Luego me saludó y subió tomando a su hijita de la mano. Debajo de nuestro departamento había oficinas de agencias de espectáculos. Cuando bajaba a comprar cigarrillos los empleados me preguntaban quién diablos era yo.
Todos los días a las 12 se reunían Mitch Mitchell, Keith Moon y Ginger Baker en un bar a pocas cuadras de nuestro piso para empezar a chupar. Los tres mejores bateristas eran a la vez los mejores amigos. Quienes sí no nos estábamos llevando muy bien éramos Billy Morgan y yo. Como todo gringo era muy materialista; yo soy una persona más inclinada a lo espiritual. No es necesario que repitamos todo mi rollo sobre la Era de Acuario. Discutimos dos veces, pero a la tercera estuve a punto de arrojarlo por la ventana de nuestro piso. Esos fueron los primeros roces que luego provocarían mi fuga.
No sólo teloneamos a los Stones, también lo hicimos con Mama Cass, Joe Cocker, Rod Stewart y Jeff Beck. Tocamos en el Lyceum con Taste y King Crimson. Estuvimos con Derek & The Dominoes en su segunda presentación. Aún me acuerdo del concierto, estaba cerca de la batería y veía a Jim Gordon golpeando los tambores en estado de éxtasis con la baba cayéndosele por la cara como un demente.
Estábamos programados para tocar en el festival de Wight, que duró 5 días. Fue la última actuación de Jimi Hendrix y quizás la mejor de los Who, que empezaron a tocar en la madrugada y solo se fueron cuando se le acabaron las guitarras a Pete Townshend. Ya se podía notar el fin de la época. La empresa nos dio una ambulancia de la II Guerra Mundial que habían acondicionado con alfombras persas y pipas de agua. Luego de llegar nos metimos al backstage y nos separamos. Cada quien se puso a huevear por su lado. La primera vez que nos anunciaron estábamos tan alejados uno del otro que tuvo que pasar el siguiente grupo. Entonces nos reunimos y quedamos en estar juntos para la próxima vez que nos vocearan. Nos corrieron en la lista de grupos y así decidimos hacer de nuevo tiempo. Cada quien por su lado otra vez. El lugar era una locura, las mujeres y la droga se te regalaban por doquier, resultaba imposible estar concentrado. Entonces nos volvieron a llamar y la historia se volvió a repetir dos veces más. Cuando al fin pudimos coordinar y juntarnos el festival de la Isla de Wight ya había culminado.
No nos desanimamos. Al regresar a Londres seguimos ensayando y componiendo material nuevo, pero el gringo Billy y su materialismo cojudo ya me habían llegado al pincho, así que opté por dejar la banda. El problema es que legalmente estaba atado a ella, había firmado un montón de documentos y supuestamente debíamos grabar un disco. Me di a la fuga y desaparecí del mapa por un tiempo. Mi amigo Wayo alquilaba una granja a 220 millas de Londres en South Cambridge, así que partí para allá. Fui reemplazado por Manongo Mujica.
Tengo mucha suerte. Caigo en el lugar indicado en el momento preciso. Jimi Hendrix había muerto hacía pocos días y Mitch Mitchell tenía un cottage a 2 millas de la granja donde estaba hospedado. Nos encontramos en Halloween, le di mis condolencias y empezamos a ensayar juntos. Tenía un proyecto de grupo con dos baterías llamado Ramatama. Alcanzamos una química tal que choteó al inglés que tocaba con él y me incluyó en el grupo. Regresamos a Londres, solo de paso, ya que debíamos quitarnos a Nueva York para grabar. Entonces me hicieron el ampay, me encontraron Los Molestos y la Compañía amenazó con denunciarme si no regresaba. Habían ensayado con Manongo Mujica y no tenían la química que lograban conmigo. No quería ir a la cárcel. Le mentí a Marshall Chess y el gringo me creyó. Le dije que mi vieja estaba agonizando en Lima. Me permitieron sacar un pasaporte y un pasaje en barco, ya que le tengo pánico a los aviones.
En el trayecto tuve algunos problemas. Los pasajeros eran en su mayoría viejos que veían con desconfianza a un latino hippie con african look.  La última noche me metí a tocar con la banda del crucero. Les hice un solo de batería que los dejó admirados y con el rabo entre las piernas. Al llegar a Lima la escena estaba en decadencia, la gente demasiado metida en drogas, así que me junté con mi amigo Manuel Sanguinetti y formé Kabul. Pero ésa ya es otra historia.

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